“¡No seré un Dictador!”
La revolución es joven todavía y nosotros somos jóvenes probando nuevas ideas en un país que ha estado dominado por tradiciones casi feudales durante los últimos 400 años.  Por primera vez durante siglos, las masas de cubanos, millones de ellos, sienten que se está haciendo algo para ofrecerles la oportunidad de elevar sus niveles de vida.
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Una pregunta que parece preocupar a los estadounidenses serios ante un régimen revolucionario en cualquier otro país es la siguiente: ¿Será una dictadura?

Por mi parte, puedo decir que no soy un dictador y no pienso convertirme en dictador.  No mantendré el poder con ametralladoras.

La revolución es joven todavía y nosotros somos jóvenes probando nuevas ideas en un país que ha estado dominado por tradiciones casi feudales durante los últimos 400 años.  Por primera vez durante siglos, las masas de cubanos, millones de ellos, sienten que se está haciendo algo para ofrecerles la oportunidad de elevar sus niveles de vida.

El trabajo más duro todavía está por delante.  Es mucho más fácil lograr una victoria en la guerra que ser victorioso en la paz, y mi trabajo más difícil es educar al pueblo cubano a mantener su nuevo espíritu de orgullo, esperanza y patriotismo en un elevado nivel.

Sumido en este empeño, pienso que podré evitar la trampa en la que caen muchos reformistas, aún con buenas intenciones.

¿Corrompe el poder?

La primera pregunta que me hizo cuando nos conocimos fue si yo pensaba convertirme en dictador.  En aquella ocasión, principios de enero, todavía ni siquiera había llegado a La Habana y ni siquiera había pensado en ser Primer Ministro, realmente no pude considerar muy en serio aquella pregunta.   

Pero usted hizo una pregunta incluso mucho más perspicaz; me preguntó si esta victoria sobre el viejo régimen me haría desear aferrarme al poder.   
Le respondí de la única forma en que podía hacerlo en aquel momento, y que aún se mantiene.

Los hombres no conforman su destino.  El destino crea al hombre para el momento preciso.  No pretendo una gran fortuna ni el prestigio que pueda traer una vida espléndida.  Nací en el seno de una familia  acomodada.  Mi padre fue un hacendado azucarero de éxito.

De modo que no es el amor al dinero o al poder lo que me motiva.   

Lo que sí me inspira a dar lo mejor de mí por el pueblo cubano es el amor que siento por ellos y el amor que ellos sienten por mí ahora.

En mi casa solía escuchar a los sirvientes y sus problemas eran míos.  En aquel entonces les dije: "Algún día, veré que todos ustedes tengan zapatos.”  ¿Cuántos hombres han tenido la oportunidad de ver sus sueños de infancia convertidos en realidad?  Eso es lo que quiero hacer por el pueblo cubano, proporcionarles las mismas cuatro libertades que Franklin D. Roosevelt proclamó.

Sé perfectamente bien que las masas pueden ser cambiantes.  Con el trastorno que ocasionó en la economía cubana la corrupción y el desfalco de Batista y los ajustes revolucionarios que estamos haciendo para elevar los niveles de vida, enfrentamos muchas dificultades.  Vendrán tiempos muy difíciles antes de que podamos resolver todos nuestros problemas económicos.  Sé que las personas que hoy me quieren podrían volverse contra mí más adelante.  Espero que podamos realizar rápidamente la mayor parte de nuestro programa revolucionario, antes de que se detenga.

Y cuando el pueblo decida que no me quiere más, me iré.

Fin.

SOBRE CÓMO SURGIÓ ESTA HISTORIA: A principios de enero pasado, cuando Fidel Castro lideraba su ejército revolucionario en la Sierra, una corresponsal estadounidense, Ruth Lloyd, lo siguió por las selvas y pantanos cubanos para hacerle una pregunta: ¿Si usted gana el poder, será un dictador?

Castro respondió que no.  Dos semanas después Fidel entró victoriosamente en La Habana.  La señora Lloyd decidió repetir su pregunta y obtener una respuesta por escrito.  Ella corrió detrás del nuevo Primer Ministro durante varios días y lo siguió a todos los lugares adonde fue; sobrevivió a un aterrizaje forzoso en helicóptero.  Al fin, una mañana, a las cuatro a.m., Fidel encontró tiempo para dictarle en una grabadora.  Al mediodía él leyó y editó el manuscrito mecanografiado, luego escribió rápidamente su firma a todo lo largo del texto (véase arriba).