Artículos

¿Qué había detrás de las luces de neón de la Cuba de los 50?

El desamparo y la pobreza de la mayoría del campesinado cubano fueron de los problemas crónicos que la Revolución encontró y debió transformar. Foto: ALBERTO KORDA
El desamparo y la pobreza de la mayoría del campesinado cubano fueron de los problemas crónicos que la Revolución encontró y debió transformar. Foto: ALBERTO KORDA

Fecha: 

20/05/2021

Fuente: 

Periódico Granma

Autor: 

Siempre que los medios de comunicación al servicio del Gobierno de Estados Unidos, la prensa corporativa o la red de sitios digitales contrarrevolucionarios se refieren a la Cuba antes de 1959, la pintan como se dibuja un lienzo de un país que nunca fue.
 
Lo hacen como foto de revista, como se hace un spot publicitario, y como lo que nos venden desespera por volver a esa «época dorada», deberá arrastrarlo todo en su retroceso, barrer uno por uno los pasos que dio la Revolución por la dignidad del pueblo, hasta retornar nuestros campos y ciudades al punto exacto de la realidad social superada por el triunfo rebelde de 1959.
 
¿Qué había detrás de las luces de neón de la Cuba de los 50? Detrás de la escenografía comercial corría la sangre de los crímenes de la dictadura batistiana, de las instituciones que sirvieron de modelo para la represión en América Latina, como el Buró para la Represión de las Actividades Comunistas (BRAC), el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), el Servicio de Inteligencia Naval (SIN), la Policía Marítima, el Buró de Investigaciones y la Policía Nacional, verdaderas academias de tortura y muerte.
 
La Habana era un paraíso, sí, pero para las mafias del juego, del alcohol, de las drogas y de la prostitución, un reino de impunidad que crecía como «ciudad del pecado», en paralelo a Las Vegas, con grandes ventajas sobre la perla de Nevada.
 
Lo que pasaba en La Habana se quedaba en La Habana. No había lugar concurrido que no contara aquí con un expendio de drogas, una mesa de juego, un apuntador y prostitutas disponibles.
 
Con dinero del país se construyeron los deslumbrantes hoteles y casinos cuyas ganancias salían diariamente rumbo a Estados Unidos. Era un «bisnes» redondo gracias a Batista, el hombre fuerte que amparaba toda fórmula de esquilmar al pueblo, a fin de financiar un negocio sucio que no le reportaba ninguna utilidad.
 
De las grandes obras públicas que hoy son base de la propaganda contra Cuba, como muestra del éxito de aquella república burguesa, muchas fueron acciones de corrupción. El dinero lo ponía el Estado a empresas de propiedad de los personeros del régimen, que recibían millones de pesos por proyectos que costaban miles.
 
Batista cosechaba el 35 % de todas las «transacciones», de absolutamente todas las ganancias espurias de la corrupción.
 
LA TACITA DE ORO
 
En aquella Cuba «maravillosa» miles de personas ocupaban puestos en los ministerios y cobraban sin trabajar; era la famosa botella instituida en la república, cargos que se entregaban como pago a favores, como compromisos politiqueros, etc.
 
Mientras la capital se llenaba de casinos y hoteles de ensueño, catedrales del engaño y de la trampa, la otra cara de la ciudad mostraba una pobreza extrema dolorosa.
 
Cientos de villas miserias se levantaban. Las Yaguas, la Cueva del Humo y tantas otras ciudadelas de indigencia crecían a la sombra de las nuevas suntuosas construcciones.
 
En el barrio de Las Yaguas, según puede observarse en la revista Bohemia, malvivían miles de familias en condiciones infrahumanas, bajo armazones de yaguas de palma, usadas por la industria para envolver hojas de tabaco, y recicladas como paredes y techos una vez desechadas en las fábricas.
 
Muchachas campesinas, traídas bajo engaño a la capital, eran explotadas en el famoso cinturón de prostitución que daba servicio a hoteles, casinos y cabaret.
 
El paraíso insular lo era de Meyer Lansky, Santo Trafficante, Amleto Battisti Lora, Joe Stassi, Amadeo Barletta y Fulgencio Batista; cinco capos, un presidente, todos una misma mafia.
 
El siciliano Santo Trafficante, segundo jefe del llamado Imperio de La Habana, cabeza visible en los negocios de la mafia estadounidense en Cuba, con su cuartel general en el cabaret Sans Souci, era, desde la década de los años 30, el encargado de traer la cocaína desde Medellín, en Colombia, y la heroína desde Marsella.
 
Para estas operaciones, fundaron en Cuba compañías aéreas que operaban a través de los aeropuertos militares, con equipos y técnicos de la fuerza aérea cubana, protegidos por el ejército y la policía nacional. La Habana era, además, el centro más importante de lavado de dinero de las Américas.
 
UN PAÍS «DESARROLLADO»
 
De la Cuba que hoy se ufana en presentar la contrarrevolución como «un país desarrollado», el censo de 1953 deja claro que el 68,5 % de los campesinos vivía en bohíos miserables de techo de guano y piso de tierra, el 85 % no tenía agua corriente y el 54 % carecía de servicio sanitario.
 
Solo un 11 % de las familias consumía leche, el 4 % carne y el 2 % huevos, el 44 % no sabía leer ni escribir, y, según el Consejo Nacional de Economía,
 
738 000 personas estaban desocupadas en 1958, de una población de poco más de 6 000 000 de habitantes.
 
Casi 3 000 000 de cubanos no tenían luz eléctrica, pues la infraestructura solo cubría el 56 % del país.
 
Al triunfar la Revolución existían 600 000 niños sin escuelas y 10 000 maestros sin trabajo. Un millón y medio de habitantes mayores de seis años no tenía aprobado ningún grado de escolaridad, apenas un 17 % de los jóvenes entre 15 y 19 años recibía algún tipo de educación y la población mayor de 15 años tenía un nivel educativo promedio inferior al tercer grado.
 
En las ciudades, una de cada cinco personas no sabía leer ni escribir; en el campo, de cada dos campesinos uno era analfabeto, y las pocas escuelas que existían estaban abandonadas.
 
Solo se explotaba el 20 % de la tierra cultivable mientras se importaba el 60 % de los alimentos desde ee. uu. Más de la mitad de las mejores tierras del país estaba en manos extranjeras, y las propiedades de la United Fruit Company y la West Indian unían la costa norte con la costa sur de la antigua provincia de Oriente.
 
LA VIVIENDA QUE ERA EJEMPLO PARA AMÉRICA LATINA
 
Según datos de Inter Press Service (ips), cuando la Revolución tomó el poder, «el sector de la vivienda estaba gravemente deteriorado, debido al enorme déficit habitacional, las notables diferencias entre el campo y la ciudad, la variabilidad de los materiales usados y la existencia de cordones de pobreza en las principales ciudades, sobre todo en La Habana». Un estudio de 1953, coordinado por la Oficina del Censo de Estados Unidos, concluyó que solo el 13 % de las casas podía considerarse buenas.
 
Dentro de la misma capital, por un lado había un ostentoso litoral con exclusivas urbanizaciones de la burguesía, lujosos edificios de apartamentos y fastuosas residencias y, por otro, enormes zonas de barrios indigentes.
 
En las condiciones de subdesarrollo económico que confrontaba Cuba, los recursos hidráulicos eran administrados precariamente. De los 300 asentamientos con más de mil habitantes, solo 114 contaban con suministro de agua por acueducto y 12 con alcantarillado.
 
Al iniciar 1959, funcionaban 16 instalaciones de cloración y, de cuatro plantas potabilizadoras en Camagüey, Santa Clara, Palma Soriano y Cienfuegos, dos tenían problemas por falta de productos químicos y una no funcionaba hacía tres años.
 
El alcantarillado de La Habana tenía casi 50 años de construido y resultaba insuficiente.
 
La única planta de depuración de aguas residuales, enclavada en Santa Clara, se encontraba abandonada, y los alcantarillados de Holguín, Guantánamo y Pinar del Río estaban en construcción desde hacía varios años.
 
En la nación solo existían 13 pequeños embalses distribuidos en Camagüey, Las Villas, Holguín y Santiago de Cuba.
 
Tal inventario de argumentos, por supuesto, no conviene al comercial restaurador de los que añoran la vuelta de los 50, y a los ingenuos que «se tragan» el engaño no dirán que la causa de todo era la condición de neocolonia yanqui, grave tenaza que sumía al país en los niveles más indignos del subdesarrollo, la dependencia y a merced de una satrapía de militares asesinos, funcionarios venales y mafiosos.
 
Tampoco dirán que la miserable realidad que padecía la Isla profunda fue lo que dio calor de pueblo a la insurgencia guerrillera que sacudió las montañas y levantó al país en una Revolución radical; esta misma de hoy, invicta, heroica, en permanente resistencia, y aspirante a una prosperidad que nos bloquean esos que la desean y la invocan, pero al costo de vender a la nación con todo y dignidad, como pasaba en sus nostálgicos 50.
 
 
 
Fuentes:
 
Censo de 1953. Oficina del Censo de los EE. UU.
 
IPS en Cuba
 
El Imperio de La Habana, Enrique Cirules.