Aquel 2 de diciembre
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Boletín Revolución
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Unos fuertes golpes dados apresuradamente en la puerta de la calle, me despertaron sobresaltada. Había llegado la noche antes de Santiago de Cuba y aún me sentía fuertemente impactada por los días de profunda e intensa emoción vividos allí. Detrás quedaba la heroica capital oriental, bajo el toque de queda, con sus calles silenciosas por donde solo transitaban los vehículos tripulados por marinos, soldados, policías de la dictadura, dispuestos a abrir luego sobre todo aquel joven que le pareciera sospechoso de haber participado en alzamiento del 30 de noviembre, una de las proezas más gloriosos de esta nueva etapa de lucha por la libertad denitiva de la patria; luego vendrían otras asombrosas hazañas que entonces ni siquiera intuíamos. Aunque la ciudad estaba aparentemente tranquila y parecía controlada por los refuerzos enviados por Batista, en entre ellos el coronel Pedro Barrera Pérez, jefe de las tropas especiales, que llegó con aires altaneros, estaba muy lejos de imaginar que tras aquellas casas silenciosas y tranquilas se refugiaban muchos de aquellos valientes jóvenes que desaaron el poder tiránico. En la mañana de aquel 2 de diciembre de 1956, cuando la dueña de la casa le franqueó la entrada a quien tocaba de aquella manera, esta le comunicó nerviosamente la noticia del desembarco que tuvo lugar por playa Las Coloradas, en Belic, Niquero, más exactamente en Los Cayuelos. Inmediatamente salté de la cama, me vestí, pensando que solo podía ser Fidel Castro, cumpliendo la promesa que había hecho al pueblo de Cuba y que fue publicada por la prensa de la época. Tenía que llegar a Niquero. Con el pretexto de que toda mi familia  estaba allí, me trasladé hacia mi pueblo. Tenía la intención de buscar la manera de ser útil a los expedicionarios. ¿Qué iba a hacer? En ese momento ni yo misma lo sabía. Llegué y traté de conocerla situación, había muchas noticias contradictorias y prácticamente ninguna posibilidad de tomar el camino de Belic, y mucho menos de contactar con los expedicionarios. Estaba implantado el toque de queda y después de las seis de la tarde no se podía andar libremente por las calles. A solicitud del jefe del puesto de la guardia rural de Niquero, segundo teniente Aquiles Chinea Álvarez, estaban arribando en largas caravanas de vehículos de todo tipo, refuerzos procedentes de Manzanillo, Holguín, Santiago de Cuba y de otros lugares cercanos. En ese tiempo había en mi pueblo una pequeña guarnición de 13 a 15 efectivos, bastante viejos ya, que jamás hubieran podido hacer frente a los expedicionarios. Los días posteriores al 2 de diciembre fueron de gran tensión, vivía pendiente de las informaciones, sabía que aquellos aguerridos jóvenes aún estaban en  
las zonas. El cerco tendido por el ejército batistiano y el desconocimiento de esta no les permitía avanzar. El día 5 recibimos la más cruel y angustiosa de todas las noticias. Los expedicionarios habían sido localizados y cercados en el lugar conocido por Alegría de Pío. ¡Qué contradicción! Los casquitos los tenían rodeados en un bosquecito ralo y le prendieron fuego al cañaveral a n de hacerlos salir. ¡Cuánto horror, cuánto dolor! Y cuánta impotencia sentí en ese momento. Todos conocen lo sucedido allí, narrado magistralmente por el Che. En los días posteriores, a medida que fueron localizándolos, las tropas batistianas, entre las que se encontraba el teniente de inteligencia naval Julio Laurent Rodríguez, que dirigió y consumó él mismo el asesinato de  
los expedicionario en Boca de Toro, Pozo Empalado, Macagual, y el último fue Juan Manuel Márquez el día 15 en la finca La Norma, cerca de Medialuna. Días después trajeron los cadáveres de varios revolucionarios, que fueron tirados en el cementerio de Niquero. Recibí la orientación de ir allí y vericar si entre los caídos estaban Fidel y Raúl. La impresión de aquellos rostros no la olvidaré jamás. Golpeados, masacrados, semidesnudos, algunos tenían  
quemaduras alrededor de la boca por la savia de la frutabomba verde que habían ingerido, asesinados fría y cobardemente, les habían robado todo lo que traían de valor. En el cementerio acontecían escenas desgarradoras. A medida que los familiares arribaban desde distintos lugares del país, identicaban a sus seres queridos. Recuerdo a la familia de Andrés Luján Vázquez, que era de Manzanillo. Recogieron su cadáver, aunque después solo permitieron que el padre acompañara su entierro para impedir que la gente de su pueblo natal asistiera y lo convirtiera en una acción de protesta contra el régimen. También me viene a la mente el doctor Hirzel, su hijo Santiago se encontraba entre los muertos y prerió que fuera enterrado junto a sus compañeros de lucha. Fue  
muy triste contemplar el cadáver de Ñico López, aquel gigantesco muchacho que después de muerto lo habían arrastrado amarrado a las ancas de un caballo hasta el lugar donde estaba la camioneta en que los condujeron a Niquero y había dejado en el camino porciones de la masa encefálica, conjuntamente con fragmento de los huesos de su cráneo. Allí, ante aquel espectáculo dantesco, mis lágrimas y compasión se trocaron en rabia, en un odio profundo contra aquellos que habían tronchado las vidas de aquellos jóvenes puros, iluminados y guiados por ideales superiores de independencia y justicia social, tan necesarios a nuestra sufrida patria. Pero en el medio de aquel horror, surgió la esperanza: entre los muertos no estaban Fidel ni  
Raúl. En mí se aanzó la convicción de que no serían hechos prisioneros, la Revolución seguiría adelante y al final el triunfo sería nuestro. Desde el fondo del corazón se elevó un callado juramento: luchar con todas mis fuerzas hasta las últimas consecuencias por hacer realidad aquellas promesas expresadas por Fidel en su histórica defensa y que tanto me impactaron cuando las leí por primera vez. Luego de estar dos días expuestos los cadáveres en el camposanto, se pretendía por los militares hacer una larga fosa común y cubrirlos con cal viva para que no quedara ni rastro de ellos. Esa noche fui a ver a Mario Espinosa, alcalde de Niquero en ese momento y gran amigo de la familia. Vivía al fondo de la casa. Él tenía varios hijos varones y llorando en el  
nombre de ellos le rogué que no permitiera esa infamia. Aunque era miembro del Partido Liberal, por el que lo habían elegido alcalde, tenía buenos sentimientos.

Le exigió al administrador del central Niquero que pusiera los ataúdes para enterrar a aquellos jóvenes y no consintió en que el ejército batistiano llevara a cabo aquellos perversos planes. Quedaron allí hermanados en la muerte los que lo habían estado en la vida por los lazos, más formes: el de los ideales. Posteriormente fueron tomados prisioneros por el segundo teniente Aquiles Chinea Álvarez y por el doctor Valencia, Juez de Niquero, en malas condiciones físicas, dos expedicionarios del Granma y conducidos al pequeño vivac de la policía de la zona. A través de un viejo policía, conocido nuestro, intenté hacerles llegar alimentos, jugos, cigarros y el aliento de que supieran que no estaban solos, que otras personas sufrían y luchaban por ellos y tenían  
presente a los que murieron. Luego supe que nunca llegaron a sus manos. A partir de esos días, en actitud desaante y pueril, me vestís de rojo y negro, limpiaba y ponía ores en la tumba de los expedicionarios muertos, tal vez en un afán románico y solitario de intentar algo que solo el pueblo unido y  
guiado por Fidel podía hacer. Los años han transcurrido, hemos vivido momentos muy intensos: la muerte de tantos amigos queridos que no tuvieron la dicha de participar en la construcción de esta magna obra que es la Revolución y murieron en combate en la Sierra o en el Llano, en la explosión de La  
Coubre, en la agresión a la brigada mercenaria por Girón, la Crisis de Octubre, en las selvas de Bolivia, en las misiones militares en África, en la explosión del avión de Barbados, en la agresión a Granada, la desaparición de Camilo, el asesinato del Che, la muerte de Celia, de Vilma y tantos otros momentos dolorosos, y me digo: este es el precio de la libertad, de la independencia y de la dignidad. Nunca olvidaré aquellos rostros. Cada 2 de diciembre, ante el recuerdo de aquella gesta heroica renuevo mi juramento de lealtad, a nuestro Comandante en Jefe, a la Revolución, a las Fuerzas Armadas, de las que siempre seré un soldado, porque aquellos amados jóvenes fueron la semilla de la cual brotaron estas. Ellos fueron capaces de ofrendar sus vidas con la convicción de construir un mañana mejor para todos los cubanos y la esperanza de hacer una patria libre como la soñó Martí: «Con todos y para el  
bien de todos».