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Hermano de hombres

Fidel Castro
Fidel Castro

Fecha: 

03/12/2016

Fuente: 

Periódico Granma

«El día en que ustedes se sientan solos, el día en que ya yo no esté entre ustedes, solo les pido una cosa, sean Comandantes de ustedes mismos», profetizaba Fidel, que una vez más se adelantó al futuro, escudriñó, y volvió a contarnos. Sa­bía, sabe, de cuántos Coman­dantes lo acompañan. Lúcido profeta de la Patria, la mejor a tus tantas preguntas son las vivencias que se narran.
 
Para compartir ese mundo de historias diluidas en la cotidianidad y en la oralidad del pueblo, Granma dispuso el correo electrónico tuhistoria@granma.cu, y la plataforma de comentarios en su página web.
 
A continuación les dejamos algunas de ellas.
 
Tomás Pinilla Serrano
 
Un día de junio de 1961, junto a un campesino de la familia que es­taba alfabetizando, me dirigía des­de Pinalón hasta Pino del Agua, en las estribaciones de la Sierra Maes­tra. Eran varias horas de camino. Casi a mitad del trayecto, sentimos el ruido impresionante sobre nuestras cabezas de un helicóptero que rompía el silencio de la Sierra.
 
Al llegar a nuestro destino, en el firme de la Loma del Rajao, todo el personal se aglomeraba en una casa de tablas y techo de zinc.
 
La rodeamos, pero… ¡Ni modo! No había resquicio que dejara en­trever lo que sucedía dentro; ni por la puerta, ni por las ventanas. Un verdadero gentío «rodeaba» to­dos los accesos.
 
Preguntamos tímidamente y la respuesta fue:
 
—«¡Siooó…! Fidel está hablando y no dejan oír…».
 
De pronto, la barrera de la puerta se abrió. Pensé que Fidel saldría, pero no lo hizo…, y me di cuenta que todos los espectadores tenían sus ojos clavados en mí. «¡Coñoó! ¡Qué angustia! ¿Qué habría he­cho?», fue lo que atiné a pensar.
 
En segundos sentí que varias vo­ces repetían:
 
—«¡Aquí hay uno, Coman­dan­te! ¡Aquí hay uno, Comandante!»— al propio tiempo en que, gentilmente, me hacían pasar, ofreciéndome ahora un privilegiado asiento de espectador (eso creía yo) al lado de Fidel.
 
Resultó que estaba hablando so­bre la Campaña de Alfabe­tiza­ción y había preguntado si allí había algún brigadista.
 
Me senté en un banco rústico, a su lado. Fidel se me antojó como un molino de viento, por lo grande y corpulento, y por la gesticulación constante de sus brazos. En medio de mi nerviosismo, me di cuenta de que estaba siendo sometido a un interrogatorio inesperado: «¿De dón­de eres? ¿Dónde estás ubicado? ¿Qué tiempo llevas allí? ¿Cuántos al­fa­be­tizadores hay en la zona? ¿Cuán­tos campesinos hay en la casa? ¿Ya al­guno sabe leer y escribir?».
 
Y así, un sinfín de preguntas que remató con la recomendación de la humildad y de ayudar en todo lo posible a los campesinos, además de afirmar algo que pude comprobar mucho después: no solamente aprenderían los campesinos, ellos tenían mucho que enseñarnos a nosotros.
 
Luego de expresar su firme convicción de que en unos meses se erradicaría el analfabetismo, se le­vantó y, poniéndome su brazote de­recho sobre los hombros, me dijo: «¡Vamos a ver un desfile que van a hacer estos muchachos!».
 
Pude contemplar, al lado de Fidel, varios pelotones de Jóvenes Re­beldes que marchaban, algunos con toda la ropa mojada, otros sin botas o con algo en los pies que, haciendo un esfuerzo, las recordaban.
 
Al terminar el «desfile», comenzó un diálogo entre los campesinos allí congregados y el máximo líder de la Revolución.
 
Terminada la animada conversación, Fidel se despidió.
 
Me estrechó la mano deseándome suerte y se encaminó al helicóptero.
 
Lo narrado hasta aquí ha quedado grabado de tal forma en mí que, ahora, 55 años después, me parece estarlo viviendo nuevamente.
 
Sin duda se debe al privilegio de haber podido compartir con Fidel en ese escenario y porque ese día, 10 de junio de 1961, yo cumplía 13 años.
 
Gioia Minuti, La Habana
 
Tuve el honor de hablar con él cuatro veces.
 
Cuba me ha traído una gran fortuna bajo muchos aspectos. No solo he encontrado ese mundo que buscaba, la Revolución soñada, un partido que guía, amigos sinceros y un compañero que divide conmigo cada cosa desde hace 24 años…, además he tenido la inmensa fortuna y el honor de conocer personalmente al Comandante pocos días después de mi llegada, en 1992.
 
Vine como corresponsal de Paese Sera, un periódico italiano, y estaba el Festival de Cine. En aquella época los «tránsitos» como yo, que todavía no estaba acreditada permanentemente, eran invitados con los personajes del cine a una fiesta en el Palacio de la Revolución. Estaba con el cineasta argentino Fernando Birri y llegó Fidel, su amigo de muchos años. Me dio la mano. Le dije que era italiana..., y la multitud se lo robó. La emoción fue muy grande.
 
Después en Santiago, donde ha­bíamos ido para las elecciones —Fi­del votaba allí— me encontré a su lado en El Cobre. Me preguntó si le quería preguntar cualquier cosa y le dije que sería maravilloso si visitara Italia, que él llevara su mensaje revolucionario allá. Me sonrío y respondió: «Es que me deben invitar»…, y poco después la multitud se lo robó.
 
Otra vez, en una Feria del Libro, que en aquel tiempo se realizaba en Pabexpo. Él llegó y me metí en la fila. Aquel día presentaban el libro sobre la Reconcentración de Wey­ler. Y el Comandante, con ab­soluta exactitud en las fechas, en las explicaciones sobre la situación cubana de aquellos tiempos, del dominio español, con referencias a los campos de concentración en Alemania, nos ofreció una lección magistral.
 
Después, hablando con los presentes habló de la ciudad cabecera de Pinar del Río, y yo le pregunté si conocía la «historia–leyenda» de la fundación de esta ciudad, realizada en el 1600 por parte de marineros italianos.
 
Me respondió que no la conocía, le hablé un poco y le prometí el libro, escrito por un historiador mantuano. Se lo llevé a la oficina donde se podían dejar mensajes, cartas y regalos.
 
Pero mi suerte no terminaba to­davía.
 
Un día me llamaron del Centro de Prensa Internacional y me dijeron que debía estar lista. Me llevaron al Palacio de la Revolución, y nos encontramos ocho periodistas invitados para hablar con Fidel.
 
Nos quedamos con él hasta las cuatro de la mañana del día después.
 
Escuchó nuestras preguntas, fue muy amable y nos dio una lección de política, de historia y de ética increíble.
 
Yo le pregunté sobre la necesidad de la integración latinoamericana y me respondió por más de dos horas. Era una enciclopedia humana.
 
Volví a escuchar su respuesta en la televisión, que se transmitió en los días sucesivos. Se podía escribir un libro con lo que dijo y enseñó en aquella larga noche.
 
Nos faltarán sus enseñanzas, sus previsiones y su capacidad de análisis. Debemos atesorar todo aque­llo que es su legado, estudiarlo, hacerlo nuestro, aplicar sus prin­cipios en nues­tra vida cada día y honrarlo para siempre.
 
La cosa más extraordinaria es que un líder como él, un jefe de gobierno, un estadista tan grande, un intelectual tan famoso internacionalmente, me escuchara y hablara conmigo, una simple periodista de izquierda, ni siquiera de una gran agencia, con tanta amabilidad y gentileza y también con tanto interés.
 
Ana Victoria Nápoles Villa. Es­pecialista de calidad de UEB Ma­yorista de Medicamentos Hol­guín, Emcomed, OSDE BioCuba­Farma
 
Soy una cubana que lo ama y que lo llora, no porque haya partido, sino por la emoción de sentirlo tan cerca. A finales de diciembre del año 1993 fui seleccionada la joven más destacada de la provincia de Holguín, por lo que participé, representando a mi territorio, en la co­lumna juvenil «Con Cuba para to­dos los tiempos».
 
Esta Columna estuvo representada por 35 jóvenes en saludo al 35 aniversario de la Revolución Cubana, fecha que celebramos en Santiago el 1ro. de enero de 1994 al bajar de la Sierra, pues hicimos el mismo recorrido de la columna de los rebeldes cuando triunfó la Revolución. Esa fue una experiencia maravillosa don­­de nos hermanamos todos los jóvenes y los invitados de la caravana (una representación de pioneros, campesinos, obreros, deportistas, di­rigentes del Buró Nacional de la Juventud, entre otros), pues como expresara Martí: «Subir montañas hermana hombres».
 
Ese 1ro. de enero, los 35 jóvenes fuimos invitados a un encuentro con Fidel, posterior a que terminara su discurso. Recuerdo que llegamos a la sala del encuentro y todo estaba listo. El Comandante llegó con la puntualidad que lo caracterizaba; me im­presionó mucho su presencia, por el amor y el cariño que irradiaba en su mirada hacia lo que representábamos, es decir una parte de su pueblo. Nos hizo algunas historias de la Sierra y con la gracia y la sabiduría que solo es propia de él, nos regañaba como se regaña a un hijo, pues nos puntualizó las pequeñas cosas que no hicimos en la trayectoria, y que debíamos hacerla como se recogía en la historia.
 
Algo que me conmovió fue ver que tenía toda la información de cada tramo, muy preocupado por la afectación que tuve en el pie iz­quierdo. Él conocía los detalles del accidente y sabía que a pesar de la afectación quise continuar en la caravana hasta el final. Con risas y con cariño me dijo: «Esa es la voluntad de un revolucionario».
 
Algo muy bonito fue ver cómo sacó de su preciado tiempo, un es­pacio para estudiarse la biografía de cada joven presente allí, y nos dio sus apreciaciones, nos hizo muchas interrogantes y como siempre nos exhortó a continuar con el trabajo que nos había llevado a estar ese día en la columna juvenil. Finalizamos con la ansiada foto, en la cual yo estaba a su lado con su mano bien apretada, como muestra de amor a su pueblo...
 
Luis Serrano Terry
 
«Digan que brotó una rosa»
 
 
 
Algo me impulsa a escribir
 
y palabras no consigo;
 
dicen que ha muerto un amigo...
 
«Mi padre», querrán decir.
 
No me hablen de morir,
 
nadie murió, menos él;
 
esa palabra es muy cruel,
 
además de dolorosa;
 
digan que brotó una rosa
 
en las manos de Fidel.
 
Amalia Domínguez Lorenzo, San­tiago de Cuba
 
Fidel. Te llamé así porque eres el amigo confiable que he tenido siem­pre, así, Fidel, sencilla y llanamente como siempre has sido para mi familia. Te debo estas líneas porque siempre tu figura me dejó sin palabras, tan inmenso para mis ojos y mi corazón. Desde niña, mi mamá con solo tercer grado nos leía La Edad de Oro, un libro que guardaba entre las sábanas limpias del armario, algo que atesoraba, y nos enseñó que había que ser honrado, honesto, solidario, porque el pobre solo tenía su vergüenza ante aquella sociedad capitalista.
 
Frente a la casa, en San José de las Lajas, hoy provincia de Maya­beque, visitaba el asesino Ventura Nouvo, y nosotros jugábamos en el portal de la casa y hacíamos bulla y algarabía porque adentro se escuchaba Radio Rebelde y se tapaba el radio con una caja de huevos y se simulaba un juego de dominó.
 
Después vino el triunfo. Gran­des caravanas de Barbudos. Uno de ellos vio a una niña que no ha­bía tenido juguetes, mirando en una vidriera y le preguntó «¿te gus­ta esa muñequita?» y sin esperar respuesta, con las pocas monedas que traía en los bolsillos, le regaló la muñeca. Esa niña era yo. En­tonces me di cuenta que eran personas que miraban limpio, de frente, y que estaban con los pobres de la tierra, como el libro de Martí que leía mi mamá, y desde entonces supe que ese era mi camino y me uní a la Revolución.
 
Era el momento histórico que me tocó vivir, alfabeticé, me hice miliciana, me preparé para ir a Gi­rón, la he defendido desde todas las trincheras y he sido fiel guardiana de la libertad de mi tierra, de su so­beranía y de la seguridad de sus máximos dirigentes. Cuidé y cui­do a quien siempre me protegió y me lo dio todo, mi Revolución Cu­bana.
 
Aprendí que ser cubano es tener orgullo por su tierra, orgullo por su historia, orgullo de la Patria y de los hombres que como tú lo dieron to­do por ella. Gracias Fidel, por todo lo que nos legaste, gracias por ha­cerme sentir más orgullosa que nun­ca, gracias por tu espíritu incansable, por tu ejemplo imperecedero, por la confianza y valentía que nos inculcaste. Te has ido físicamente, pero por siempre te quedas en no­so­tros, en cada cubano que compartió tu trinchera, en la que siempre estuviste de primero buscando la «cuo­ta» que te tocaba. Te quedas con nosotros, con los viejos, con los hombres y mujeres de esta tierra, con los jóvenes, con los niños, que siempre estaremos con la guardia en alto, llevando con nosotros el concepto de Revolución, como mis­mo desde niños se lleva La Edad de Oro. ¡Hasta la Victoria Siempre mi Fidel!
 
Orlando Juan Pando
 
Corría alrededor del año 64 o 65 y regresamos de una campaña de pesca en la zona de Yucatán en México, en los barcos lambda, que utilizábamos para la pesca de la especie conocida por cherna, y las capturas las descargábamos en el espigón 1 del muelle de Paula, don­de radicaba nuestra flota.
 
Es bueno destacar que esta em­presa pesquera y estos barcos fueron construidos a iniciativa del querido Comandante para mejorar la alimentación del pueblo y las condiciones de nuestro trabajo.
 
Estábamos descargando las capturas cuando se aparece el Coman­dante con un grupo de compañeros del gobierno, entre los que se encontraba el fallecido José Llanusa.
 
Recuerdo que el Comandante co­menzó a preguntarnos por las condiciones de vida en los barcos y el trabajo de la pesca, tan lejos de nuestras familias (en aquel entonces yo tenía 17 o 18 años). Casi todos jóvenes tripulantes, le ofrecimos que llevara un presente de nuestra pesquería, ya que si no hubiera sido por la Revolución y por su iniciativa, no pudiéramos haber traído esa pesquería. Des­pués de mucho insistir, aceptó dos chernas, no sin insistir que las pesáramos y las cobráramos al precio establecido que nos pagaban a nosotros.
 
Al decirle el precio después del pesaje, que era alrededor de 18 pe­sos, Fidel dijo: «que sean 20 pe­sos», y al buscar en sus bolsillos de­lante de nosotros y darse cuenta de que no tenía dinero, se viró para Lla­nusa que estaba a su lado y le dijo Lla­nusa: «si tú tienes dinero necesito que me prestes 20 pesos para pagar estas chernas, porque yo no me voy sin pagar a estos compañeros».
 
Esta historia demuestra la sensibilidad y honradez de nuestro Co­mandante.
 
Irina Rodríguez Toledano, Man­zanillo, Granma
 
He compartido con mi hijo Ro­berto Carlos, de nueve años, su participación en el matutino especial que dedicaran los pioneros de su grupo al invicto Comandante en Je­fe. Anoche, junto a mi sobrina Diana, estudiante de preuniversitario, me pidió que la ayudara a terminar de prepararse, y a la vez le conté una historia que quiero compartir también con ustedes sobre un día muy especial en mi vida.
 
El 14 de junio del 2003, el Co­mandante entró al teatro Karl Marx y fue directo a donde yo estaba, y me preguntó de dónde era aquel grupo de jóvenes que no llevaba uniforme en medio de una multitud de estudiantes que, aquella noche, estaba homenajeando al Che y a Antonio Maceo.
 
Su presencia frente a mí y aquella pregunta que no esperaba me dejaron inexplicablemente sin palabras; él, al darse cuenta de la impresión que me había causado, con mucho cariño me tocó el pelo y me dio un beso.
 
El joven que estaba sentado al lado mío inmediatamente al ver que me había quedado sin palabras, le dijo que éramos estudiantes de la Escuela Nacional de Cuadros de la UJC. Ese momento jamás lo olvidaré, ya estaba acostumbrada a verlo entrar y salir del teatro porque siempre me sentaba en el mismo lugar, frente a la entrada y salida del Comandante eterno en aquel lado. Pero ese fue un momento diferente, y yo solo atiné a mirarlo como se mira a los grandes de la Patria, con un amor infinito, y quedar muda ante su majestuosa presencia. No todos comprenden ni reaccionan igual, eso lo sé, y por eso algunos de mis compañeros me criticaron porque no lo invité a nuestra graduación que sería el 18 de junio, es decir cuatro días después.
 
Entonces, a alguien se le ocurrió que las mujeres lo llamáramos cuando se terminara el acto para hacerle la invitación. Y así fue. Todas coreábamos: «Comandante un minuto, por favor, dénos un minuto, Coman­dante», él nos miró, se detuvo, miró a los lados y dijo: «Oigan, cuando las mujeres llaman hay que hacerles caso», esa fue la más grande muestra de respeto a la mujer, que viví frente a él.
 
A eso le sucedieron momentos de abrazos y besos, estrechones de mano, todos los de la escuela buscaron la manera de respetuosamente acercársele para saludarlo, y él mostró una alegría infinita. Luego conversó con el grupo y solo quería escuchar a las atrevidas mujeres que lo habíamos llamado.
 
El director de la escuela le explicó de forma general cómo eran los cursos allí y respondió preguntas que el Comandante le hacía; entonces, para terminar aquel inesperado encuentro por fin lo invitamos a nuestra graduación. Él, jocosamente, nos dijo que a las nueve de la mañana ya era muy tarde para un acto porque comenzaba a trabajar muy temprano, pero que nos haría un regalo. El día 17 de junio nos llevaron a un encuentro con él, estuvimos desde el atardecer hasta bien entrada la noche intercambiando con el Comandante. Lo primero que hizo al llegar al salón donde estábamos fue cerciorarse de que las mujeres fuéramos las primeras en las filas porque aquello había que agradecérnoslo a nosotras. Eran los tiempos en que se preparaban en Cuba a los trabajadores sociales venezolanos, y nos habló mucho sobre eso, sobre internacionalismo y solidaridad entre los pueblos.
 
El intercambio fue largo, pero nunca olvidaré cómo desde aquellos momentos quería preparar a la juventud cubana para su ausencia física cuando nos dijo: «El día en que ustedes se sientan solos, el día en que ya yo no esté entre ustedes, solo les pido una cosa, sean Co­man­­dantes de ustedes mismos».
 
Como regalo de graduación, Fidel se tiró una foto con todos los estudiantes y nos la hizo llegar unos días después. Esa es la grandeza de nuestro Fidel, del Fidel del pueblo cubano, de los pueblos latinoamericanos y del resto del mundo. Por eso es y será siempre nuestro querido Coman­dante en Jefe, y toda la juventud cubana y los pioneros guiados por su ejemplo imperecedero seguirán diciendo junto al pueblo: «Yo soy Fidel».