Reden und Ansprachen

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO RUZ EN GUAYAQUIL, ECUADOR, EL 4 DE DICIEMBRE DE 1971

Datum: 

04/12/1971

Excelentísimo Señor Presidente;

Señores Ministros;

Señores oficiales de las Fuerzas Armadas;

Señores dirigentes de las organizaciones políticas:  



Con este acto de esta madrugada —digo madrugada porque el reloj mío está en la hora chilena todavía, y para mí es madrugada puesto que es la hora que hemos seguido durante estos días— se termina un largo peregrinar, un trabajo intenso, a lo largo del cual hemos tenido que conversar y hablar muchas veces.

Nos queda todavía un largo trecho:  el regreso a Lima, la toma del avión que nos conducirá definitivamente después a Cuba, donde pensamos llegar de día.  Claro que puede decirse que estamos un poco al cabo de nuestras fuerzas, sin dormir antes de ayer, sin dormir ayer, y con esperanza de dormir un poco en el avión esta madrugada.  Pero de todas formas debo hacer un esfuerzo para responder las palabras del Presidente.  

Quiero en primer término expresar nuestro reconocimiento por este encuentro.  El Presidente habla de hombres valientes y nosotros debemos decir que el gesto del gobierno, esencialmente el gesto del Presidente, de recibirnos aquí, en Guayaquil, de trasladarse a esta ciudad, no solo ha sido un gesto honorable, un gesto caballeroso, un gesto amistoso, sino también un gesto valiente (APLAUSOS).  Son pocos los gobiernos que en este continente nuestro se atreven a tales gestos, como también se ha atrevido a otros gestos en la política exterior y que han distinguido al Ecuador —en unión de otros países latinoamericanos—, política que marcha hacia la consolidación de su actitud soberana en el campo internacional.  

El Presidente ha abordado algunos temas que nosotros nos consideramos en el deber de abordar también, y abordarlos con la franqueza que nos ha caracterizado siempre.  

Se abordó aquí la cuestión relacionada con los fusilamientos.  Todo esto tiene una explicación.  La historia de nuestros países la escriben en otros países.  La historia de la Revolución Cubana ha sido escrita por agencias internacionales al servicio de los monopolios.  

No tenemos ni la más remota intención de negar que en nuestro país los tribunales revolucionarios han fusilado.  No tenemos la menor intención siquiera de expresar el menor arrepentimiento, ni rehuir el menor átomo de responsabilidad por lo que nuestro pueblo, en defensa de su soberanía y de su vida, se vio en la necesidad de hacer.  

Se contó la historia de los hombres que fueron pasados por las armas.  Pero no eran humildes obreros, no eran campesinos sin tierras, no eran limosneros, no eran santos, no eran sacerdotes, no eran hombres honrados.  Eran sencillamente asesinos, y asesinos además de la peor especie, que en determinado momento de lucha, durante siete años de combate contra la tiranía batistiana, cometieron las más incalificables fechorías; asesinatos en ocasiones masivos, de 60 y 70 personas; asesinatos de hombres, de mujeres, de niños, de madres; que quemaron decenas y decenas de miles de casas y, en ocasiones, las quemaron con sus moradores dentro de ellas, y no solo eso, no solo fue necesario ajustar cuentas que demandaba el pueblo, porque nosotros dijimos siempre al pueblo:  no queremos venganza, no queremos hombres arrastrados por las calles, no queremos desórdenes, porque los culpables de los desórdenes, los culpables de las vindictas populares son los que preconizan el asesinato y el crimen.  Y nosotros le decíamos al pueblo:  Habrá justicia, por eso no queremos venganza.  Y le pedimos al pueblo:  Cuando la Revolución triunfe, no queremos una casa saqueada, no queremos un hombre ajusticiado por la mano popular, sin juicio, sin pruebas.  

Y desde la guerra ya se establecieron las leyes revolucionarias en virtud de las cuales serian sancionados los asesinos.  

Pero se fusiló no solo a los esbirros de aquella guerra. Nuestro país siguió en guerra durante muchos años.  Nuestro país todavía está virtualmente en guerra.  Cuando triunfa la Revolución, comenzó entonces otra forma de guerra —experiencias que ha vivido Cuba—:  cientos de infiltraciones de armas y de agentes y espías organizados, entrenados y armados por la CIA; cientos de lanzamientos de armas en paracaídas; organización de bandas armadas contrarrevolucionarias en todas las provincias del país; organización, entrenamiento y planeamiento de ataques exteriores desde bases en Centroamérica, Guatemala, Nicaragua; ataque a nuestra patria con aviones disfrazados con las insignias cubanas, B-26 cargados de bombas que llevaban la bandera cubana pintada en sus alas y en su cola.  

Nosotros presenciamos en un momento determinado cómo esos aviones lanzaron el ataque sobre una de nuestras bases aéreas.  Y no podremos olvidar jamás las circunstancias de Girón, cuando un batallón avanzaba por una carretera y algunos de aquellos aviones pasaron por encima de las filas de nuestros combatientes, incluso movieron las alas y los saludaron y recibieron el saludo de nuestros soldados, y dieron una vuelta, y en medio de la carretera, sin ningún lugar de protección, los ametrallaron a mansalva y los bombardearon, costando decenas de vidas.  

No podremos olvidar los casos de tiendas incendiadas, de mujeres que se quemaron vivas en esas tiendas; de la explosión del vapor "La Coubre" con armas que venían de Bélgica.  Porque nosotros al principio de la Revolución intentábamos comprar algunas armas en los países occidentales, precisamente para que no se tomara de pretexto ningún tipo de relación con países del campo socialista para justificar las agresiones contra nosotros.  ¡Explotar un barco!  

No se nos podrá olvidar aquella tarde que estando nosotros en las oficinas del INRA (Instituto Nacional de la Reforma Agraria), escuchamos un estremecedor estampido que hizo temblar aquel edificio, situado a kilómetros de distancia, y vimos la columna de humo que se levantó desde el puerto donde se estaba descargando un barco con miles de toneladas de explosivos, que barrió literalmente a decenas de obreros y soldados de los muelles.  No podremos olvidar la segunda explosión que barrió también con los que fueron a prestarles los primeros auxilios.  

No podremos olvidar las decenas de campesinos asesinados por las bandas mercenarias; de estudiantes alfabetizadores torturados y asesinados; de maestros que estaban enseñando en los campos. No podremos olvidar la cantidad de crímenes y de fechorías que cometieron.  

Recordábamos recientemente, en una exposición del Ministerio del Interior sobre las distintas tareas realizadas por los hombres de ese Ministerio, una explosión, por ejemplo, del armamento con que en una ocasión se preparaba un atentado contra nosotros, una colección de armas automáticas, bazucas, cañones sin retroceso, granadas de mano, uno de los tantos planes de atentados organizados por la CIA.  ¿De dónde hablan salido esas armas?  De la base de Guantánamo, suficientes no para matar un hombre:  ¡Para matar un elefante, a una docena de elefantes, a un centenar de elefantes!  

Esas cosas naturalmente no las publican los cables:  de una base que está ubicada en un pedazo de nuestra tierra, que por la fuerza se nos la impuso, después que disminuyeron la independencia de nuestro país, después que le impusieron una Enmienda Platt con derecho a intervenir y nuestro país no ha estado luchando contra un enemigo pequeño:  ha estado luchando contra un enemigo poderoso, el más poderoso país imperialista del mundo, que con toda su técnica, todo su dinero, todos sus recursos, hizo lo indecible por aplastar nuestra Revolución, y no por nacionalizar el cobre o el petróleo:  sencillamente por hacer una reforma agraria y porque aquellas tierras eran de empresas norteamericanas.  

Ese tipo de lucha ha tenido que seguir nuestro país.  Y nosotros teníamos que defender a nuestro pueblo, a nuestros obreros, a nuestros estudiantes, a nuestros trabajadores, a nuestra patria contra aquel tipo de traidores, que desde el exterior, mandados por el exterior, organizados desde el exterior, realizaban todo este tipo de fechorías contra nuestro pueblo.  

Era el más elemental deber ajustar cuentas con tales criminales, y no hacerlo habría sido una cobardía, no hacerlo habría sido una responsabilidad muy grande.  Por eso, no eran obreros masacrados, campesinos masacrados, como lo hemos visto tantas veces en los pueblos.  Los que contaron tales historias de los fusilamientos, no dicen una sola palabra de las fechorías que cometen por el mundo, de los cientos, de los cientos de miles de toneladas de bombas lanzadas contra un pequeño pueblo como Viet Nam, de la matanza de My Lai.  ¿Qué se sabe de los cientos de miles, millones de mujeres y niños asesinados en la guerra contra un pueblo pequeño, por el país más industrializado del mundo, que ha lanzado sobre esa pequeña nación dos veces más bombas que las que se lanzaron en la Segunda Guerra Mundial?  ¡Ah!, de eso no habla la reacción, de eso no hablan los fascistas, de eso no hablan los aliados del imperialismo.  Y pretenden erigir en mártires prácticamente a los canallas que contra nuestro pueblo cometieron tales fechorías.

Y por eso digo hoy que nuestro deber se cumple y se cumplirá.  Nuestro pueblo se ha defendido con valor, con dignidad.  Ha pasado peligros muy grandes, muy grandes; no solo invasiones mercenarias, sino que en determinado momento nuestro país estuvo amenazado por decenas de cohetes nucleares.  Y yo pregunto, ¿qué país pequeño como el nuestro se ha visto en situación tan difícil, como la que se vio en la Crisis de Octubre?  Y nuestro país, puedo decirlo aquí, no estaba dispuesto a ceder un ápice, no cedió un ápice.  Puedo decir más:  el 26 de octubre nuestras baterías antiaéreas abrieron fuego contra los aviones yankis que en vuelo rasante estaban volando sobre nuestro territorio, en plena crisis.  Y puedo decirles algo más, para que se tenga una idea de la dignidad de nuestro pueblo:  que no hubo un solo cubano que vacilara, no hubo un solo cubano que temblara, porque las motivaciones de nuestro pueblo han sido muy profundas, la defensa de su causa ha sido algo muy sentida.  Y ese pueblo tiene tal sentido de la dignidad y de la justicia que habría estado dispuesto a morir, a desaparecer de la faz de la Tierra.  Y los pueblos solo llegan a tales determinaciones cuando defienden realmente una causa justa, cuando defienden realmente la patria, cuando tienen motivaciones profundas.  Ese pueblo, y con ese pueblo, nosotros, los dirigentes, nos responsabilizamos por las medidas de justicia revolucionaria que se han tomado, y de lo que pudiéramos lamentarnos realmente es de que hayan quedado en el mundo tantos criminales y tantos asesinos sin recibir la sanción ejemplar que se merecían.  

Esa es nuestra posición y seguirá siendo nuestra posición.  Pero muy lejos de albergar en el sentimiento de ese pueblo actitudes crueles.  Es preciso que se sepa que en nuestro país, enfrentándose a tales organizaciones de la CIA, nunca se ha torturado a un hombre, ¡nunca!  Pero por eso mismo se han desarrollado la inteligencia, la capacidad y la moral de los hombres que combaten al enemigo.  Nosotros nos apoyamos en las masas.  Tenemos el pueblo unido, las masas organizadas, y en nuestro país no se puede mover ni una hormiga contrarrevolucionaria;  y lo que hagan lo sabemos.  Y por eso siempre tenemos las pruebas en la mano, los argumentos, las razones.  Pero jamás en nuestro país se ha torturado a un hombre.  En nuestro país se aplican las leyes acordadas por el Gobierno Revolucionario y mediante el tribunal revolucionario, no se asesina a nadie y además no se tortura a nadie, no se pone jamás la mano sobre un hombre.  Porque una de las cosas que aprendimos en la lucha revolucionaria a detestar, a repudiar, fueron las torturas, las cobardías.  El recuerdo de miles y miles de revolucionarios torturados de las maneras más atroces, creó en nuestro pueblo una conciencia tremenda contra tales actos inhumanos, contra tales actos cobardes.  

De Cuba se han dicho muchas cosas.  Entre otras, el famoso problema de las intervenciones.  A nosotros nos expulsaron del seno de la OEA sencillamente porque consideraron que el marxismo-leninismo era incompatible con la "democracia" de este continente:  no fue la cuestión de las supuestas intervenciones.  Pero vamos a algo más, y con toda la franqueza que nos ha caracterizado:  nosotros hemos ayudado a los revolucionarios latinoamericanos, no lo hemos negado y lo hemos dicho.  Ahora bien, vamos a analizar el problema moralmente.  Estamos expulsados de la OEA.  ¿Y Estados Unidos por qué no fue expulsado de la OEA?  Estados Unidos, que organizó en Nicaragua y Guatemala la invasión a Cuba.

Váyase a México y averígüese allí cuál ha sido nuestra conducta con relación a ese país.  Porque cuando los demás cumplen con nosotros las normas, nosotros las cumplimos con ellos:  pero quienes no cumplen con nosotros las normas internacionales, que no esperen que nosotros las cumplamos con ellos.  Es una cuestión de elemental sentido de justicia y de equidad.  Y lo digo aquí, como lo he dicho siempre, porque nosotros en nuestras ideas nunca hemos andado con mentiras, ni con fariseismos, ni con hipocresías, y la verdad siempre la hemos dicho, la verdad siempre la hemos expuesto clara y diáfanamente.  Esa es la realidad sobre los temas que, por supuesto, se han oído mucho.  

¿Pero qué moral hay, qué fundamento legal, qué fundamento filosófico?  ¿Quiénes han intervenido a quiénes?  ¿Quiénes fueron los cómplices de las intervenciones?  ¿Quiénes llevaron a los gobiernos latinoamericanos al acto cruel y duro de abandonar a un país pequeño solo frente al coloso del Norte?  ¿Qué país de América Latina se ha visto en la situación nuestra?  Y cuando un pueblo está dispuesto a morir, como ha estado dispuesto el cubano, ¿qué le iban a pedir:  contemplaciones, consideraciones y respeto, para los que no tenían para nosotros la menor contemplación, ni la menor consideración, ni el menor respeto?  

Esa sencillamente ha sido la política de Cuba; la defendemos aquí hoy, mañana y siempre, y la historia nos dará la razón.  El Presidente recordaba algunos antecedentes de las luchas por la independencia.  Recordaba las luchas de Bolívar.  Mientras él hablaba, nosotros recordábamos aquel famoso decreto de guerra a muerte, de guerra total, que llegaba tan lejos como para decir:  "Españoles, contad con la muerte.  Venezolanos, contad con la vida aunque seáis culpable." En aquella lucha dura, a muerte, por la independencia, los próceres llegaron mucho más lejos:  llegaron prácticamente a sancionar la nacionalidad; era una lucha a muerte.  

Cuando se lea la historia de nuestra guerra, de nuestra guerra dura y difícil, porque nosotros iniciamos una guerra con muy pocos recursos, con muy pocos hombres:  desembarcamos con 82 personas en Cuba —hace precisamente dos días se cumplieron 15 años—; fue disuelta nuestra fuerza original y reducida a siete hombres armados, y con aquellos hombres proseguimos la lucha.  Cuando desembarcamos, la correlación era de 1 000 a 1 del total de las fuerzas de Batista; cuando nos redujeron a siete hombres armados, era de 10 000 a 1.  Ni siquiera aquellas circunstancias nos desalentaron.  

Pasamos por momentos muy difíciles.  Poco a poco fuimos aprendiendo el arte de luchar, de combatir, de operar en situaciones de mucha desventaja; fuimos desarrollando fuerza, fuimos desarrollando cuadros, fuimos desarrollando la guerra.  Fue una guerra que duró 25 meses, en que se luchó incesantemente, siempre con una correlación de fuerzas muy desfavorable.  

Hubo momentos en que nuestro pequeño ejército se vio enfrentado a una ofensiva de 10 000 hombres contra 300, correlación de fuerzas de treinta y tantos a uno, ofensiva que terminó en desastre para el adversario, que nos permitió a nosotros armarnos, llevar adelante la guerra, y terminarla cuando la correlación de fuerzas era de 20 a 1 a favor del adversario.  

Que se hurgue en la historia de esa guerra y se verá si hubo un solo prisionero maltratado.  Y yo podría decir aquí, con una absoluta tranquilidad y seguridad, que la guerra más humana que se libró jamás fue nuestra guerra:  el trato más humano que se dio jamás a ningún enemigo fue el trato que nuestro ejército naciente le dio a ese enemigo.  Y nuestro pueblo se nutrió de esas tradiciones, se nutrió de ese espíritu de heroísmo por un lado, de ese estilo de justicia, de valor, por otro.  Y así es como se ha ido escribiendo esa página.  Y decía muy bien el Presidente:  ¿Cómo se sostiene ese país?  Y hay que preguntarlo.  Un país que tenia al triunfo de la Revolución seis millones y medio de habitantes, seis millones y medio, y Estados Unidos tenia casi 200 millones, un poderío económico ilimitado, poderío militar ilimitado, político ilimitado, influía en nuestro país por todos los medios, porque durante casi 50 años estuvo inculcando sus hábitos.  ¿Y cómo nuestro país se ha podido defender, cómo ha podido resistir, cómo ha podido impedir que un país más estuviera allí como trinchera del imperialismo para cualquier agresión a otros pueblos de América Latina?  

Nuestro país ha constituido una trinchera, una defensa, un ejemplo, un aliento.  Por algo se le ha calumniado tanto, por algo se ha mentido tanto.  ¿Por quiénes y por qué medios?  Por los que han mantenido este continente en el atraso.  Las trece colonias se unieron, después ocuparon Luisiana, Florida, después le arrebataron a México la mitad de su territorio, constituyeron una nación poderosa, después intervinieron en cuantos países les vino en gana, tomaron el istmo de Panamá:  a Cuba le impusieron la base de Guantánamo y le impusieron la Enmienda Platt:  de América Latina se apoderaron de sus recursos naturales, de su cobre, de su hierro, de su petróleo, de todos sus recursos:  mantuvieron a las naciones débiles y divididas.  

Nosotros creemos que esta historia, de 150 años, nos enseña a una cosa:  a tomar conciencia de las realidades, a preguntarnos cuál será el porvenir de mañana.  Y nosotros citamos un ejemplo, un ejemplo:  Europa, la Europa de las guerras centenarias —en ningún continente existió más matanzas entre naciones que en Europa— y hoy Europa se une, establece vínculos económicos y busca vínculos políticos para poder sobrevivir.  Inglaterra, la cuna de la revolución industrial, otrora poderosa Albión, que inventó prácticamente el acero, que descubrió el uso del carbón, los altos hornos, la maquinaria moderna que produce decenas de millones de toneladas de acero, y ese país busca desesperadamente la unión económica con Europa y, por consiguiente, después, los vínculos políticos para poder sobrevivir.  

Ahora nosotros nos preguntamos si Cuba, Ecuador, Chile, Perú, cualesquiera de nuestros pueblos, en las condiciones actuales, con un abismo tecnológico que existe, con la pobreza acumulada...  ¿Cuál es el porvenir de nuestros pueblos?  ¿Qué papel jugaremos el día de mañana en medio de las grandes comunidades humanas?  Estados Unidos es una gran comunidad de más de 200 millones de habitantes ya:  Europa Occidental una gran comunidad:  URSS y el campo socialista:  China.  Será un mundo de grandes comunidades.  ¿Por qué, por ejemplo, esas grandes comunidades pueden marchar?  Por el esfuerzo de una gran masa humana, porque para esas grandes colectividades humanas no hay industria, no hay escala cuyo desafío no puedan aceptar en cualquier orden.  De manera que los propios mercados internos, las posibilidades de desarrollo son ilimitadas.  

Los hombres de armas saben hoy qué son las armas modernas, cuánto cuestan, qué complejas son.  Cualquier sistema de armamento, de tierra o de aire o de artillería antiaérea, el armamento a reacción, los equipos todos constituidos por sistemas de radares y sistemas electrónicos de dirección de fuego; saben que virtualmente la guerra futura se libraría prácticamente con máquinas, sistemas costosísimos.  Sabemos en el mundo moderno de algunas potencias que han desarrollado el arma nuclear.  

Quiero que se considere cuál es la diferencia entre un país que posee arma nuclear y el que no la posee.  Y verán que es mucho más grande que aquella diferencia que había entre los españoles que conquistaron este continente con arcabuces y con culebrinas y con ballestas y las poblaciones aborígenes que se defendían con palos, con piedras, con lanzas y con flechas; porque entre al arcabuz y la flecha, entre el arcabuz y la maza, hay infinitamente menos diferencia que la que hay entre el armamento nuclear y las armas convencionales.  

Afortunadamente hay ya una opinión mundial que pesa en la humanidad de hoy.  De lo contrario, en Viet Nam habríamos visto posiblemente usada el arma nuclear táctica.  Mas no solo la opinión mundial —porque los agresores, los guerreristas siempre han desafiado la opinión mundial—:  existe una correlación de fuerzas en el mundo de hoy, en que tales crímenes de genocidio no se pueden cometer tan impunemente.  

Ahora nuestros pueblos, que tienen tantas cosas en común, de idiomas; nuestros pueblos, cuyos libertadores concibieron no como un continente balcanizado, sino como un continente unido —y fueron los sueños de Bolívar, de San Martín, de Sucre, de O'Higgins, de Morelos, de Hidalgo, de todos—, ¿cómo están?  ¿Cómo los mantienen?  No solo divididos como pueblos, sino en el interior divididos en mil fragmentos.  

¿Para qué ha servido toda esa política colonial, toda esa política pasada?  ¿Para qué han servido todos esos anacrónicos instrumentos del Estado?  ¿Para qué han servido?  ¿Para qué han servido los Parlamentos?  ¿Para qué han servido las supuestas libertades burguesas de prensa?  

Que, como nosotros decíamos hoy a un periodista:  ¿Qué libertad es esa?  ¿Cuántas personas en el campo saben leer y escribir?  Un 50%, un 51%.  ¿Y cuántas no saben?  Un 49%.  ¿Qué libertad de prensa tienen?  Y el otro 51% que viven en los campos, ¿qué libertad de prensa tienen?  

Háblenme si se quiere de libertad de propiedad sobre los medios masivos de divulgación, pero no de libertad de expresión de pensamiento.  

Yo decía:  en nuestro pueblo, la prensa y los medios masivos de divulgación tienen un propietario, que es el pueblo, y están al servicio del pueblo.  Esa es la realidad de nuestra prensa hoy y el control de nuestros medios masivos de divulgación.  

Ustedes saben los crímenes que se cometen; las películas que vienen de sociedades desarrolladas, que traen a los pueblos las ansias de consumo, sus deformaciones, sus frustraciones:  los programas muchas veces de televisión, que se meten en cualquier hogar, a cualquier hora, sin tener en cuenta la edad del niño o de la niña o la situación de la familia.  No existen siquiera programas infantiles porque todo está inspirado en el mercantilismo.  

Han visto ustedes cuánta propaganda mercantilista para crear en el hombre la ansiedad y la angustia del consumo —ansiedad por consumir y angustia de no poderlo comprar—, anunciándole al pobre hombre limosnero, al que anda descalzo, al que gana un sueldo mísero:  compre un automóvil, compre esto, compre lo otro.  Y ese hombre está sometido día y noche a todo esto.  

Observen ustedes los datos sobre el promedio de vida de nuestros pueblos, obsérvese cuántos niños mueren en el primer año de edad en muchos pueblos de América Latina, qué tremendos porcentajes.  Súmenlos y verán que en este continente mueren en el primer año, por falta de nutrición, de asistencia médica y de atención, más de un millón de niños, ¡más de un millón!  

Y eso sí es crimen.  De eso es de lo que hay que hablar y no de la justicia revolucionaria que pretende castigar a los que, por defender eso, asesinan y matan sin piedad.  Asesinos despiadados son los responsables de las muertes de ese millón de niños en nuestros pueblos.  Asesinos despiadados son los responsables de las pérdidas de tantas vidas humanas.  Asesinos despiadados son los que reducen la vida del hombre a la mitad:  porque cuando se compara el promedio de vida del país desarrollado, es de 60, 70, y en los otros, 30, 35, 40.  Esos sí son sanguinarios.  Esos sí son asesinos.  Esos sí son desalmados.  Y no los hombres que en este mundo quieren un poco de justicia:  no los hombres que en este mundo luchan para eso:  no los hombres que en este mundo aspiran a una humanidad mejor, aspiran a un lugar en el mundo para nuestros pueblos, no solo como pueblos individuales, sino como conjuntos de pueblos hermanos.  Este es el objetivo de todo revolucionario.  

No sabemos si nuestra generación lo hará, pero alguna generación tendrá que hacerlo.  Alguna generación tendrá que vivir en ese mundo.  Porque ya hoy no es un sueño.  Si en la época de Bolívar se podía decir un sueño, una aspiración, hoy hay que decir necesidad insoslayable si queremos tener un lugar en el mundo.  

La técnica moderna requiere enormes centros de investigación, enormes recursos en todos los campos de la medicina para la lucha contra las enfermedades y el cáncer, la lucha por la conquista del espacio, la lucha por la conquista de los recursos naturales, y la transformación de la naturaleza, la lucha por las tecnologías más modernas, la lucha por nuevas fuentes de energía y el empleo de la energía nuclear en actividades pacificas.  ¿Qué lugar ocupan nuestros pueblos y qué lugar van a ocupar en el mundo del mañana, si los cerebros nos los roban, nos los sustraen, nos los compran y se los llevan?  

Las mejores inteligencias que da este continente se las llevan, las inteligencias en el orden técnico, en el orden científico.  ¿Y cómo nos defendemos?  ¿Qué sistema defienden?  

En el interior de nuestros países, balcanizados con respecto al continente y balcanizados dentro, divididos en mil fracciones, haciendo un uso criminal de los medios masivos de divulgación, corrompiendo, deformando, debilitando a los pueblos...  Y nosotros podemos decirles con plena autoridad a cualquier hombre de armas, a cualquier militar, en caso de un combate, que ellos saben que lo que decide es el hombre; que aun en condiciones difíciles, el hombre es el que decide el combate.  Y el hombre no es un animal, es un ser moral.  Y su conducta, su altruismo, su desprendimiento, su disposición al sacrificio, dependen de las motivaciones.  

Se habla de patria, pero no es lo mismo la patria del millonario que la del pordiosero, la del rico terrateniente que la del campesino sin tierra, la de la señorona que tiene muchas joyas que la de la infeliz mujer que tiene que vender su cuerpo para poder vivir.  

Llegue la hora de la lucha, llegue la hora de la defensa de la patria, búsquese un pueblo unido para defenderla, y dígasenos si la sociedad de clases y de explotación podrá ser defendida.  

Qué es lo que nos hace fuertes.  Porque incluso, si los imperialistas intentan destruirnos, dentro no pueden, porque no tienen los órganos de divulgación de masas en manos de una oligarquía a su servicio, no tienen los instrumentos de movilización contra la Revolución.  Se encuentran un pueblo organizado, todos los obreros una sola fuerza, todos los estudiantes una sola fuerza, todas las mujeres una sola fuerza, todos los campesinos una sola fuerza.  Un pueblo donde nosotros, que hemos abolido la libertad burguesa de prensa, que hemos abolido el Parlamento, no hemos abolido en cambio los institutos armados; por el contrario, los hemos fortalecido en las condiciones de la Revolución, como instrumento de defensa de la patria revolucionaria, como instrumento de defensa de la patria unida.  Y nosotros hemos desarrollado poderosas fuerzas armadas, incontables academias, incluso universidades militares.  Hemos adquirido todas las experiencias posibles, hemos aprendido a manejar esas armas modernas, y hemos enseñado además a todo el pueblo.  

Nuestro país puede poner 600 000 hombres sobre las armas en 24 horas, y posiblemente en menos.  El límite no está en los hombres.  El límite está en la cantidad total de armas de que disponemos.  Por eso nuestro país se puede defender de una nación tan poderosa como Estados Unidos.  Por eso Estados Unidos ha tenido que pensarlo mucho.  Porque sabe, incluso, que en determinadas direcciones principales nosotros podemos establecer correlaciones de fuerzas formidables con relación a las divisiones acorazadas y a las tropas aerotransportadas que pueden lanzar sobre el país.  Y un país que está dispuesto a luchar y dispuesto a morir, tiene un patriotismo elevado, una moral de combate:  esa es la explicación de por qué la Revolución subsiste en Cuba.  Esa es la explicación por la que no han podido aplastarla.  

Nosotros hemos recibido una gran solidaridad exterior.  Nosotros hemos recibido el armamento que de otra manera no hubiéramos podido comprarlo.  Nosotros hemos recibido una gran ayuda económica.  Pero somos nosotros los que defendemos nuestro país.  Es esa unidad, es esa moral de combate.  Y nosotros, por eso, estamos convencidos absolutamente de que todo lo que vemos son viejos y anacrónicos sistemas, que mantienen a los pueblos débiles y divididos.  Todos esos egoísmos, todos esos privilegios, hacen imposible que nuestros países sean fuertes.  Los hacen débiles y los hacen penetrables.  Penetrables desde muchos puntos de vista:  cultural, ideológico.  Los hacen débiles militarmente.  Esas son las cosas que nosotros vemos.  Esas son las cosas que nosotros registramos.  

Nuestro propósito en el día de hoy realmente estaba muy lejos de suponer la necesidad de tener que tratar estos temas.  Pero, sencillamente, la amabilidad de ustedes, las atenciones de ustedes, el ambiente amistoso que aquí se desarrolló, las amables palabras del Presidente, sus argumentos para explicar los problemas de nuestro país, me movieron a profundizar en estos temas y a pronunciar estas palabras de hombre sincero, de hombre revolucionario.  

La cuestión de las relaciones para nosotros no tiene mayor significado.  Puede haber muchas relaciones formales.  Creo que hay entre los pueblos y entre los hombres relaciones humanas, no protocolares, que pueden tener un valor muy superior.  

Ayer tuvimos nosotros ocasión de defender a este país, no obstante las diferencias, contra imputaciones que me parecieron injustas.  Hoy he comprobado aquí la justicia de nuestros puntos de vista.  Porque lo hemos visto en esta reunión aquí, en esta comida presidida por el Presidente, hombre de admirable energía, hombre conocido y respetado en nuestro país por sus actitudes, por su conducta, por su historia.  Con los ministros aquí presentes, y presentes también altos jefes de las Fuerzas Armadas, presentes representantes de las organizaciones políticas y de masa.  

Nos decía el Primer Ministro que había invitado a todos, que no excluyó a nadie de esta reunión, para que este encuentro fuera un encuentro de la delegación que por aquí pasaba con los representantes de una nación.  No hubo exclusión de nadie.  Asistieron aquellos que se acogieron a la invitación.  No asistieron aquellos que no quisieron acogerse.  De todas maneras, a nosotros no se nos olvidará nunca este acto de hoy, esta comida de hoy, este ambiente de hoy y este símbolo de hoy.  ¿Y saben por qué?  Porque vemos aquí también el símbolo de fuerzas que unidas —estamos seguros— podrían llevar adelante muy lejos, pero muy lejos, a Ecuador.  Siguiendo su camino, si, su idiosincrasia, sus métodos.  Pero hay algo de lo que no pueden escapar nuestros pueblos, dos cosas:  la unión interna sobre la base de la justicia:  la unión de todos nuestros pueblos en una gran comunidad, como condición de vida del futuro.  

Muchas gracias (APLAUSOS).

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