Un amigo bueno y un maestro siempre
مصدر
Periódico Granma
التاريخ

Una escuela-teatro abrió sus telones al público para convocar a dos imprescindibles de la historia Patria: desde la calle Paula hasta Birán; desde Playitas de Cajobabo hasta el desembarco del yate Granma. Los niños de La Colmenita les esperaban para celebrar. Mo­mentos antes los amigos presentes, al verle llegar, alzaron sus voces para nombrar al hijo predilecto del Apóstol, y entre palmadas infinitas se escuchó su nombre, el de la lucha infatigable contra el oprobio del mun­do, el del rombo aupado de laureles, el nombre de ¡Fidel!
 
En ese instante, millones de cubanos can­taron a los 90 años. ¡Felicidades, pa­dre!, gritó una voz enronquecida al gigante que asistió abrigado del blanco de la paz y el verde de la esperanza. La calidez pobló el lugar lo suficiente como para que una joven pareja se abrazara, se acariciara el rostro es­pantando los restos de humedad, y las puertas del aula invitaron a los espectadores en la voz del di­rector, Carlos Alberto Cremata.
 
A la fiesta asistieron el General de Ejército Raúl Cas­tro Ruz, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros; el mandatario de la República Bolivariana de Vene­zuela, Ni­colás Maduro Moros; dirigentes del Partido, el Es­tado y el gobierno y compañeros de disímiles luchas; de las organizaciones políticas y de ma­sas; moncadistas y expedicionarios del Gran­ma; Héroes de la República de Cuba y del Trabajo y también una representación de todo el pueblo cubano.
 
De pronto, la profesora abracadabra, convidó a penetrar por los senderos martianos, y los pequeños colmeneros descifraron los apotegmas que en­señan la belleza del alma y el valor de agradecer, de ser bueno. Cada agasajo al cumpleañero se convirtió entonces en una lección de vida, una prueba de su amor insondable por el ser humano, de sus batallas contra los desmanes de la naturaleza y las certezas de que estaría al lado de su pueblo con el fusil y el lápiz al brazo, otros 90 años, si se lo ­permitieran. Fue así que fragmentos del documental Mi hermano Fidel, del realizador Santiago Álvarez; las canciones antológicas de la Revolución —acompañadas de los arpegios de Pancho Amat—, y los fragmentos de Abdala, preludiaron la solemnidad en ascenso de la escuela-teatro que entonó en firme las notas del Himno Nacional.
 
El homenajeado, en ademanes tan su­yos, tocó su barba en momentos de cenit; acomodó su dedo índice en el lado izquierdo de la frente; dialogó con su hermano Raúl y con Maduro y sorprendió a todos cuando en medio de la clase hizo llamar a una pequeña para conversar con ella, y soplarle quizá al­gún consejo al oído, como tantas veces hizo a los niños y jóvenes cubanos. Ante sí, estaban los menudos destellos que hacen grande a una Re­volución, y a los que se sumaron, por la puerta grande, algunas de sus luces más fe­cundas: Omara Por­tuondo, la Novia del Fee­ling; Eu­sebio Leal, e imágenes de Silvio Rodríguez con su himno de victoria, invitándonos a creer en los que aman y luchan.
 
El historiador de La Habana respondió a los niños y llamó a Fidel “el amigo”. Y le dijo maestro. “Un amigo bueno y un maestro siempre. Cualquier cosa que le preguntemos va a respondernos, porque él siempre se prepara bien… Él conoce. Lee mucho. Conoce de literatura, de poesía, de arte, de historia, y es al mismo tiempo al­guien muy humano, alguien que sabe acercarse al corazón de los demás. Y dice siempre la verdad”, esgrimió.
 
Otra lluvia de felicidades inundó el lugar,  junto a un público de pie que también clamó por Cuba. Nadie quedó sin saludar a Fidel, porque todos —desde su asiento en casa o en las filas de la clase— vibraron a 90 pulsaciones por segundo. Mientras, se despedía sereno, feliz entre los amigos, como un hombre dichoso que recuesta su cabeza en la almohada, seguro de que solo ha sabido hacer el bien al mundo entero. Y el mundo lo agradece, y lo contempla orgulloso.