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Añoranzas del reencuentro

Datum: 

2017

Quelle: 

Revista Verde Olivo

Autor: 

Fidel nos enseñó a creer, a tener fe y a cumplir lo imposible aunque el dolor y la tristeza fustigaran en lo más hondo. Este legado prevaleció cuando el corazón estuvo apretado y la actividad más importante de nuestras profesiones se convirtió en acompañarlo durante su viaje a la eternidad.

Por ello, en los saludos de aquella madrugada del 30 de noviembre de 2016 se obviaron algunas preguntas que los rostros delataban y los brazaletes negros ratificaban. Frente al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar), en voz baja e interna, los convocados juramos entrega total, aunque solo conocíamos que hasta el 4 de diciembre, recorreríamos gran parte del territorio nacional, como lo hizo en 1959 la Caravana de la Libertad. Ahora el viaje sería en dirección inversa.

A partir de entonces y por especialidades, debíamos encontrar las palabras precisas, las velocidades exactas, las frecuencias más efectivas, la altura y postura idónea, el mejor ángulo…, todo aquello que permitiera ejecutar, describir, asegurar, maniobrar…, sin recortes subjetivos o excesos, el traslado de las cenizas del Comandante en Jefe hasta Santiago de Cuba.

Para cumplir con este objetivo se conformó un cortejo fúnebre integrado por unidades motorizadas; un auto ligero con un jefe principal de las FAR; un camión que conduciría a los periodistas; dos patrullas de la Policía Nacional Revolucionaria; dos vehículos de ceremonia, uno con la escolta de honor y otro, donde viajaban los cargadores y sus ayudantes, con el armón y el cofre incinerario; un carro de Comunicaciones; una ambulancia y dos yipis de las Tropas de Prevención.

Primero la Plaza de la Revolución, luego una ciudad, otra, Cuba entera… Así se desarrolló el viaje infinito. Durante más de mil cien kilómetros, observamos a millones de cubanos que mostraron el alma en gritos de “Yo soy Fidel” que también se coloreaban en las mejillas y la frente. Otros, dieron un adiós más íntimo, cuando del pecho sacaban un beso que lanzaban al aire y esbozaban un te quiero con los labios, pues la voz se les había extinguido.

Fuimos testigos de millones de corazones latiendo al unísono ante la incertidumbre, el amor y dolor del último viaje de quien representa una época, un país. Para honrarlo, muchos esperaron junto a las carreteras durante horas.
Unir la noche con el día fue una práctica común para quienes desde tierra imponíamos juventud o experiencia durante las cuarenta y nueve horas del recorrido. Fidel convocaba.

Choferes, cargadores, periodistas, comunicadores, médicos, policías, enfermeros, fotorreporteros, informáticos, camarógrafos…, nos imaginamos y sentimos como aquellos rebeldes que bajaron de la Sierra Maestra hacía más de medio siglo. Por esto la caravana constituyó el mejor tributo de la joven generación: "A quien nos denominó los mejores continuadores o constructores de la obra revolucionaria, al darnos la oportunidad de demostrar que sí pueden contar con nosotros”, afirmó el mayor Yosvel Santo Domingo Ramón, oficial de Comunicaciones.

La marcha hacia Santiago de Cuba, el territorio donde los grandes tienen sitio perenne, se hizo a una velocidad constante entre los veinticinco y cuarenta kilómetros por hora. Ello permitió que el pueblo pudiera compartir pensamientos con el Comandante.

Por esos días, el saludo militar no solo perteneció a los hombres de verde olivo, constituía una manera de rendir respeto y compartir un gesto amigable. Y las banderas, siempre firmes, y de todos los tamaños, se mostraban a media asta.

Revivir la ruta que él hizo memorable, como todo lo que sus manos cálidas tocaban, permitió a los habitantes de Coliseo, Ranchuelo, Palmira y Cruces, acompañarlo dos veces cuando los compromisos en Cárdenas y Cienfuegos, lo desviaron otra vez de la Carretera Central, a pesar del fuerte sol o las bajas temperaturas.

Además, decenas de flores silvestres se trenzaron en ofrendas en las manos de los cubanos y en sus altares, acompañadas de velas y las más diversas fotos de su Fidel.

Muchos concuerdan que el recorrido de la caravana fue como su vida: diverso y expectante, donde no faltaron los días grises, las lluvias débiles o fuertes ni las cumbres a superar. Pero sobre todo, nunca estuvo solo. Toda la Patria le rindió tributo e hizo honores.

Fidel viajó por Cuba cubierto por la Bandera de la Estrella Solitaria, para despedirse de viejos, jóvenes, mujeres, niños, obreros, campesinos, intelectuales, científicos, militares, médicos, maestros, albañiles, sierras, llanos, palmas, cañaverales, escuelas, presas, caminos, hospitales… No podía ser diferente.
Al líder de la Revolución Cubana lo definen su vida, su obra, y el pueblo, o los pueblos, como vimos en estos días, cuando su ejemplo se convirtió en la definición comprometida: “¡Yo soy Fidel!”.

NOVIEMBRE 30

En la Plaza de la Revolución José Martí amanecimos. Dieron las seis de otro 30 de noviembre y el silencio permitió que retumbara el eco de la primera salva de artillería disparada desde San Carlos de la Cabaña, como parte del homenaje póstumo.

Poco a poco aparecieron las primeras luces de un día tranquilo y con ellas el sonido ronco de los vehículos que nos trasladarían. Cerca de las siete, la voz de firme interrumpió los pensamientos y dos integrantes de la Unidad de Ceremonias cargaron un ideal. Por primera vez su nombre, en letras doradas confirmaba el dolor.

Las cenizas mortales de Fidel Castro Ruz estaban allí, y una urna de cristal las resguardaba tras ser colocadas sobre un armón florecido que las trasladaría desde el Minfar hasta Santiago de Cuba. A la vista de Raúl, la familia y compañeros de lucha que, en silencio le desearon buen viaje hacia la eternidad.

Una escolta amiga, desde los días de la Sierra, aguardaba. Los generales de cuerpo de ejército Leopoldo Cintra Frías, Joaquín Quintas Solá y Ramón Espinosa Martín fueron los primeros en resguardarlas. ¡Monten! Es la orden de mando. Y echamos a andar.

La Plaza de la Revolución acogió primero al cortejo fúnebre. A ambos lados de la avenida miembros de las FAR hicieron un silencio sepulcral. También había niños uniformados muy cerca de sus padres y maestros, parejas abrazadas, madres e hijas que se besan, vecinos que se arremolinan. Ahí aparecieron las primeras lágrimas y sollozos, mantenidos durante casi todo el trayecto.

Aunque la noche anterior fue larga, no hubo calles despejadas en el Vedado, La Habana Vieja, el Cotorro, donde existía la misma aglomeración de personas y vehículos que cuando llegó la Caravana de la Libertad hace cincuenta y siete años.

La capital se unió en un cordón humano a Mayabeque, quien se descubrió en el color oscuro de la ropa de sus habitantes y en las dedicatorias al hombre y amigo desde balcones y portales colectivos, donde cabían muchos en poco espacio, porque una sola hilera, al borde de la carretera no alcanzaba.
En Zaragoza, Madruga, el repique de la campana de la iglesia, con timbre melancólico, anunció el dolor del pueblo, que, al borde del camino, recordaba a quien terminaba un ciclo de vida terrenal para estar siempre entre ellos.

Desde aquí comenzaron a transmitirse las primeras fotos en movimiento a los diversos medios de prensa, pues los dispositivos digitales se colmaron, algunos de manera momentánea y otros se demoraron un poco más para decodificar el dolor captado.

El suelo yumurino acogió la caravana por el poblado de Mocha, donde la tensión inconsolable con la que los matanceros aguardaron las cenizas del Comandante, hizo correr lágrimas de agradecimiento por el rostro curtido de campesinos que a sus espaldas mostraban el prodigio de la creación en los surcos.

Al filo del mediodía, en la cabecera provincial, la calle Milanés ya no fue infinita, se cerró en un abrazo humano tras el cortejo. Abriéndose en el céntrico parque de la Libertad, donde 57 años atrás, Bermúdez y Ulises Rosales del Toro, así como a general de brigada Marco A. Hernández Alcaráz a fungir como escolta de honor.

Al proseguir el recorrido el cortejo tomó por la Carretera Central para aproximarse a Limonar y Coliseo. Luego el trayecto se desvió con el fin de visitar Cárdenas, la ciudad de José Antonio Echeverría, donde nos esperaban algunas de las personas que hace más de medio siglo abrazaron a Fidel para tenerlo bien cerca del pecho, lugar en el que ahora apoyaban una de sus manos para no dejarlo ir.

Al regreso, esperaban los mismos médicos, obreros, campesinos, estudiantes, oficiales, que nos vieron alejar una vez. No quisieron perder esta oportunidad doble que tendrían muy pocos cubanos.

A partir de ahí el recorrido casi en línea recta hasta San Pedro de Mayabón se realizó en unas siete horas, donde el pueblo reunido a ambos lados de la vía, portó banderas cubanas, fotos del líder y espejuelos muy oscuros incapaces de disimular el desconsuelo.

La entrada a Villa Clara ocurrió en una tarde de emociones y fidelidad, en la cual, hombres y mujeres delirantes, llenos de fe y medallas, daban muestras de cariño al combatiente que inició la guerra en la Sierra Maestra y cambió para siempre la vida en estos lugares humildes.

En el primer día solo nos alcanzó el sol hasta el poblado de Manacas. Por esto el pueblo cienfueguero recibió de noche las exequias del Comandante e iluminaron su paso con el resplandor de celulares y linternas. Ellos vieron la urna entre las luces de los autos de ceremonia y las sombras de la naturaleza.

La población congregada al borde de las carreteras, desde la comunidad de Marta Abreu, pasando por los municipios de Cruces y Palmira provocaron admiración en el equipo de prensa por la constancia de su seguimiento nocturno, sobre todo al regreso, cuando encontramos a las mismas personas pero más abrigadas y pendientes a determinados detalles, para contar por la mañana los recuerdos. Ni las bajas temperaturas de la noche las hizo entrar a las casas.

Igual que hace más de medio siglo, los agrupados a orillas del Prado mostraron la ruta hasta el parque Martí donde hubo una parada momentánea. A las
9:44 de la noche, las notas del Himno de Bayamo fueron entonadas a la llegada de la urna resguardada por arreglos de rosas blancas, lirios, crisantemos y miembros de las Tropas de Prevención. Con el retorno de la marcha, la afirmación ¡Yo soy Fidel! inundó el ambiente.

De nuevo Villa Clara y la reverencia de sus pobladores mientras nos acercamos a la ciudad del Che. Pasada la medianoche arribamos al campamento del héroe de la Batalla de Santa Clara, para que el líder de la Revolución se reuniera con él y los hombres que lo acompañaron en el Frente de Las Villas y la gesta boliviana. Juntos coordinarían ideas y nuevas ofensivas. Fue este el primer sitio donde los cargadores desmontaron el cofre de cedro del armón y los vehículos de la caravana cambiaron su posición de columna.

Entonces una vigilia saludó su llegada. Tras esta, la llama eterna que un día encendiera Fidel, iluminó y resguardó el descanso de los dos ídolos.

DICIEMBRE 1

Consternados, pero con la profunda convicción de cumplir la palabra empeñada a Fidel, miles de villaclareños amanecieron cerca del complejo escultórico que guardaba sus cenizas.

Tras el homenaje de los principales jefes del territorio, nuevamente el armón florecido aferró contra sí su cometido y echó a andar. Eran poco más de las siete de la mañana.

Otros jefes conformaron la escolta de honor y reiniciaron la marcha con el mismo compromiso “hacia él y el pueblo, pues hace algunos años escoltamos a un líder joven, con tareas por hacer y ahora vemos a aquel dirigente, después de noventa años, con todas las obligaciones cumplidas. Creo que es una enseñanza para todos”, expresó el general de división Ramón Pardo Guerra, jefe del Estado Mayor de la Defensa Civil.

Toda Santa Clara homenajeó al revolucionario, y sus habitantes resultaron ser guardianes interminables y diversos, cual ola humana, abrazaron la sede del Gobierno provincial, el céntrico parque Leoncio Vidal y las avenidas todas. Una vez más la población se agrupó para hablarle, para ponderar su estatura moral, esa que enseñó a los humildes. Entonces mostraron en los uniformes y carteles el desarrollo educacional e industrial del territorio.

Tal vez era esta una de las veces referidas por él en 1959, cuando dijo que vendría hasta aquí, siempre que el pueblo lo necesitara para agotar “hasta la saciedad, los razonamientos, los argumentos, la persuasión, la diplomacia”.

Pronto quedó atrás la ciudad, pero en los tramos del camino, con caserío o sin él, las personas se acercaron a la vía y gritaban: ¡Fidel! ¡Fidel!

En Sancti Spíritus, igual que en el épico viaje de los barbudos hacia la capital, la naturaleza se hizo presente con una fina llovizna, que no impidió el tránsito del armón por el territorio del Yayabo, pero sí alertó a los fotógrafos del camión.

A ambos lados de la Carretera Central, los hijos de esta tierra expusieron su espíritu, moral, fervor, fe y entusiasmo, al defender el ideal respaldado días antes en el Concepto de Revolución, alocución que dio la bienvenida en varios poblados.

En otras circunstancias, las personas hubieran pensado dos veces en salir de casa, pero se regó como pólvora el paso del cortejo fúnebre del líder de la Revolución por el territorio. ¿Qué importan las inclemencias de la naturaleza en estos tiempos, que se ha aprendido a vencer todo?

Los espirituanos ratificaron la confianza otorgada desde hace años a este hijo, padre, hermano, al saberlo hombre incorruptible que jamás los traicionó. La manera que encontraron de demostrarlo fue acompañándolo en el recorrido por todo su territorio. El pueblo fue constante e interminable hasta la provincia vecina, lo cual permitió a los caravanistas señalar este trayecto como el más largo sin descanso.

Marcialidad y asombro caracterizaron al primer saludo que recibió la caravana en Ciego de Ávila, proporcionado por jóvenes estudiantes de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de la región.

A pocos metros, el territorio vistió los colores blanco, azul y rojo de sus habitantes, quienes desde ambos lados del camino aclaraban: ¡Esta calle es de Fidel!, y la custodiaron desde aceras, balcones, azoteas…

Hacer presente al Comandante, provocó en unos, que su voz disminuyera hasta casi no entenderse y en otros, volcar su creatividad en mensajes que podían leerse sobre su rostro o manos.

Hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes, para quienes se hizo la Revolución, no dejaron libre ningún tramo del camino, aun en las zonas despobladas. Tal vez por ello los brazos levantados en señal de saludo terminaban en puños de victoria, o recogían las riendas del corcel y llevaban el sombrero al corazón.

Al llegar a La Vallita, en territorio camagüeyano la lluvia se hizo intensa y se oscureció la tarde, pero ninguno de los pioneros o camilitos que esperaban la caravana se movió. Tenían el compromiso de acompañar al Comandante y así lo hicieron. Al lado de la carretera y en algunos montículos cercanos, los que mejor saben querer aguardaron con un saludo cándido.

Esto impuso a los cargadores y sus ayudantes pararse en firme frente a sus asientos y de esta manera señalizar el UAZ que remolcaba el armón. Su decisión, rápidamente, se vio agradecida por los gritos de “¡Allí va Fidel! ¡Ya lo veo!”. En ese momento, varias lágrimas se confundieron con las gotas que mojaban el traje verde olivo.

“Cuando vi a los niños se me oprimió el corazón, sin embargo, en ese instante nos concentramos en la tarea a cumplir, para que el desplazamiento saliera con la seguridad y marcialidad requeridas en el momento”, expresó el trabajador civil Rafael Batista Danger, chofer del vehículo de ceremonia que remolcaba el armón.

En la ciudad no llovía, las arterias principales estaban colmadas de personas que repetían ¡Yo soy Fidel! Tan alto como podían, frase que la empresa GEOCUBA hizo cartel uniendo fotos del líder cubano.

Incluso, al pasar frente a varios hospitales vimos que los internos nos esperaban recostados a los balcones, tratando de disminuir la distancia entre ellos y la caravana.

Así llegamos hasta el salón Jimaguayú, en la base del monumento al Mayor
General Ignacio Agramonte Loynaz, donde esa noche descansaron las cenizas del Comandante, en un lugar con aroma a azucenas frescas.

En la plaza del recinto fue realizada una vigilia con canciones patrióticas, himnos de lucha y música tradicional. Allí participaron más de doscientos artistas locales quienes recordaron la entrada del Comandante a esta ciudad el 4 de enero de 1959, al frente de los barbudos rebeldes y según refirió Melisa Delgado Morales, presidenta provincial de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media: “Esta actividad permitió evocarlo vigoroso, juvenil, entusiasta y dinámico”.

DICIEMBRE 2

La mañana se presentó levemente soleada al salir de la Plaza de la Revolución camagüeyana. La solemnidad de los cargadores no permitió otro sonido en el ambiente que el de sus pasos y ejecuciones.

En este tercer día avanzamos temprano por la Avenida de la Libertad, donde los pobladores de la provincia recibieron la caravana con una mano puesta en el pecho, lugar hacia donde corrían las lágrimas de muchos de los presentes, para después esconderse en su ropa oscura.

Tras el paso por el emblemático parque La Caridad, sitio de encuentros y discursos del líder rebelde con el pueblo de El Mayor, retornamos a la Carretera Central. Allí esperaban algunos invidentes que se hicieron asistir de familiares y amigos para que vieran por los dos y les describieran los detalles. Ellos se encargarían de sentirlos.

El acompañamiento del cortejo permitió que por primera vez, las extensas llanuras camagüeyanas se poblaran y en sus terrenos se plantaran promesas, juramentos, astas con banderas en señal de duelo y hasta personas, esas que empujaron su silla y el peso de los años, para esperar de pie a Fidel, como hace más de medio siglo o aquellas que entre las manitos llevaban dibujos y frases como: ¡Te queremos papá!

En estos instantes, cada pedacito del transporte de la prensa era indispensable para buscar la perfección en las imágenes y centrar la atención en rostros, expresiones, carteles. Nada debía interferir en nuestras funciones, ni el peso de las cámaras, los lentes, las laptops o los saltos del camión. Habíamos hecho una promesa que se cumplía con cada envío de imágenes y textos.

Después de tres horas de camino este día, entramos al territorio de Las Tunas, donde fuimos recibidos por una bandada de palomas y un cartel: ¡Padre, mi familia te agradece! A partir de entonces, lazos negros atados a los antebrazos y sábanas blancas cubiertas con flores y fotos del Comandante, mostraron el sentir de los hijos de este territorio, como si no fuesen suficientes las voces acongojadas las cuales preguntaban por qué se fue.

Más de veinte mil pobladores de estas tierras se acercaron a la ruta prevista para mostrar sus recuerdos de Fidel y crear otros, aunque para lograrlo necesitaron recorrer algunos kilómetros. Al paso del armón este anhelo se convirtió en acción al enseñar la imagen que más veneran en la casa, esa que descubre al líder en la Sierra, la Plaza, encima de un tanque, acompañado por su mejor amigo…, incluso, hubo quien no pudo decidirse por una y las trajo todas.

El adiós al eterno Comandante, también se dio con banderas cubanas portadas por personas de todas las edades en la plaza martiana del municipio cabecera y en las palmas de sus campos.

Además, alumnos de la Escuela Vocacional de Arte, hicieron gala de sus conocimientos al tocar las notas del Himno de Bayamo e interpretar una marcha mientras pasábamos frente a su institución.

Virtualmente se reunió en estas vías la ciudad entera. La presencia de tantos hombres y mujeres daba una idea aproximada de la responsabilidad abrumadora que pesaba sobre los hombros de estos nuevos caravanistas. No hay mejor lección que la experimentada en carne propia.

A Holguín, la provincia que vio nacer a Fidel y acogió su niñez, llegamos pasadas las dos de la tarde. Nos esperaban jinetes a ambos lados de la carretera, de esos que se vuelven uno con su caballo. De fondo, la canción que en días recientes Raúl Torres le compusiera al Comandante.

El homenaje de la ciudad de los parques a su hijo, era esperado por todos y los habitantes lo comprendían, por ello hicieron lo que mejor sabían: demostrarle su amor.

Todo estaba engalanado con flores y personas, incluso, aquellas que por su edad o dolencias, probablemente hace mucho, solo reciben visitas en casa, pero por ver a este holguinero se hicieron acompañar de una silla y una mano familiar que las levantara o les describiera lo que no alcanzaron a ver.

Por momentos la vía se estrechaba y se transformaba en un mar de banderas cubanas ondeando según el ritmo de la consigna o el llanto. En este instante, muchas madres explicaron a sus pequeños el motivo de su tristeza y la grandeza del hombre que añoraban. No hubo mejor momento para aprender.

DICIEMBRE 2

Entonces aparecieron palomas sobrevolando al cofre incinerario. Tal vez posarse bien cerca de él fue el último deseo de su dueño al soltarlas, para revivir aquella noche asombrosa del 8 de enero de 1959 en Columbia.

Tras la multitud, los niños corrieron para ver más de una vez al Comandante. Cuando se convencieron de no poder alcanzarlo, pusieron una mano sobre el corazón y sus voces complementaron las de su lado.

Similar actitud acompañó la caravana durante el paso por el municipio de Cauto Cristo, territorio por el cual ingresó a tierras granmenses a las seis y treinta y siete de la tarde, cuando ya todo era sombras.

Justo 60 años después de que desembarcaron los expedicionarios del yate
Granma por esta zona, llegó el cortejo fúnebre a la provincia cuna de la nacionalidad cubana. Y como en aquella oportunidad, con Fidel al frente. “Incluso, para nosotros es muy significativo que regrese también en la foto del ascenso a Comandante en Jefe en Altos de Mompié, aquí en nuestra serranía, la cual acompañó el homenaje”, comentó Sara Margarita Blanco Pérez, directora del departamento Ideológico del Comité Provincial del Partido.

La noche hizo que obreros, estudiantes, jóvenes, hombres, mujeres..., fuesen descubiertos por las luces de los autos de la caravana y las consignas que pronunciaban.

Acostumbrado a las jornadas estremecedoras, el pueblo de Bayamo colmó las calles, azoteas, balcones, paradas y escaleras. Una vez más, el territorio que protegió al líder de la Revolución en los días de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra lo recibía y sus habitantes lo honraban descubriendo la cabeza de sombreros y gorras y mostrando los carteles pintados en su rostro. “Porque seguiremos su legado para llevar adelante esta obra hermosa que heredamos de él, para que tengamos en Cuba una vida justa, con tranquilidad, soberanía, independencia”, manifestó Luis Montero Peña, trabajador civil de la defensa de la región militar.

Tras trece horas de viaje, el antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo asaltado por los revolucionarios que él comandó en 1953, hoy parque--museo Ñico López, acogió los restos del líder durante la tercera noche de traslado. Cuando los cargadores traspasaron la entrada, se escuchó el Himno del 26 de Julio: “Marchando vamos hacia un ideal…”.

Esta vez Fidel no concedió uno de sus característicos discursos, ni precisó los detalles para atacar alguna fortaleza militar. Su presencia se convirtió en fuente de inspiración para realizar una vigilia en la Plaza de la Patria, donde artistas locales y otros de reconocimiento nacional escogieron canciones y poemas para evocar a la Revolución y su guía. Como clausura, Raúl Torres y sus invitados cantaron Cabalgando con Fidel y detrás se escuchó el Himno de Bayamo, en la misma ciudad que lo vio nacer.

Después, los asistentes desfilaron por la céntrica avenida Felino Figueredo, hasta el parque-museo en peregrinación que se extendió hasta el amanecer.

DICIEMBRE 3

No se habían despejado todavía las brumas del amanecer cuando veintitrés jefes y oficiales de la provincia de Granma, con una espiga de nardo entre los dedos y lágrimas en las mejillas, despidieron las honras fúnebres del Comandante en Jefe.

Atrás, el antiguo cuartel; delante, movidos por el dolor y el compromiso, miles de granmenses, quienes para dar su adiós, colmaron las arterias por las cuales transitó el cortejo.

La multitud abarrotó las calles y le aguardó con palomas blancas en las manos y corazones rasgados en el pecho. En las mentes y consignas, la certeza de su luz, aclarando el proyecto social socialista que construye la nación.

Poco a poco las lomas de la zona oriental fueron haciéndose más visibles. Y los pueblos aumentaban o disminuían en tamaño, pero el sentimiento y la angustia eran iguales a ambos lados de las repletas carreteras.

Al paso del armón, los padres cargaron a sus hijos y los levantaron como muestra de fidelidad y fe en el futuro legado por el Comandante, que aparecía en el rostro de los pequeños convertido en una frase o grado militar.

Santiago de Cuba recibió la caravana con brazaletes rojinegros hasta hacerlos constantes. La Ciudad Héroe convocó y las aceras se quedaron estrechas, entonces se buscaron mejores vistas en espacios elevados.

Durante varias horas, jinetes, campesinos, estudiantes, madres, abuelas, militares, obreros…, nos acompañaron por zonas rurales y urbanas, imponiendo emotivas iniciativas salidas de manos pequeñas o temblorosas o adiestradas, pero realizadas con emoción, a partir de vivencias personales o colectivas y con la ayuda de los jardines.

La agitación contagió hasta al tiempo, al transformar nubes grises en sol radiante y calor intenso, los que se incrementaron al entrar en la cabecera provincial a inicios de la tarde.

Al paso del cortejo fúnebre, Luis Félix Ríos Serrano, jefe de agrupación de la unidad provincial de patrullas en La Habana, le angustió ver a hombres y mujeres que lloraban desconsoladamente con una mano en la cara y la otra bien alta, agitando su bandera cubana. También apreció cómo se aplaudió y aclamó con entrañable afecto: ¡Viva Fidel!, ¡Yo soy Fidel!, u ¡Oriente te ama! A veces las voces se cortaron y otras se escucharon seguras, eso sí, siempre acompañadas.

Quienes observamos de lejos vimos cómo en la medida que nos adentrábamos en la gloriosa urbe, el cristal que protegía la urna se empañaba, tal vez por el calor exterior o por el regocijo que se sentía en su interior.

Durante el recorrido rebasamos elevaciones con pendientes verticales, cerradas curvas o interminables avenidas, como en muchas otras ocasiones lo había realizado el Comandante.

Según expresó el primer teniente Franklin Rodríguez Pérez, miembro de una unidad provincial de tránsito de esta zona: “Santiago se estremeció a causa de la presencia del líder histórico de la Revolución Cubana”, sobre todo sabiéndolo junto al Titán de Bronce y resguardado por los machetes mambises en la Plaza Mayor General Antonio Maceo y Grajales, donde esa noche un mar de pueblo lo arrulló en masivo acto de despedida.

DICIEMBRE 4
A las seis de la mañana, una multitud rodeaba la Plaza de la Revolución Mayor General Antonio Maceo y Grajales, sin embargo, se mantuvo por un buen tiempo en silencio, roto solo por un grito que sonó imperturbable: ¡Viva Fidel! A partir de entonces no pararon las consignas.

La jornada del noveno y último día del duelo comenzó más temprano que de costumbre. En esta ocasión, cargadores y ayudantes vestían de ceremonia, aunque, por supuesto, mantenían el brazalete negro.

El desplazamiento por la avenida Patria no fue largo en distancia, pero sí en sentimientos. Así lo evidenciaron las voces que intentaban mostrarle al líder que su legado estaba a salvo.

Todo Santiago presente. La ciudad enorme se desplegó en unos pocos kilómetros y retumbaba cada vez que se decía Fidel.

Con una marcha sostenida de veinte kilómetros por hora nos acercamos al camposanto. Allí estaban preparadas las condiciones para realizar una ceremonia íntima en la cual pensaba toda Cuba. Tras el cordón de seguridad se acumularon muchos de los santiagueros que marcharon detrás, pues no se contentaron solo con verlo pasar.

Mientras nos emplazamos por un barrio cercano, los ecos de Santa Ifigenia nos entregaron silencios, compases musicales, órdenes, y explosiones de salvas artilleras.

No era muy difícil imaginar lo que sucedía, por ello ningún vecino se mantuvo en casa. Juntos seguimos la ceremonia a través de los sonidos que horas después tuvieron imágenes. Lágrimas y abrazos aumentaron al apagarse el ronroneo de los vehículos y nos descubrimos siguiendo el recorrido de la urna de cedro entre las manos de sus familiares hasta entregarla a Raúl mientras escuchábamos una melodía nueva que interpretaba la Banda de Música del Estado Mayor General de las FAR, divisada anteriormente.

Compartimos entonces el dolor de ese hermano, quien una vez más juraba fidelidad. Imaginamos incluso la manera en que se aferraba a la familiar madera que guardaba a su mejor amigo, así como el vuelco del corazón al depositarlo para siempre en Santiago.

Sospechamos que no fuimos los únicos a quienes las notas del Himno de Bayamo descubrieron sollozando, mientras las veintiuna salvas de artillería homenajeaban a uno de los mejores hijos de esta tierra. Ahí supimos cuánto añoramos y extrañamos su presencia; mas prometimos aceptar, no sin resistirnos, la idea de que ya no estaba físicamente.

Sin embargo, cuando de regreso examinamos la piedra sobre la cual aprobó ser guardado, tuvimos la esperanza de lo imposible —en eso que él es avezado—, al convertirse en todos.