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A su regreso a La Habana, Fidel (en el centro) departió ampliamente con los dos equipos ganadores del evento en tierras californianas. Foto: Ricardo López Sánchez
A su regreso a La Habana, Fidel (en el centro) departió ampliamente con los dos equipos ganadores del evento en tierras californianas. Foto: Ricardo López Sánchez

Fecha: 

20/11/2018

Fuente: 

Periódico Granma

A su regreso a La Habana, Fidel (en el centro) departió ampliamente con los dos equipos ganadores del evento en tierras californianas. Foto: Ricardo López Sánchez
 
El montaje de eventos como la Olimpiada Mundial de Ajedrez en 1966, siete años más tarde el éxito del Mundial de Pesas y el de Boxeo en 1974, todos en La Habana, situaban a Cuba en el mapa de las naciones con las que el Comité Olímpico Internacional podía contar para organizar citas de alto nivel.
 
Después vendrían los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en 1982, precedentes a los Panamericanos de 1991. El segundo de ellos fue fiel muestra de la ética de la Revolución, al mantenerse Cuba como sede del clásico en medio de los años difíciles del periodo especial. En cada uno de esos certámenes, y muchos más que les sucedieron, la impronta de Fidel ponía un sello de gallardía, firmeza y compromiso.
 
En el amplio espectro de las competencias deportivas surgían citas de diversa envergadura, por lo que no solo resultaba lidiar en casa, sino dirimir escaños en tierras extrañas ante rivales que en muchas ocasiones disponían de los equipamientos más avanzados.
 
Entre esos compromisos extrafronteras, agosto de 1975 ponía a los voleibolistas de la Isla ante una situación sui géneris: los dos elencos, femenino y masculino, debían trasladarse hasta la ciudad estadounidense de Los Ángeles, California, para lidiar en los Campeonatos de Norte, Centroamérica y el Caribe (Norceca). La delegación llevaba en sí un compromiso ineludible en realizar un decoroso papel, por cuanto era la primera delegación deportiva cubana que entraba en territorio de Estados Unidos después de los Juegos Panamericanos de Chicago 1959.
 
FIDEL ANTES Y DESPUÉS DEL EVENTO
 
Mientras las dos selecciones del patio perfilaban su entrenamiento, pocos días antes de la partida, el propio Fidel departió con los muchachos (hembras y varones) y les hizo hincapié en algo esencial, un aspecto más importante que las posibles medallas en disputa.
 
«Compitan expresándoles el mayor respeto a los demás equipos y al pueblo norteamericano que acudirá a la competencia. Mantengan en todo momento la ética aprendida con la Revolución», fue la exhortación del máximo líder, quien también afirmó que nuestros equipos viajarían bien preparados en lo físico, síquico y material.
 
La Universidad Estatal en Irvine, California, fue el recinto donde se albergaron todos los planteles concursantes, cuyas noches se animaban con reuniones de deportistas en sus áreas verdes entorno donde, más allá de credos y colores de la piel, se abrió paso la confraternidad, esa a la que es imposible bloquear.
 
Una a una llegaron las victorias de los dos conjuntos antillanos, sobre un tabloncillo cuyos bordes quedaban bien cercanos, casi a la mano para los aficionados, muchos de ellos cubanos residentes en Estados Unidos insistentes en que nosotros les trasladáramos mensajes y cartas a los familiares aquí en la Isla. Recordemos que por aquel entonces todavía no existían las llamadas visitas de la   comunidad.
 
Al regreso triunfante, con las preseas doradas de las mujeres y los hombres, Fidel y Raúl acudieron a recibirlos en el aeropuerto José Martí, donde en uno de sus salones, rodeados por los deportistas, el entonces Primer Ministro dialogó largo rato.
 
Cercano al Comandante en Jefe comprobé por sus diálogos cómo a casi una por una de las voleibolistas les hizo acotaciones sobre el desarrollo de los partidos y de la competencia en general. Habló sobre criterios técnicos de dirección, en tanto dejó para su análisis algunas sugerencias que podrían contribuir al crecimiento de los equipos.
 
No se equivocaba Fidel, aquellas jovencitas que comenzaron tiempo atrás perdiendo todos sus desafíos ante las japonesas, conocidas en los años 60 del siglo pasado como las Niñas Magas del Oriente, a partir de ese Norceca de Los Ángeles 1975 iniciaron una carrera meteórica hacia planos estelares en el voleibol. Tres años después ganaban el oro en el Campeonato Mundial de la antigua Unión Soviética.
 
La impronta de Fidel los acompañó siempre. Conocida fue su especial admiración por Mireya Luis, quien tras debutar en el elenco durante los Juegos Panamericanos de Caracas 1983, se mantuvo por más de 15 años como capitana del plantel.
 
Cercanos a los dos años de la desaparición física del Comandante en Jefe Fidel Castro, evocarlo desde su amor al deporte es mantenerlo vivo entre nosotros.