Discursos e Intervenciones

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO RUZ RESUMIENDO EL ACTO DE CONMEMORACION DEL V ANIVERSARIO DE LA VICTORIA EN PLAYA GIRON, EFECTUADO EN EL TEATRO “CHAPLIN”, EL 19 DE ABRIL DE 1966

Fecha: 

19/04/1966
Compañeros del Comité Central;

Familiares de los héroes de Girón;

Compañeros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias;

Compañeras y compañeros:



Hoy se cumple un aniversario más, el V aniversario; y, como es deber de todos nosotros, en esta fecha recordamos en primer lugar el sacrificio de los que hicieron posible aquella victoria; recordamos los enemigos que nos impusieron aquella batalla, y recordamos la victoria. Recordamos, además, que ese no fue sino un episodio más en un camino largo; no fue la primera, y tal vez tampoco la última. Un camino largo, que comenzó mucho antes, que comenzó en 1953, que continuó en 1956, que prosiguió en cada una de las luchas y de los sacrificios de estos años, lo mismo cuando decenas de obreros y de soldados caían víctimas del cobarde y criminal sabotaje de “La Coubre”, que cuando hombres nuestros daban la vida combatiendo contra las bandas mercenarios organizadas por el imperialismo; como cuando jóvenes de 15 y 16 años, alfabetizadores, maestros y obreros, eran vilmente asesinados cuando cumplían la tarea de enseñar; como cuando sorpresivamente en la mañana del 17 de abril, hace cinco años, comenzaron a aparecer aviones con las insignias nuestras, para atacar —al estilo nazi— por sorpresa, sin ningún género de aviso —¡qué vamos a esperar avisos de los piratas imperialistas!—, comenzar a lanzar racimos de bombas sobre nuestros aeropuertos, en las inmediaciones de nuestras ciudades. Recordamos aquel día criminal y bochornoso, las mentiras que prosiguieron al ataque, los cables de la UPI y de la AP, las declaraciones en las propias Naciones Unidas del señor Stevenson —¡que el diablo lo tenga en el infierno!— (RISAS), mostrando fotografías, para demostrar que no, que ellos eran inocentes, que qué calumnias eran esas, que aquellos eran aviones de nuestra fuerza aérea que se habían sublevado, habían lanzado algunas bombas y habían aterrizado en Miami.

Toda la vileza, toda la infamia, toda la hipocresía y el cinismo, toda la desvergüenza que encierra el imperialismo, se hicieron evidentes —como pocas veces— en aquella ocasión. Y a los pocos días el desembarco.

Todavía están discutiendo sobre si hicieron bien o hicieron mal en lanzar un segundo bombardeo al amanecer del día 19.

Porque estos señores cometen sus fechorías, y al cabo de tres o cuatro años empiezan a discutir tranquilamente acerca de esas fechorías, si hicieron bien o hicieron mal, indagando acerca de las causas de sus reveses.

y en realidad es que desde el primer momento se encontraron lo que no esperaron frente al ataque sorpresivo, que fue una reacción inmediata, rápida, firme, decidida, de los hombres que estaban en las piezas antiaéreas, y el día 19, o mejor dicho el 17, porque he cometido un error, el bombardeo no fue el 17, el 17 fue el desembarco; el primer bombardeo fue el día 15, si mal no recuerdo.

Pero decía que se preguntaban si fue correcto o no un segundo bombardeo. Y la realidad es que a esa hora, el día 17 al amanecer, todos nuestros aviones estaban en el aire, porque la primera vez trataron de destruir en tierra los pocos aviones que teníamos, que no pasaban de 10, y además eran aviones que no tenían piezas de repuesto prácticamente; a esa hora nuestros aviones estaban todos en el aire y en dirección a Girón. Es decir que un segundo bombardeo no habría resuelto nada, porque no habrían tenido a quien tirarles en nuestros campos de aviación.

Después han estado discutiendo si fue correcto o no brindar el apoyo aéreo de la fuerza norteamericana a los invasores, y se dice que el día 19 estaban discutiendo si brindaban o no el apoyo aéreo, y que hasta altas horas de la noche discutían. Pero es lo cierto que el día 19, a esa hora, ya no tenían nadie a quien brindarle apoyo aéreo, porque a esa hora, el día 19, no quedaba un solo enemigo organizado, y en manos de nuestras fuerzas estaba todo aquel territorio, y solo quedaban mercenarios dispersos por la Ciénaga.

Los hechos se sucedieron con tan vertiginosa rapidez, que no habrían logrado absolutamente nada, aun cumpliéndose aquellos supuestos de otro bombardeo el día 17 al amanecer, o del apoyo aéreo directo de las fuerzas norteamericanas el día 19.

Esa es la historia.

No obstante que en aquellos momentos apenas hacia unos meses, casi podría decirse unas semanas, que se había recibido gran parte de la técnica que se empleó en Girón: en tanques, en artillería antiaérea, en artillería de campaña, y cuyo manejo fue aprendido en cuestión de días por sus tripulaciones. Es posible que ese factor contribuyó también al error de nuestros enemigos, pensando que las cosas llevarían mucho tiempo en ser usadas aquí, pensando que el aprendizaje del manejo de esas armas lleva meses y a veces años.

Es cierto que en pocas semanas no se puede aprender de una manera completamente efectiva el empleo de esas armas, pero cuando la necesidad lo exige se aprende y se aprende rápido. Nosotros no teníamos tiempo que perder, no disponíamos siquiera de suficientes instructores; había apenas instructores para seis u ocho baterías. Y lo que hicimos fue poner a los que aprendían por la mañana a enseñar a los otros por la tarde; y se suponía que en unos meses íbamos a tener unas ocho baterías, y lo que ocurrió fue que en algunas semanas tuvimos dispuestas más de 100 baterías.

En Girón combatió una parte realmente pequeña de nuestras fuerzas; sí combatió toda nuestra aviación, que eran ocho aviones, y todos nuestros pilotos, que eran seis o siete. Pero en cuanto al resto de las armas, fue una parte insignificante la que participó en aquel combate. Es decir que si en vez de una invasión como la de Girón se hubiesen producido simultáneamente siete u ocho invasiones como aquella, el resultado habría sido el mismo.

Al frente de aquellas tropas invasoras venían, sobre todo, oficiales del antiguo ejército; posiblemente subestimaron a nuestras fuerzas. Y realmente no tiene explicación eso de que hayan subestimado a nuestras fuerzas, porque cuando la Revolución comenzó éramos mucho más débiles. Cuando tuvimos que enfrentarnos con el ejército de Batista, al principio éramos un puñado de hombres; en ciertos momentos llegamos a ser casi menos que un puñado. Nuestras armas eran armas muy deficientes, nuestro parque muy escaso, nuestra experiencia muy poca, en una región donde prácticamente muchos no habíamos estado nunca. Y en aquella circunstancia se emprendió aquella lucha larga, difícil. Eran pocos los que creían en las posibilidades del éxito, posiblemente casi nadie; muchos —los que simpatizaban— simpatizaban casi con un cierto sentimiento de lástima y un poco de admiración, pensando que de qué manera iba a ser posible llevar adelante aquella lucha con tan pocos recursos y tan pocos hombres.

Frente a nosotros había una fuerza grande, todo un Estado organizado, toda una serie de organismos de tipo político. Fue necesario librar una batalla ideológica, fue necesario librar una batalla contra el pesimismo, contra el mito de que aquellas fuerzas eran invencibles, librar una batalla contra la falta de fe de muchas personas, la creencia de que contra aquellas fuerzas no se podía luchar. En realidad, en aquellos instantes no se enfrentaban dos fuerzas, se enfrentaban dos ideas. Y digo que no se enfrentaban dos fuerzas, porque la nuestra no se podía llamar una fuerza: una idea, una concepción de lucha, una confianza muy grande en el pueblo, en un pueblo que en aquellos instantes apenas conocía a los hombres que iniciaban aquella lucha; a un pueblo al que era necesario inculcarle la fe, la confianza en las posibilidades de lucha y de éxito.

Casi nadie, o pocos, habían intentado aquello, porque les parecía una tarea imposible. Pero en ese enfrentamiento entre dos concepciones, dos ideas, nuestra concepción era correcta, nuestra confianza en el pueblo y en las masas era correcta. Aquel enemigo aparentemente invulnerable e invencible tenía su “Talón de Aquiles”, tenía su gran debilidad; y su debilidad radicaba en ser la expresión de un sistema de explotación, en ser la expresión de un sistema de privilegios y de injusticia, en ser la representación de los intereses de una minoría explotadora. Y la fortaleza de nuestra concepción, de nuestra confianza, consistía en que convocábamos a la lucha precisamente a aquella inmensa mayoría oprimida y explotada. Y esa fue nuestra fuerza.

Por eso aquella fuerza insignificante, que no podía calificarse de tal fuerza, fue creciendo hasta convertirse en una fuerza real, fue creciendo con el pueblo y con las masas hasta convertirse en una fuerza verdaderamente invencible.

¿Por qué habrían de subestimar esa fuerza los enemigos de nuestra patria? ¿Por qué habrían de creer que con una brigada de mercenarios, por mucho apoyo imperialista con que contasen, podían dar marcha atrás a la historia de nuestro país? ¿Por qué creían que podrían vencer a la fuerza del pueblo? Evidentemente subestimaban a la nación, subestimaban al pueblo. Cuando se reunían los generales yankis en el Pentágono a hacer planes, a hacer los planes evidentemente subestimaron al pueblo, creyeron que pasaría como en otros países, creyeron que apenas dejaran caer unas cuantas bombas cundiría el pánico en este país; creyeron que apenas desembarcaran unos cuantos tanques y lanzaran unos cuantos paracaidistas la desmoralización se generalizaría. Y los cables norteamericanos que iban cabalgando sobre esas ilusiones, el mismo día 17 anunciaban grandes noticias: “Cayó Santa Clara, cayó Matanzas, todo cayó”. Y por la tarde, o al otro día, todos callaron, y todos cayeron (APLAUSOS). Fue cuestión de horas, cuestión de horas.

Y ciertamente que la lucha en que está enfrascado este país es una lucha dura y difícil; ciertamente que la página que escribe nuestro pueblo en la historia contemporánea no es una cosa fácil. El reto lanzado a nuestros enemigos, que son los enemigos de los pueblos de este continente y de los pueblos del mundo, no es cualquier cosa, es una tarea de pueblos revolucionarios, una tarea de hombres revolucionarios; no es cosa de sietemesinos, ni de enanos, es cosa de titanes, de un pueblo de titanes, porque es el reto contra todos los recursos y todas las fuerzas del imperio yanki, que es la fuerza reaccionaria y agresiva más poderosa entre las fuerzas imperialistas.

Contra ese imperio, sus influencias políticas, sus enormes recursos económicos, su vieja experiencia en agresiones, en crímenes, en subversión, en piratería —experiencia que la historia de este continente conoce bien, experiencia que muchos pueblos de otros continentes conocen también—, contra esa fuerza poderosa se yergue nuestra Revolución y nuestro pueblo. Y esa es tarea de revolucionarios, de verdaderos revolucionarios.

Y si nuestro pueblo ha emprendido ese camino es porque es un pueblo capaz de seguir ese camino, esa misión histórica que le ha correspondido a nuestra patria en esta época, nuestra patria, que fue la última en librarse del yugo colonial español —las demás naciones de este continente nos precedieron casi un siglo—; nuestra patria, que fue la última, y que solitaria libró su batalla en la heroica Guerra de los 10 Años y en la guerra de independencia, que luchó con las armas casi 30 años por alcanzar una independencia que nos arrebataron a última hora; a nuestra patria, que libró su batalla durante 30 años, le ha correspondido, a ella, la gloria de ser la primera en alcanzar su segunda y verdadera independencia (APLAUSOS).

Que esto es una verdad clarísima lo demuestra el ejemplo de Santo Domingo, ocupado militarmente por tropas yankis, como quien ocupa una granja, como quien ocupa un latifundio cualquiera, en plan de amos y señores de este continente; nos lo demuestra la historia de los países de Centroamérica, la historia de Guatemala, cuyo gobierno revolucionario fue liquidado por una agresión tipo Girón, y la complicidad de un ejército tipo ejército de Batista; nos lo demuestra la situación de casi todos los países de América del Sur donde Estados Unidos quita y pone gobiernos, países que no pueden decir, como nosotros, que han alcanzado su definitiva independencia; países que, habiéndose liberado de España hace un siglo y medio, han invertido de este tiempo un siglo en trabajar para los imperialistas ingleses preferentemente, es decir, para el imperialismo europeo, y medio siglo trabajando para el imperialismo yanki. ¡Ciento cincuenta años de historia!

Y mientras muchas naciones se desarrollaban, muchas naciones se industrializaban, nuestras naciones de América Latina iban a la zaga y eran cada vez más pobres. Y la distancia que separaba a los países industrializados y a los países de América Latina crecía y crecía. También crecían las poblaciones. Y lo que no crecía eran los recursos, las riquezas, la industria; crecían más las poblaciones que la producción de alimentos.

¡Las miserias de 150 años se han acumulado! Durante ese siglo y medio Cuba, durante un siglo, trabajó y luchó por librarse de su condición de colonia española. Y durante más de medio siglo hemos trabajado para los imperialistas yankis, y los politiqueros corrompidos, y las minorías privilegiadas que durante casi sesenta años despilfarraron los recursos de este país, construyeron no fábricas precisamente.

Los privilegiados de este país, y los politiqueros corrompidos, compraban fincas, construían palacetes, depositaban millones de pesos en bancos extranjeros. Y mientras, en el interior del país, los hombres que cortaban la caña y producían el azúcar, los hombres que —en dos palabras— producían las divisas en este país, vivían en barracones y pocilgas. Allí nunca llegó el cemento, ni la luz eléctrica, ni el agua corriente, ni la calle, ni el parque. Trabajaron durante tanto tiempo recibiendo una parte insignificante del producto nacional, mientras nuestra capital crecía y crecía. Basta cruzar por la Quinta Avenida y ver en qué se invirtió el sudor, gran parte del sudor de los trabajadores de este país.

Y cierto es que le estamos dando el mejor uso posible a esos palacetes; cierto es que tenemos decenas y decenas de miles de estudiantes residiendo hoy en esas casas, pero lo que no tenemos son fábricas de cemento, lo que no tenemos son fábricas de fertilizantes, lo que no nos dejaron fueron industrias, excepto unas pocas a base de materias primas, importadas todas ellas, y los centrales azucareros, el más joven de los cuales tenía más de 30 años, porque en los últimos 30 años no se había construido un solo nuevo central, muchos de ellos industrias viejas y casi destartaladas.

No nos dejaron siquiera una agricultura desarrollada, mecanizada, ni la dejaron ni la podían dejar, porque los hombres se habrían opuesto a las máquinas, porque bajo el capitalismo las máquinas se introducen con la oposición de los trabajadores, porque desplazan obreros, porque los lanzan al hambre. Ni máquinas de alzar caña, ni combinadas de caña, ni centros de acopio, ni azúcar a granel, ninguna de esas técnicas modernas que ahorran el trabajo del hombre y lo suavizan se habrían podido introducir en nuestro país.

Hoy la lucha de nuestro pueblo es por introducir esas técnicas. A nadie se le ocurre pensar en este país hoy que una máquina pueda ser su enemiga. Hoy cuando entre el pueblo y sus riquezas existe una identificación total, hoy cuando entre el trabajo del hombre y los frutos del trabajo hay una identificación plena; hoy cuando cientos de miles de hombres y mujeres se movilizan para impulsar la producción, a nadie se le ocurriría pensar que una máquina pueda ser enemiga suya. Por eso el capitalismo y el imperialismo nos dejaron una agricultura atrasada, ni podían introducir las máquinas, ni necesitaban introducir las máquinas. Para cortar caña contaban con el inmenso ejército de los desempleados de tiempo muerto que esperaban con ansiedad los meses de la zafra para pagar las deudas que contraían en el tiempo muerto y comer lo necesario para ir sobreviviendo. Tenían fuerza de trabajo barata y abundante.

Y cuando los trabajadores se concertaban para exigir alguna demanda, para exigir algunas mejoras en sus miserables condiciones de vida, para eso tenían a la guardia rural. Porque hay que decir que aquellos soldados de los privilegiados, también sabían manejar el machete, pero no precisamente para cortar caña; sabían manejar el machete para golpear a los campesinos, a los trabajadores, a los infelices.

¡Qué diferencia! Y cómo podrán entender esta diferencia los que están acostumbrados precisamente a aquello; los que están acostumbrados a ver que el papel de las armas ha sido precisamente ese: el de defender a los poderosos, a los privilegiados, a los ricos. ¿Cuándo vieron los imperialistas un ejército esgrimir el machete para cortar caña, para trabajar, para producir, para acrecentar las riquezas del pueblo, acostumbrados a crear ejércitos de parásitos al servicio de los explotadores? ¡Cómo podrán comprender la fuerza de la Revolución!

Todavía en nuestros campos perdura mucha de la pobreza que nos dejaron. No hay ya tiempo muerto, es cierto. Y ese azote desapareció de nuestro país para siempre: el tiempo muerto ha muerto.

Es cierto que prácticamente no queda un rincón de nuestra patria sin una escuela, ni queda una región de nuestro país sin un hospital. Somos ya, tanto en la educación como en la asistencia médica, sin duda alguna, el primer país de este continente incluyendo Estados Unidos (APLAUSOS).

Pero queda todavía mucha pobreza, quedan todavía muchos barracones. Decenas y decenas de miles de kilómetros de caminos deben construirse, cientos de miles de viviendas, instalaciones eléctricas, servicios de agua. Y eso, naturalmente, no se puede lograr en unos pocos años, mucho menos en un país que produce aproximadamente la tercera parte del cemento que podría emplear en estos momentos.

Y antes sobraba cemento, que naturalmente no se invertía en hacer carreteras en las montañas, ni puentes en el interior del país, porque cuando hacían una carretera era como esa de la Vía Blanca, que es una carretera que cruza por regiones donde prácticamente no hay ninguna agricultura, y que conduce de La Habana a Varadero.

¿Carretera hasta Baracoa, como la Revolución ha construido, resolviendo problemas técnicos, con obras que son verdaderamente impresionantes por las soluciones aportadas a la construcción de una carretera en un terreno tan abrupto, carreteras como las que se construyen en la provincia de Oriente? ¡Ni pensarlo! ¿Viviendas en los campos? ¡Ni pensarlo!

Gran parte del cemento que producía este país se invertía en casas de recreo. Hoy todo ese cemento no alcanza, se importa incluso algo de cemento, pero no alcanza. Y todo el mundo necesita cemento: todos los JUCEI, todos los organismos. Lo mismo aquellos que se dedican a las obras públicas, que a la agricultura, que a la construcción de obras hidráulicas, que cualquier tarea siempre dicen lo mismo: “Necesito cemento”.

Y las fábricas de cemento desgraciadamente no se construyen en unas semanas; nuestras fábricas de cemento —la primera que se está construyendo en Nuevitas, la segunda que se está construyendo en Las Villas, la ampliación de la fábrica de Santiago de Cuba— duplicarán nuestra producción de cemento, pero cuando nuestra producción de cemento haya sido duplicada, que son 2 millones de toneladas de cemento para nuestras necesidades, y ya desde ahora se contempla la necesidad de una tercera fábrica, y para empezar a resolver parte de nuestros problemas tendremos necesariamente que esperar a tener el doble, el triple, el cuádruple del cemento que hoy disponemos.

Y ese es un camino largo y un camino paciente, ese es el camino de cualquier país de economía subdesarrollada. Pero al menos, bien o mal, mejor o peor, desde el triunfo de la Revolución ya no trabajamos para el extranjero, ya no trabajamos para los privilegiados, y aunque aquí fue necesario crearlo todo, todo en absoluto fue necesario hacerlo nuevo, fue necesario echar abajo aquel estado burgués, podrido, para crear un nuevo estado, fue necesario revolucionar al país completo, fue necesario sustituir todo lo viejo y hacer lo nuevo. Y se nos impuso la necesidad de llevar adelante esa tarea también con hombres nuevos, la inmensa mayoría de los cuales carecía de experiencia.

Nuestro país padecía una verdadera indigencia de personal técnico. Y una parte del personal técnico —del escaso personal técnico que este país poseía— estaba identificado con los intereses afectados por la Revolución. Fue necesario comenzar también a preparar cuadros. Y eso también lleva años. Todavía, a pesar de los esfuerzos realizados, no han entrado en masa las legiones de nuevos técnicos a la producción, y tardaremos algunos años pero llegaremos a eso, y llegaremos a eso porque no hemos perdido el tiempo, porque desde el principio mismo empezamos a trabajar para crear legiones de técnicos. Y ya en algunas actividades, en algunas ramas se cuentan por decenas de miles. Cuando la Revolución triunfó había cerca de 10 000 maestros sin trabajo. Se les dio empleo a todos los maestros sin trabajo, pero eso no resolvía el problema. No eran suficientes maestros. Fue necesario organizar cursos especiales de maestros para enviarlos a las montañas, mas no bastaban.

El año pasado se graduaron cerca de 1 000 maestros en nuestro Instituto Pedagógico. Una parte de ellos fue a las montañas a sustituir a los maestros que llevaban cinco años prestando ese servicio, y el resto apenas alcanzó para nada.

Los institutos tecnológicos obreros necesitaban maestros, el ejército necesitaba maestros. Miles de soldados están estudiando, siguiendo cursos acelerados, porque en la medida que nuestra técnica militar aumenta y se moderniza, los conocimientos que se requieren para su empleo adecuado son cada vez mayores. Los maestros no alcanzan. Esos miles de compañeros necesitan maestros, como lo necesitan los miles y miles de obreros que estudian en los institutos tecnológicos, como lo necesitan prácticamente en todas las fábricas del país, en todas las granjas, en todas partes. Y los maestros no alcanzan. Sin embargo, más de 20 000 jóvenes están cursando los estudios de maestro. Y no nos hemos querido apurar, no hemos querido sacarlos en la mitad de sus estudios para resolver problemas, porque preferimos esperar, a fin de que adquieran una preparación cabal y surja el tipo de maestro que queremos formar.

Nuestra agricultura realiza un enorme esfuerzo, pero nuestra agricultura también carece de técnicos. Sin embargo, en nuestros institutos tecnológicos agrícolas hay aproximadamente 20 000 estudiantes.

Antes del año 1970 esos 20 000 estarán graduados, igual que estarán graduados esos 20 000 maestros, veinte y tantos mil y, sin embargo, para el año 1970 tendremos unos 30 000 estudiantes de maestros, y para esa misma fecha tendremos otros 30 000 estudiantes en los institutos tecnológicos agrícolas. Es decir, que nuestro país avanza con una gigantesca masa de hombres que se preparan precisamente para recuperar el terreno que perdió nuestra patria durante más de un siglo, para recuperar el terreno perdido, para alcanzar niveles de desarrollo económico que no podíamos alcanzar antes.

¿Cuál es nuestra situación hoy? Nos esforzamos porque el mayor número de jóvenes vayan a las universidades. Si ingresan 10 000 nos parecen pocos, si ingresan 20 000 nos parecen pocos. Sin embargo, si ustedes leen los cables de la situación en las universidades de los demás países de América Latina, el problema es otro. El número de estudiantes a las universidades está limitado, y existen problemas en muchos países de América Latina como consecuencia de la limitación del número de estudiantes que pueden ingresar en las universidades.

¿Qué porvenir pueden tener esos países económicamente subdesarrollados, técnicamente atrasados, cerrando las puertas de sus universidades? Porque los graduados universitarios que hay, no solo encuentran dificultades para ser empleados, sino que incluso una parte grande de ellos emigra hacia Estados Unidos, buscando empleo. ¿Cómo podrán salir de su subdesarrollo y de su miseria los demás países cerrando las puertas de las universidades?

¿Quién puede saber eso mejor que nosotros, que podemos comprender la enorme necesidad de técnicos?

Claro está que si un sistema social se despreocupa por completo de la salud del pueblo, no necesita muchos médicos. En países donde prácticamente no existe ninguna asistencia médica, sobran los médicos, que se concentran y se acumulan en las capitales. En países llenos de latifundios, con una agricultura bajo un régimen feudal, no necesitan ingenieros agrónomos, no necesitan veterinarios, no necesitan ingenieros mecánicos.

Nuestras necesidades de ingenieros mecánicos surgen constantemente. ¿Por qué? Porque constantemente surgen las necesidades de máquinas, máquinas de todos tipos: máquinas para fertilizar, para chapear, para cultivar, para cortar la caña, para limpiar la caña, para transportar la caña. Y nuestras necesidades de ingenieros mecánicos se hacen notar; nuestras necesidades de ingenieros hidráulicos se hacen notar; de ingenieros civiles, de ingenieros eléctricos, de arquitectos; nuestras necesidades de químicos, de laboratoristas; nuestras necesidades de pedagogos, de profesores universitarios, de profesores de preuniversitarios, de institutos tecnológicos; nuestras necesidades de personal calificado para las industrias, para la producción, para el desarrollo del país, para la atención a sus necesidades sociales, surgen incesantemente. Porque, precisamente, esa es la tarea de la Revolución: desarrollar el país en todos los frentes, desarrollar el país materialmente y culturalmente.

Porque en nuestro sistema no se trabaja para las ganancias de nadie; se trabaja para satisfacer las necesidades del pueblo, para elevar las riquezas del país, para elevar la productividad del trabajo. Todo ciudadano en este país está hoy interesado en que la productividad del trabajo se aumente; todo ciudadano en este país está interesado, lógicamente, en que la productividad de un obrero agrícola, de un obrero cañero, de un obrero de la construcción, de un obrero minero, de un obrero del transporte, de un trabajador del mar, se eleve, se multiplique. Porque en la medida en que la productividad del trabajo se eleve, se elevarán los recursos del país y podrán ser atendidas las necesidades más urgentes del pueblo.

Estas son las cosas que diferencian nuestro caso del caso de las demás naciones de América Latina. Nosotros llevamos una ventaja.

Y en un mundo donde la población crece más que la producción de alimentos, ¿cómo podrán las naciones subdesarrolladas afrontar este tremendo problema sin la revolución, sin hacer precisamente lo que nosotros estamos haciendo?

Hoy, por ejemplo, algunos cables hablaban de los cinco años que lleva la “Alianza para el Progreso”. La “Alianza para el Progreso” es, en parte, resultado de la derrota imperialista en Playa Girón. La “Alianza para el Progreso” surge después de Playa Girón. Los imperialistas deciden llevar a cabo un programa que —según afirmaban— iría a resolver los problemas de América Latina para que no surgieran otras revoluciones como Cuba.

Pero, lógicamente, ¿qué remedio el imperialismo quiere aplicar a esos males? Pues quiere aplicar remedios imperialistas, remedios capitalistas. Y, lógicamente, los remedios imperialistas no pueden ser remedios, porque precisamente lo que ha conducido a esos países a la situación actual son los remedios imperialistas.

Pero decían que iban a prestar dinero para que hicieran caminos, escuelas, acueductos y casas, y a la vez, que los “buenos y nobles” inversionistas americanos iban a invertir sus dineros allí para desarrollar la economía de esos países.

Y hoy esos cables hablaban de que, “bueno, hasta ahora esa 'Alianza para el Progreso' había sido una decepción; pero que, no obstante, se habían invertido ciertas cantidades”. Y decían que, por ejemplo, Estados Unidos les había prestado 5 000 millones de pesos; que, además, los inversionistas privados habían invertido 9 000 millones de pesos en América Latina, y que los gobiernos habían invertido equis miles de millones de pesos.

Pero decían que mucho de ese dinero que le habían prestado había sido malbaratado, que incluso ayuda para la “Alianza para el Progreso” se había invertido, en un país como Brasil, en comprar cosas como confetis para Navidad —los confetis son esos papelitos que se tiran. Creo que no es lo mismo confeti que confite—, es decir, en cosas triviales.

Decían también que algunos gobiernos habían dicho que iban a hacer algunas reformas; pero que eran muy pocas las reformas que habían hecho. Pero lo más interesante era lo siguiente: que el 60% de la ayuda se había prestado para pagar deudas exteriores, es decir, que de cada 100 pesos de esa supuesta ayuda que prestaban los imperialistas 60 era para pagar le deudas a los imperialistas y contraer con ellos nuevas deudas.

Y eran, precisamente, los cables de las agencias yankis quienes hablaban del fracaso de la “Alianza para el Progreso”. Y muchos gobiernos latinoamericanos, de esos gobiernos tan lacayos, incondicionales del imperialismo, están evidentemente tan decepcionados que no hay reunión en la que los representantes de esos gobiernos no parezcan estar sindicalizados, pidiendo, exigiendo y demandando que se les ayude, y afirmando que prácticamente no se les ha dado nada.

Y muchos de ellos ponen ejemplos de lo que los imperialistas hacen: que le prestan un peso, y le bajan dos pesos en el precio de los productos que le compran a la América Latina.

Los imperialistas poseen lo que ellos llaman reservas estratégicas de cobre, de estaño, de distintos productos, y con cierta frecuencia sacan al mercado estas reservas estratégicas, que cuando son de estaño revientan a Bolivia, y cuando son de cobre revientan a Chile. Y así sucesivamente. Cuando no, sacan al mercado grandes “stocks” de algodón, y revientan a media docena de países que exportan algodón, y así sucesivamente.

Han pasado cinco años de Girón, nosotros tenemos dificultades, desde luego; tenemos un duro camino que recorrer, desde luego. Eso está claro, pero al menos nosotros marchamos hacia adelante, nosotros trabajamos para el porvenir, nosotros nos enfrentamos a esas dificultades y nosotros estamos seguros de que vamos a vencer las dificultades.

Los demás países de la América Latina —a los cinco años de Girón—, confiesan su fracaso, confiesan su decepción, confiesan su pesimismo. Y eso que en esos países no ocurre como en Cuba. En esos países se trabaja para alimentar bien, bien, bien, a una minoría de la población, el resto allá se las arregle como pueda.

En esos países no hay libreta, porque existe una libreta tradicional; en esos países existe el desempleo y la falta de recursos en el pueblo; en esos países, cuando un artículo escasea, el precio se duplica, se triplica, se cuadruplica o se quintuplica, y entonces el obrero, las capas de la población de ingresos reducidos, no pueden comprar absolutamente nada y, sin embargo, las minorías ricas compran absolutamente de todo, todo lo que quieran.

Eso se arregla en virtud de la ley de la oferta y la demanda: cuando hay escasez de cualquier articulo, el pueblo se queda sin los artículos.

Nosotros, que tenemos una situación distinta porque es necesario atender las necesidades de todos los ciudadanos... Y es cierto que tenemos libreta, y la tendremos en algunos productos algunos años más; pero lo que no puede decir nadie en este país es que no tiene el dinero para comprar lo que le corresponde en la libreta. Y si hay alguien, es porque quiere, es decir, porque no quiere trabajar.

Trabajo, de un tipo o de otro, hay para todos. Y ayuda para resolver el problema de cualquier familia, el Estado revolucionario no se la ha negado nunca a ninguna. No hay una sola familia en este país que pueda decir que está desvalida, al menos, que pueda decirlo después de haber acudido a solicitar la ayuda de la Revolución.

A veces nosotros nos encontramos algunos casos de personas que teniendo necesidades serias no han sabido siquiera dirigirse a las autoridades para que las atienda, pero no hay familia en este país que viéndose en caso de situación difícil se haya dirigido al Gobierno Revolucionario y no haya recibido atención; no hay familia que haya solicitado para cualquier hijo una beca, cualquier ayuda que esté en manos de la Revolución resolver, que no haya sido resuelta.

Nuestra situación es la de que tenemos la obligación de atender a las necesidades de todo el pueblo. Por eso tenemos necesidad de elevar la productividad de nuestro trabajo, de desarrollar nuestra economía, porque no es el caso de un país donde los bienes están al alcance de una minoría y fuera del alcance de las grandes masas del pueblo.

Y aún así, aún así, en medio de esa situación, en medio de los grandes recursos que tenemos que gastar en la defensa del país, nos enfrentamos a las dificultades, y avanzamos; avanzamos frente a las dificultades de todo tipo, incluso las dificultades climáticas, como en este mismo año que acaba de pasar, que tuvimos el año de peor sequía en los últimos sesenta años, desde que existen datos estadísticos. Y sin embargo eso no nos desanimó, a pesar de eso en muchos renglones ha habido incremento; afectó ciertamente nuestra producción azucarera, pero eso tampoco nos desalienta. Este año se presenta un mejor año de lluvias, y esa circunstancia favorable la aprovecharemos al máximo para resarcirnos en la próxima zafra del daño que nos hizo la sequía.

Nada desalienta a nuestro pueblo, ninguna dificultad de ningún tipo. La actitud optimista de nuestro país se reflejó en la quincena de Girón, la conciencia del pueblo, el espíritu de trabajo, alcanzando niveles nunca vistos anteriormente.

Claro está que en la medida en que crezca nuestra producción cañera será necesario resolver el problema con máquinas. Algún compañero nos decía: “el año que viene tendrá que ser el mes de Girón” (APLAUSOS). Y decía ese compañero del Comité Central —que es un guajiro—, decía: “El año 1970, Comandante, va a tener que ser el Año de Girón”. Y yo decía: realmente no podemos resolver el problema solo a fuerza de números, y tenemos que resolver el problema de otra forma; porque no solamente queremos desarrollar la producción cañera, nos interesa desarrollar otras muchas ramas de nuestra economía, y este problema ocupó preferentemente nuestra atención precisamente en esta quincena.

Pero podemos decir que para nosotros ya hoy el problema de la zafra de 10 millones en cuanto a la cosecha de la caña tiene una solución clara. Esa solución ha sido el resultado del esfuerzo de muchos, desde los compañeros que se dedicaron a la tarea de construir la primera maquinita cañera cubana, hasta los técnicos soviéticos que se esforzaron por construir la combinada cañera, pasando por el esfuerzo de los compañeros del Ministerio de la Industria Azucarera, que se dieron a la tarea de desarrollar lo que llamaron los centros de acopio.

Para todos nosotros hoy es absolutamente claro que las combinadas resolverán solo una parte del problema, y que los centros de acopio son los que nos permitirán cortar con solo 150 000 obreros la caña necesaria para cortar diariamente 50 millones de arrobas de caña, llevar a los centrales 50 millones de arrobas. Porque todos los análisis que se han hecho demuestran que el centro de acopio permite duplicar la productividad del cortador de caña, con un 25% menos de esfuerzo físico. Todas las pruebas que se han hecho lo demuestran, con lo cual será fácil alcanzar más de 400 arrobas por cortador, de manera que suponiendo que una parte de los 150 000 cortadores pueda faltar cada día por una razón o por otra, bastarían 130 000 cortadores con 400 arrobas diarias para producir 52 millones de arrobas de caña diaria, las necesarias cuando nuestra producción alcance un nivel anual aproximadamente de 10 millones.

Y el centro de acopio es sencillamente un equipo que instalado en los transbordadores recibe la caña sin limpiar, y el cortador simplemente cortando abajo y arriba, y cuando es grande la caña solo dando un corte en el medio, se ahorra toda la tarea de la limpieza de la caña, que —según se ha demostrado con las normas técnicas— reduce cuando menos a la mitad el rendimiento del cortador. Pero es que el centro de acopio no excluye la posibilidad de emplear las máquinas cortadoras; el problema principal de las máquinas cortadoras que se intentó fabricar aquí en Cuba era el problema de la paja, cortaban la caña perfectamente bien, unas máquinas sencillas, que se construían con un gasto de apenas 1 000 pesos en material, pero no limpiaban la caña. La ventaja del centro de acopio es que limpia la caña antes de descargarla en los vagones de ferrocarril; otra posible ventaja de los centros de acopio es el aumento de la capacidad de los centrales, pero bastaría un aumento de un 10% y ello equivaldría en nuestros centrales ya al máximo de su capacidad, es decir, cuando nuestros actuales centrales hayan sido ampliados al máximo significaría que tendrían una capacidad adicional equivalente a tres centrales de 300 000 toneladas de azúcar por año. Eso parece ser también una de las consecuencias del Centro de Acopio, el incremento de la capacidad de los centrales, aunque este último aspecto está siendo analizado y deberá ser comprobado.

Los centros de acopio significan una solución mucho más barata, y nos permitirá el empleo de las máquinas, de nuestras máquinas. Es decir que podremos emplear máquinas fabricadas con un costo mínimo, independientemente de las combinadas que se han adquirido y las que se adquieran. Pero, además, nunca se habría podido cortar con máquinas toda la caña; alzarla con máquinas sí, pero siempre quedarían las cañas que están sembradas en terreno irregular, y que deberían ser cortadas a mano.

Los centros de acopio permitirán casi duplicar la productividad del obrero, incrementar el ingreso de los cortadores de caña; a la vez que reducir las inversiones necesarias para la mecanización, y a la vez se logrará eso con un esfuerzo físico menor.

Nosotros hicimos la prueba con varios compañeros del Comité Central que estaban cortando, que no son cortadores experimentados, y cualquiera podía cortar en ocho horas no menos de 400 arrobas para centros de acopio. Por eso, en estos momentos ya no es problema la cuestión de la fuerza de trabajo para llegar a 10 millones de toneladas de azúcar, nuestro problema es la ampliación de la capacidad de los centrales, la instalación de los centros de acopio necesarios y el incremento de las plantaciones. Es, pues, este un problema resuelto.

Hay otros problemas importantes, como la cuestión de los caminos que necesita nuestra agricultura, que independientemente de los que se han hecho ya se calcula que necesitaremos unos 70 000 kilómetros de caminos, pero de caminos bien hechos, que no haya que estarlos haciendo todos los años. Necesitamos unos 70 000 kilómetros de caminos. Y los compañeros de la agricultura y del Ministerio de la Construcción están estudiando agrupación por agrupación todo el sistema de caminos, y tendremos que darnos en los próximos años a la tarea de construir esos 70 000 kilómetros de caminos, que es grande la cantidad de equipos. Afortunadamente el problema de los caminos no emplea mucha fuerza de trabajo; lo que emplean los caminos, lo que emplean es mucho equipo, principalmente.

Nuestro país se enfrenta a estas dificultades y se decide a afrontarlas; las afrontará y las resolverá. ¿Quién lo duda?

Mucho se han regocijado nuestros enemigos imperialistas pensando en nuestras dificultades. Lo menos que han soñado es que nos hundiríamos en las dificultades; lo menos que han soñado es que nos hundiríamos en medio del bloqueo. Un día auguraban que el transporte se paralizaría, otro día auguraban que se paralizarían los centrales azucareros, otro día auguraban que se paralizarían las plantas eléctricas, o las refinerías, o las plantas de producir níquel. ¿Y qué ha ocurrido? Nada de eso se ha paralizado. Nuestro transporte terrestre y marítimo se desarrolla, y se desarrolla de tal forma que nuestras necesidades de choferes y nuestras necesidades de marineros aumentan considerablemente. Lejos de paralizarse nuestras plantas eléctricas, dos nuevas grandes plantas eléctricas —que prácticamente duplican la capacidad del país— están siendo terminadas (APLAUSOS).

Los magnates de la industria azucarera y los grandes latifundistas cañeros se imaginaban que sin ellos no quedaría más que caguaso en este país. Y es cierto que queda caguaso, los que han cortado caña lo saben. Pero también es cierto que cada día queda menos; también es cierto que, a despecho del revés de este año en la caña, las plantaciones se aumentan, los cultivos se mejoran. Y ya en este mismo año aplicaremos no menos de 400 000 toneladas de fertilizantes a la caña; igual que al café le estamos aplicando 60 000 toneladas.

Y si el año sigue como va, aunque está creando considerables problemas en esta zafra, el año que viene habrá que cortar caña duramente. Y es posible, si las condiciones del tiempo permanecen iguales, y si los programas de atención a los cultivos y de limpia de caña —que este año se ha comenzado mucho más temprano, y que el año pasado precisamente como consecuencia de la larga zafra se comenzaron más tarde— se cumplen, pudiéramos contemplar el próximo año la posibilidad de hacer la más grande zafra de la historia de nuestro país (APLAUSOS).

Esa zafra se produjo en el año 1952, cuando anunciaron que sería la última zafra libre, y los latifundistas y hacendados cortaron todas las cañas de reserva, hicieron una larga zafra y cortaron 7 160 000. No podemos asegurarlo, porque hay factores que no dependen solo de la voluntad, pero sí podemos decir que debemos luchar y debemos de hacer un esfuerzo para alcanzar en el próximo año romper ese récord en nuestra producción azucarera. E indiscutiblemente que el próximo año será un gran año agrícola, y posiblemente el mejor año agrícola de los ocho años de Revolución, porque ya estaríamos contando con el año que viene ocho años.

Y con ese propósito se esfuerzan todos los compañeros del Partido en todo el país, y todos los compañeros de la agricultura y de las industrias relacionadas con la agricultura. Marchamos pues adelante, a pesar de las sequías, porque también con el tiempo nos iremos defendiendo mucho mejor de esos problemas climatológicos, con las obras hidráulicas que se construyen, con mayores cantidades de fertilizantes. Porque un año de fuerte sequía, si se emplean a tiempo y oportunamente cantidades adicionales de nitrógeno, compensan en parte considerable los efectos de la sequía, y también con las lluvias artificiales, que es una técnica en la que se está iniciando nuestro país y que, según la opinión de expertos que tienen fama mundial, nuestro país posee condiciones óptimas para el desarrollo de las lluvias artificiales.

Contra las dificultades que nos plantee la naturaleza lucharemos, porque esa, en definitiva, ha sido la historia del hombre: luchar por someter a su servicio las leyes de la naturaleza, luchar por dominar la naturaleza y ponerla a su servicio. Y eso forma parte también de la batalla de nuestro pueblo.

Pero para poder trabajar tan ampliamente, para que nuestro país pudiera proponerse metas altas, grandes propósitos, fue necesaria la Revolución, fue necesario el triunfo de la Revolución, y ha sido necesario defenderla; para que podamos plantearnos grandes tareas dieron su vida numerosos compañeros a lo largo del camino, dieron su vida en la lucha guerrillera, en la clandestinidad; en la Revolución triunfante, luchando contra bandidos, contra saboteadores, contra los imperialistas, millares de vidas que con su sangre preciosa hicieron posible la gran oportunidad de la patria. Para llevar adelante nuestra tarea, para ser ejemplo e inspiración de otros pueblos, para ser estimulo, para apoyar de manera solidaria y efectiva la lucha de otros pueblos, han sido necesarios los sacrificios que se han hecho.

Nuestros enemigos, los enemigos imperialistas, se hacen ilusiones. ¿De qué hablan últimamente? Pues hablan de disensiones internas. ¿Con motivo de qué? Con motivo del descubrimiento y el desmantelamiento de una conjurilla sin gloria, cuyos promotores hicieron pública confesión de arrepentimiento; con motivo de que la Revolución, velando por su prestigio, velando por el fortalecimiento necesario del espíritu revolucionario, haya puesto fin a ciertas actividades reblandecientes de gentes reblandecidas.

Pero la Revolución ni siquiera fue severa, ni siquiera fue rigurosa, no derramó para ello ni una gota de sangre. Puso fin a actividades que iban en detrimento del espíritu y de la conducta revolucionarios. Y, repito, lo hizo con generosidad.

Infortunadamente, entre ese número reducido de personas se encontraban algunos —muy poquitos— con evidentes méritos revolucionarios. No se les dio a todos un tratamiento igual, porque la Revolución trata más de ayudar, sobre todo cuando se trata de revolucionarios, o que han sido revolucionarios; no de aplastar, sino de ayudar, y las oportunidades nunca se las ha negado a nadie. Y estos problemas los trató con firmeza, pero con generosidad. Pero al hacer esto la Revolución, da precisamente prueba de su entereza y de su fuerza; da precisamente prueba de su celo y de su política sin privilegios para nadie.

Lo peor que puede ocurrirle a un proceso revolucionario es la tolerancia con las desviaciones revolucionarias o las faltas de los revolucionarios, porque el día que los revolucionarios comiencen a tolerarse unos a otros sus faltas empiezan a dejar de ser revolucionarios para comenzar a ser camarillas.

Y la historia de nuestro país conoce sobrados ejemplos de gentes que comenzaron siendo revolucionarios y terminaron siendo bandidos; que comenzaron en sus años mozos a luchar por determinados ideales, y terminaron millonarios. Recordamos también los primeros tiempos de nuestra república, cómo los imperialistas se esforzaron en corromper a nuestros mambises, como —de hecho— corrompieron a algunos de ellos, dándoles grandes extensiones de tierra, grandes latifundios, magníficos cargos en las administraciones de la industria azucarera. Y la Revolución debe velar para que la conciencia y el espíritu revolucionarios crezcan y se desarrollen. Que los que se queden atrás avancen, y que los que sean incapaces de avanzar no aspiren a que se les cuente entre las filas de la vanguardia revolucionaria (APLAUSOS).

Mucho es el sentido del honor que se ha desarrollado en este pueblo, mucho es el sentido de la dignidad, mucho es el espíritu del trabajo y de lucha, de estudio y de superación. Porque ya la Revolución no es obra de minorías, ya no es cosa de 10 ó 12 que se levantan en un rincón del país para defender una idea o una concepción; la Revolución es cada vez más ya obra de un pueblo entero. Y las virtudes de un pueblo son impresionantes, las virtudes de las masas son capaces de llevar a los hombres más lejos, y a actitudes más heroicas, que las que ningún grupo de hombres por sí mismos sea capaz de imponerse.

Lo hemos visto en los cañaverales en hombres que en la zafra entera trabajan 10 y 12 horas; lo hemos visto en algunas brigadas de trabajadores voluntarios cortando más caña que la que necesitarían cortar para recibir el salario del centro de trabajo de donde proceden. Porque cuando se planteó que los trabajadores voluntarios cortaran por lo que da la mocha, nos parecía a todos que eso era un gran avance. Y cuál no sería nuestra impresión cuando vimos que el batallón de los trabajadores azucareros no cortaba por lo que daba la mocha, y sencillamente porque por lo que da la mocha cobrarían el doble de lo que están cobrando, puesto que ellos devengan salarios de cuatro pesos y pico, cinco pesos, o algo más de cinco pesos, como trabajadores en los centrales, y estaban cortando caña suficiente para recibir, 8, 10 y 12 pesos.

Pues bien: esos trabajadores habían superado una consigna. Y si la consigna de cortar por lo que daba la mocha era una consigna revolucionaria, estos trabajadores habían llegado al punto en que no querían cobrar por lo que daba la mocha, porque les parecía que era más revolucionario cobrar lo que venían percibiendo en su trabajo.

Y esa es una actitud impresionante, típicamente comunista, del hombre que da de sí todo lo que puede y aspirar a recibir lo que necesita. Es lógico que no es esta la actitud —ni puede ser todavía—, la actitud de una mayoría de la población. Pero es realmente alentador, estimulante, ver cómo de una manera espontánea cientos de hombres reaccionan de esa forma.

y cuando nosotros hablábamos con aquellos obreros y recordábamos el pasado, nos decíamos: por cuánto un hombre en el pasado habría hecho esto, por cuánto un solo ciudadano de este país habría ido a limpiar voluntariamente una caña, habría ido a cortar voluntariamente una caña, cuando la caña no era del pueblo, cuando la caña era de un monopolio yanki, cuando la caña era de un latifundista. ¡No 10, ni 100, ni 100 000, un solo ciudadano no habría ido en este país, y es posible que un solo ciudadano no fuese jamás a cortar una caña por su espontáneo deseo!

Y en esta quincena, cientos de miles de ciudadanos se movilizaron para cortar, o para sembrar, o para limpiar la caña, o para realizar cualquier otro trabajo agrícola (APLAUSOS). ¿Y qué demuestra esto, qué demuestra esto? Lo demuestra con el número, lo demuestra con la cantidad, qué es el socialismo, cómo se incorporan las masas cada vez más. Ya son cientos de miles y llegará un día en que serán millones; porque llegará un día en que el trabajo se verá como debe verse, cuando entre el hombre y los frutos de su trabajo, entre el hombre y su trabajo no se interponen los explotadores, no se interponen los saqueadores, no se interponen los privilegiados, que hace que el hombre en una sociedad capitalista llegue a ver el trabajo como un castigo, llegue a ver el trabajo como una maldición.

Ya nuestro pueblo, en solo siete años y tanto de Revolución, ve cada vez el trabajo como la actividad más noble, como la actividad más honrosa, como una condición esencial de la vida. Hace apenas siete años había quienes se avergonzaban de trabajar, y había quienes se enorgullecían de no haber trabajado nunca, y los había quienes se daban golpes de pecho y pasaban en la sociedad por inteligentes, por listos, porque nunca habían trabajado.

Y hoy, al igual que no nos encontramos un niño pordiosero, ni un viejo pordiosero, al igual que no nos encontramos ese cuadro de hombres mendigando, tampoco nos encontramos un solo hombre ya en este país que se atreva a hacer alarde de ser un parásito, de ser un vivo, de ser un vago (APLAUSOS).

Y lo que observamos en los hombres y en las mujeres y hasta en los niños, es ese sentimiento de intima satisfacción, de íntimo orgullo, de sentirse capaz de crear y de producir; ese sentimiento del honor que les haría ver, como la mayor deshonra, que sus semejantes lo considerasen un parásito, o un vago.

El vago ocupaba en el pasado un sitial de honor en la sociedad cubana. Hoy ese sitial de honor lo ocupa el hombre que trabaja, lo ocupa el trabajador. Y eso ha significado la Revolución: un profundo cambio en las instituciones; pero un cambio más profundo en las ideas, un cambio más profundo en las conciencias.

Y ese cambio se ve, se palpa a lo largo y a lo ancho de la isla, ¡y es una fuerza! Porque las ideas, en un determinado grado de su desarrollo, se convierten en una fuerza real. Y en nuestro país la dignidad, el honor, la conciencia revolucionaria, se han convertido en una fuerza impresionante que se palpa en cualquier rincón del país.

Nuestras instituciones revolucionarias se desarrollan, nuestro Estado revolucionario supera sus deficiencias, nuestra administración se hace más eficiente, nuestro Partido se hace cada vez una vanguardia más aguerrida, nuestras instituciones armadas se hacen cada vez más eficientes y más disciplinadas. Nuestras organizaciones de masa crecen y se fortalecen.

Y eso se vio a raíz del repugnante asesinato de los dos compañeros de la empresa aérea de nuestro país; cómo aquel hecho repugnante movilizó a todo el pueblo; cómo las organizaciones de masa, la ciudadanía entera, se dedicó a la tarea de localizar y capturar al miserable asesino (APLAUSOS). Y eso es lo que significa un pueblo consciente, un pueblo militante, un pueblo revolucionario.

¡Y qué dos mundos tan distintos, y qué dos gentes tan distintas son las gentes revolucionarias y las gentes contrarrevolucionarias o insensibles!

Nosotros en días pasados vimos ejemplos que nos hacían ver con una claridad impresionante esa diferencia. La veíamos en aquellos trabajadores que cortaban caña 12 horas diarias, y pensábamos que aquellos hombres eran los que en el pasado hacían cola en los cañaverales, ¡cola en los cañaverales!, para cortar caña. No pueden ser esos los que hagan cola en Varadero para marcharse a Estados Unidos.

Porque los que supieron lo que era trabajo, los que supieron lo que era miseria, los que supieron lo que era desprecio, humillación y explotación, son los más habilitados para comprender la Revolución.

Y también un día que visitamos los lugares de Oriente donde nacimos, concretamente el batey donde nacimos, y nos encontramos debajo de un algarrobo 55 jóvenes campesinas recibiendo un curso para maestras —eran campesinas que estaban en 6to grado ya—, cuando pregunté por aquel curso, nos explicaron los compañeros de Educación de Oriente que esas campesinas iban a sustituir a un número de las maestras que se marchaban; se veía en aquellas campesinas que habían sabido de trabajos duros, que habían sabido tal vez de hambre en su más pequeña infancia; pero también se veía en el rostro de aquellas muchachas una determinación y un espíritu, una voluntad indomable, una decisión de cumplir su tarea.

Y pensábamos: esos que se marchan tal vez fueron de los que nunca pasaron trabajo, de los que nunca anduvieron descalzos; de aquella parte de la sociedad que recibió siempre más, que recibió siempre la mejor parte; aquella parte de la sociedad que no le faltó nunca nada, que fue sostenida por esa parte del pueblo abnegada que cortó caña durante 50 años, que vivía en los barracones, que andaba descalza. Y son esos los que van a ocupar el lugar de los que recibieron más, de los que recibieron lo mejor.

Y a nosotros nos impresionaba ver al pueblo como se enfrenta a sus enemigos, ver a aquellas campesinas preparándose para ocupar el puesto de los que desertan. Y nos impresionaba.

Pensábamos en nuestros veinte y tantos mil maestros, y no nos preocupaba el futuro. ¡La clase de maestros que estamos formando y que empiezan a estudiar en las montañas, y que no tardarán mucho en ingresar en masa todos los años en nuestros cuerpos de maestros, donde hay muchos —por cierto— muy buenos, muchos y muy buenos. Que podemos decir de nuestros maestros que en la Revolución se han superado considerablemente.

Pero veíamos aquel hecho, y más adelante, en la Punta de La Farola, que es la loma más alta de la carretera de Guantánamo a Baracoa, nos encontrábamos una maestra Makarenko, de las que acaban de graduarse, que trabaja por la mañana, por la tarde y por la noche; que tiene más de 50 alumnos en aquella escuelita en el pico de la loma; y que por la noche da clases a 15 adultos. En total: 70 alumnos. Es una maestra del primer contingente que se gradúa, de aquellos que empezaron a estudiar para maestros a raíz de la campaña de alfabetización y que comenzaron por las Minas del Frío y por Topes de Collantes; una maestra con 70 alumnos, en la punta de la loma más alta, trabaja mañana, tarde y noche.

Y le preguntamos si había muchos más compañeros de ella por aquellas regiones, y nos dijo: “En estas montañas hay 32, y algunos están en sitios a 20 horas de camino de este punto”. Ya nuestros nuevos contingentes de hombres y mujeres formados en la Revolución avanzan e invaden los lugares más recónditos del país; nuestros médicos, nuestros maestros y nuestros técnicos agrícolas. Y no está lejano el día, otros cinco años que transcurran, y esos técnicos se podrán contar por decenas y decenas de miles, que van con su entusiasmo juvenil, con su nuevo espíritu, a transformar la patria.

Y esa es la verdad y la realidad de nuestra Revolución.

¡Nunca, señores imperialistas, la Revolución ha estado más fuerte y más unida! (APLAUSOS). Nunca la Revolución contó con lo que cuenta hoy: un partido de vanguardia que surge de las masas, de lo mejor de nuestras masas, que acumula experiencias, y cuyo trabajo se hace cada vez sentir más y más a lo largo y ancho del país; un partido que aglutina a los mejores trabajadores, a los mejores combatientes; un partido que es hoy una fuerza que no contó la Revolución en sus primeros tiempos, fruto de siete años de trabajo, de sacrificios, de éxitos, de reveses, en fin, de lucha, de vida.

Ilusiones que se hacen, ¡infantiles ilusiones! Las medidas tomadas por la Revolución no han hecho sino fortalecerla, y no hemos hecho ninguna purga; algunos se autopurgaron —son unos poquiticos—, y otros no han sido purgados, sino en todo caso disciplinados, y son unos poquitos. Y con ello la Revolución gana en respeto, la Revolución gana en confianza ante las masas, en prestigio ante las masas.

Pero comprendemos que nuestros enemigos se hagan estas ilusiones, porque si no se hacen esas ilusiones, ¿qué le queda al imperialismo? Como diría cualquier campesino de nuestro país, “no le queda más que el casco y la mala idea”.

Han transcurrido cinco años de Girón, y no han transcurrido en balde. No se ha perdido el tiempo, y el tiempo que se haya perdido no ha sido por dejadez de nadie; en todo caso, cuando se ha perdido el tiempo ha sido por ignorancia. Si los revolucionarios no han hecho más es porque no han podido hacer más o porque no han sabido hacer más; pero los revolucionarios hemos estado tratando de hacer todo lo que hayamos podido y haciendo todo lo que hayamos sido capaces de hacer. Y en estos años hemos acumulado dos cosas: hemos acumulado experiencia y hemos acumulado fuerzas (APLAUSOS).

Y nuestro reto al imperialismo es más desafiante que nunca en esta lucha entre nuestra Revolución y la contrarrevolución imperialista. ¡En este reto entre nuestro pequeño país y el poderoso imperialismo, no hay tregua, no hay descanso, no hay arreglo ni conciliación posible! (APLAUSOS) En este desafío de los hombres y mujeres revolucionarios, que son más que suficientes en este país para llevar a cabo la gran tarea, cuyas filas son más fuertes, porque los débiles abandonan la marcha, los débiles van quedando en el camino, los débiles van quedando del lado de allá.

Estos siete años han sido siete años de selección. Los que caminan largo y caminan bien, los macheteros largos en esta larga zafra revolucionaria, permanecen en sus puestos; los débiles van quedando, la basura se quedó atrás, el imperialismo fue recogiendo todo lo peor de este país (APLAUSOS); no quedó un vago, no quedó un parásito, no quedó un pillo, no quedó un banquero de bolita, no quedó un sinvergüenza en este país que los imperialistas no hayan recogido amorosamente con los brazos abiertos. Con lo peor se quedaron ellos —¡qué les aproveche!—, con lo peor, con los que no son dignos de llamarse hijos de este pueblo, con los que no son dignos de llevar el nombre de cubanos. Porque Cuba, su historia y su nombre, no se escribió con traidores, no se escribió con vendepatrias. No escribieron la historia de la patria los que en las guerras de independencia pelearon junto a los españoles; no escribieron la historia de la Revolución los que en las luchas contra la tiranía sirvieron a los enemigos del pueblo.

No escriben la página más hermosa de la historia de nuestra patria —la más hermosa que le ha tocado escribir nunca— los mercenarios que desembarcaron en Girón: ¡La escribieron los que murieron en Girón defendiendo la patria! (APLAUSOS), ¡la escriben los que, como en Girón, no vacilan en empuñar las armas!, ¡la escriben los patriotas, la escriben los revolucionarios!

Todos los parásitos y los vagos, los ladrones y los explotadores, los vendepatria que se refugiaron en la entraña imperialista, en la entraña del monstruo de que habló Martí, esos tienen allá sus panegiristas, esos tienen allá sus alabarderos, que son los mismos que les pagan. Porque los imperialistas son tan repugnantes en su condición moral, que elogian la traición, que elogian el crimen. Si hay sujetos miserables, como el Betancourt ese, que sin importarle 60, 80 ó 100 pasajeros, quienes incluso pudiéndose marchar legalmente, o pudiéndose marchar en cualquiera de los viajes que hacía al exterior, no vacilan en poner en peligro la vida de casi 100 personas, por presentarse allí ante los imperialistas con un avión robado y con dos cadáveres, seguros de que allí el crimen es premiado, seguros de que allí la traición es premiada.

Porque lo que los imperialistas han hecho es ir tocando en todas las puertas de cuanto funcionario, de cuanto ciudadano ha salido de este país, para sobornarlo, para corromperlo, para hablarle con lenguaje amenazante, a la vez que con lenguaje seductor, para decirle por un lado que la Revolución no tiene porvenir, y para ofrecerle por otro lado, miles de pesos. Y va tocando en las conciencias, para probar todos aquellos que tienen flojas las piernas, para sobornar, instigar a la deserción y a la traición.

Y en esa tarea los imperialistas han invertido millones de pesos. Cientos de agentes de la CIA en todo el mundo se dedican a eso. Pues bien: los de piernas flojas ¡que se larguen! Nuestro deber, desde luego, es encontrar hombres de piernas fuertes, seleccionar hombres firmes, revolucionarios; no enviar al exterior, bajo ningún concepto, a ningún blandengue, a ningún pepillito burgués (APLAUSOS). A esos pepillos blandengues que no saben lo que es pasar trabajo los compran los imperialistas para desprestigiar a nuestra patria, para hacer creer en el mundo que los hombres de este país son como los hombres de esta calaña, para hacer creer que los hombres de este país son como los invasores de Girón, para ocultar ante el mundo la verdad de nuestra historia, de nuestro pueblo, de este pueblo que con una entereza ejemplar se enfrenta al peligro, se enfrenta a las dificultades, vive su mejor hora y escribe su mejor página (APLAUSOS).

Los imperialistas no han podido ni podrán derrotarnos, no han podido ni podrán vencernos, por ningún medio, por ningún camino, pero tratan de encontrar desquite a su resentimiento, a su frustración y a su odio, tratando de desprestigiar a nuestra patria, de desprestigiar a nuestro pueblo. Pero nosotros sabemos que hay dos pueblos —eso lo dijimos cuando el juicio del Moncada. Qué entendíamos nosotros por pueblo, qué era el pueblo, le dijimos entonces, cuando estábamos allí siendo juzgados en el cuarto de un hospital, prácticamente de un modo clandestino. Porque sabíamos, desde que comenzamos esta lucha, que eso de llamar pueblo a todos era una falsedad; que pueblo no podían llamarse los privilegiados, los explotadores, los que lo tenían todo en este país; que el verdadero pueblo, el verdadero pueblo capaz de luchar contra Batista y contra 100 Batistas juntos, eran los hombres humildes del pueblo, los trabajadores, los obreros, los campesinos, los estudiantes, la gente más sana, más abnegada y más sacrificada de este país.

¡Y ese es el pueblo que entendió la Revolución! ¡Ese es el pueblo que nutrió las filas de la Revolución! ¡Ese es el pueblo que hizo la Revolución, la lleva adelante y la defiende! ¡Y ese pueblo es la mayoría de la nación!

Los imperialistas cuentan los que se van, pero no quieren contar los que se quedan (APLAUSOS). Y el hecho de que dejemos irse a los que quieran no es sino la confirmación de la fe que siempre tuvimos en el pueblo, desde el primer momento, esa fe que no ha sido nunca defraudada ni lo será, que nos da la seguridad que dejando marchar a los que quieren salimos ganando, y que nos da la seguridad de que saliendo de este país los que carezcan de actitudes para vivir en esta patria en esta hora, aquí permanecerá la inmensa mayoría del pueblo, los que saben sentir el llamado de la patria, la honra de la patria, el orgullo de la patria y de la Revolución.

Y cuando decimos patria, no decimos la patria de los cubanos sino la patria de la Revolución Cubana (APLAUSOS). Y cuando decimos Revolución Cubana hablamos de la revolución de América Latina (APLAUSOS). Y cuando hablamos de la revolución de América Latina hablamos de la revolución en escala universal (APLAUSOS), la revolución de los pueblos de Asia, de Africa y de Europa (APLAUSOS). Porque aquí, como un símbolo de lo que esta Revolución representa, y de lo que representan las revoluciones de otros pueblos heroicos, tenemos una representación del heroico pueblo de Corea (APLAUSOS), cuyo formidable dirigente, el camarada Kim Il Sung (APLAUSOS), envió en el día de hoy un efusivo mensaje de solidaridad con motivo de la victoria de Girón. Kim Il Sung, uno de los más destacados, brillantes y heroicos dirigentes socialistas del mundo actual (APLAUSOS), cuya historia —y tal vez porque es dirigente de un país pequeño no sea suficientemente conocida— es una de las más hermosas que pueda haber escrito un revolucionario al servicio de la causa del socialismo.

Para nosotros ese mensaje de solidaridad tiene un valor extraordinario, porque Corea, al igual que el heroico pueblo de Viet Nam (APLAUSOS), sabe lo que son las garras imperialistas. Y ese pueblo coreano, al igual que hoy Viet Nam, se enfrentó heroicamente a los ejércitos del imperialismo yanki propinándoles severas derrotas.

Esos pueblos, Corea y Viet Nam, son dos países en los cuales nuestra patria tiene buenos ejemplos que imitar; pueblos heroicos, partidos heroicos, que se han enfrentado, a pesar de su pequeña dimensión geográfica, contra el monstruo imperialista, y han escrito páginas extraordinarias de heroísmo.

No es que le neguemos a ningún pueblo su heroísmo. Muchos son los pueblos heroicos, grandes y pequeños; pero nosotros tenemos que ver naturalmente con grandes simpatías a aquellos hombres que en determinada hora enseñaron a los pueblos del mundo que, independientemente del tamaño, es posible luchar contra los imperialistas, y es posible resistir las agresiones de los imperialistas. Los imperialistas son cobardes, les gusta ensañarse contra los pueblos pequeños, a la vez que tiemblan ante las posibilidades de chocar con pueblos grandes.

Si en Estados Unidos hay muchos senadores, muchos dirigentes que hablan todos los días de agresiones a Cuba, de invasiones a Cuba, es porque se imaginan que aquí se van a “comer un jamón”. Y en realidad, no nos interesa persuadirlos de otra cosa. Nosotros sabemos que las agresiones no se derrotan con palabras sino con hierros (APLAUSOS). Nosotros sabemos que no vamos a ahorrarnos peligros de invasión asustando a los imperialistas, y que los peligros de invasión, o las consecuencias de cualquier invasión, los afrontamos preparándonos, ¡preparándonos! Y nosotros no nos dejaremos de preparar un solo minuto.

Decía que no había suficiente cemento, que son muchos los recursos que necesitamos, pero, sin embargo, el país no escatima los recursos que dedica a la defensa, no escatima los recursos que dedica al fortalecimiento de la Revolución. Y por eso decía que no pretendemos asustar a los imperialistas, porque sería ridículo, y que no es con el ánimo de asustar si digo que aquí lo que se van a encontrar es un hueso muy duro de roer (APLAUSOS). Eso lo sabemos, porque tendrán que enfrentarse a un pueblo entero en todas partes, ¡en todas partes! (APLAUSOS.)

Porque si los imperialistas creen que con toda la plaga de parásitos que tienen allá van a echar a andar este país, ¡no! Si creen que con eso van a cortar la caña de este país, y echar a andar sus transportes, sus industrias, sus minas y su agricultura con esos que nunca sudaron la camisa, ¡no! Cuando traigan toda la plaga esa, suponiendo que llegaran, suponiendo que entraran, suponiendo que tuvieran una piedra entera donde sentarse (RISAS), suponiendo eso, después encima les dirían a los yankis: “Bueno, mándennos criadas ahora.” Porque el día que los tuvieran aquí instalados en unas casas que deben ser imaginarias, encima les pedirían unas criadas, porque nunca han sudado la camisa.

¡Ah!, pero los que cortan caña, los que trabajan, los que crean con sus manos, los que hacen marchar con su trabajo este país, todos esos, todos, estarán con un hierro en la mano (APLAUSOS), pero un hierro no para trabajar para los imperialistas, sino para matar imperialistas (APLAUSOS). Y aquí, si los imperialistas ponen un pie en este país, el primer decreto será aquel decreto, como el de Bolívar, que declaró la guerra a muerte al enemigo. Y no quedará cabeza sana de imperialista al alcance de nuestras manos (APLAUSOS). Pilotos que bombardeen aquí, pilotos que tiren una bomba en este país (EXCLAMACIONES), pilotos que tiren una bomba en este país, que se hagan el “hara-kiri” en el aire, que se hagan el “hara-kiri” en el aire, porque no van a durar ni tres minutos en tierra (APLAUSOS). Si los imperialistas bombardean un día este país, si los imperialistas ponen un pie en este país, sepan que no habrá imperialista prisionero, sepan que no quedará títere con cabeza (APLAUSOS); el primer decreto será como el decreto de Bolívar en la lucha por la independencia: el de guerra a muerte contra todo enemigo imperialista o títeres imperialistas que pisen esta tierra (APLAUSOS).

y hoy al cumplirse el V aniversario de Girón, cuando venimos aquí a recordar la victoria y a rendir tributo de recordación a nuestros muertos, hoy, ningún día mejor que el de hoy, para decirles a nuestros enemigos lo que les espera, y que la generosidad de Girón no se repetirá (APLAUSOS), ni con invasores mercenarios, ni con invasores imperialistas, porque nosotros no queremos guerra, no queremos la destrucción de nuestras riquezas, no queremos la destrucción del fruto de nuestro trabajo, pero que cuando nos toquen un pelo, un solo pelo, tendrán que matar hasta el último ciudadano revolucionario de este país (APLAUSOS), porque para nuestros enemigos no habrá seguridad, ni habrá tregua, ni habrá consideración de ninguna clase (APLAUSOS), porque sabemos que a los piratas hay que tratarlos como piratas, a los bandidos hay que tratarlos como bandidos.

Y somos un país pequeño, pero contra este país, contra su dignidad, contra su entereza... Este país que es el primero en conquistar la verdadera independencia, vanguardia de América, ejemplo de todos los demás pueblos de este continente; este país que, desafiando al imperialismo y a todo su poder, avanza hacia adelante, lo hace porque está dispuesto a hacerlo, porque está dispuesto a seguir adelante, porque está seguro de que seguirá adelante, porque nadie nos lo podrá impedir. Y si nos atacan, contra esa entereza y contra ese heroísmo se estrellarán. ¡Porque antes, mártires como los de Girón; esclavos de nadie!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

(OVACION)
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