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Verdades condenadas a muerte

Fecha: 

29/10/2000

Fuente: 

Juventud Rebelde

Autor: 

Aquí los motivos para la crónica te salen al paso incluso a bordo de un avión en el que caben muy pocos pasajeros y donde te puede tocar de compañero de viaje un joven alto y fornido, con cara de buena gente y vestido de uniforme con una inscripción en el bolsillo de la camisa: Guardia Nacional.  De repente, Ricardo Alexander Vega -el muchacho- de 22 años, nacido en Barinas y residente en Caracas, demuestra ser un tipo muy extrovertido y preguntón. De los preguntones buenos, que quieren saber de todo y más de cada cosa, que no se conforman con lo que leen en los libros o le dicen los padres, los amigos y los maestros.  

Tan buen preguntón es, que si no fuera porque se le ve en los ojos el deseo sincero de encontrar la verdad, uno lo agarraría por el cuello y lo tiraría del avión por una razón: todo lo que quiere saber es de Cuba y lo que no sabe es tanto, que uno no entiende cómo puede alguien no saber a tal extremo.  ¿Hasta qué hora puede estar uno en la calle allá? Explicación "que tú conoces", como diríamos en La Habana.

¿Es verdad que en Cuba todos los profesionales tienen que ir obligados a cortar caña?, ...que la gente es muy pobre?, ...que al principio de la Revolución fusilaron a mucha gente? Explicación que cualquier pionero podría darle fácil, sin esfuerzo alguno, para saciarle su sed bien intencionada de saber.  Del agua, si hay mucha o si hay poca, si es buena y si se obtiene de tratar la del mar (porque supone que no hay ríos); de los cubanos que se van en balsa y por qué se van; de si hay o no vídeocaseteras; de las playas, si es cierto que son muy bonitas; de la medicina y de los médicos (le sorprende mucho saber que la atención es gratuita); de cuántos grados tiene la enseñanza...

De no se sabe cuánto más si el viaje no llega a su fin.  Las respuestas se las vamos dando los tres cubanos que vamos más cerca de sus preguntas, entre mirada y mirada hacia la naturaleza impresionante, hermosa, rica, de este país vasto que resbala por la barriga del avión cortando el aire de un cielo tranquilo.  Un país que se parece mucho al nuestro, en el que uno se siente bien hasta que en algún momento irremediable se da cuenta de que un niño puede no tener para pagar el precio mínimo de entrada al Museo del Niño, una original instalación que les permite a los más pequeños aprender jugando y jugar aprendiendo.

Unos 2 500 bolívares cuesta la entrada (poco más de tres dólares).  Una geografía natural y humana que bien pudiera ser el reino de este mundo si la herencia de años de entronización de la desigualdad en medio de tanta riqueza no fuese un lastre que la gente que la padece espera comience a resolverse con el Comandante Chávez y su proclamada revolución bolivariana.  Alexander, el de las preguntas, es de esa gente que ha nacido y crecido oyendo horrores de Cuba, con su afán de saber contaminado por la mentira de los medios que practican la "libertad de prensa", consustancial al "mejor" estilo de la "democracia".