Hace 99 años nacía en Birán, Cuba, Fidel Castro Ruz. No voy a incurrir en la tentación de escribir aunque sea una brevísima biografía de este personaje excepcional e inabarcable. Y esta adjetivación se corresponde en plenitud por el papel sobresaliente que el líder cubano jugó no sólo en su país sino también en la política mundial.

Sería imprudente, a más de improductivo políticamente, aventurar una fecha en la cual se produjo el nacimiento del antiimperialismo en Latinoamérica y el Caribe. Las rebeliones en contra del dominio colonial español y portugués -y en parte también inglés y francés en el mundo caribeño-  alentaron desde el terreno de la práctica la reflexión en torno al precursor o, como creo que diría Marx, “la forma antediluviana” del imperialismo: el colonialismo.
 

Hoy cumpliría 96 años Fidel Castro Ruz. El estadista que sintetizaba en su persona saber y valor; conciencia y coraje dejó una impronta que se extiende desde la segunda mitad del siglo veinte hasta nuestros días.
 
¿Quién se acuerda hoy de Kennedy, Nixon, Reagan,  Adenauer, De Gaulle, para ni hablar de Felipe González, Berlusconi, Thatcher, Gorbachev y, entre nosotros, Menem, Salinas de Gortari, Fujimori, Collor de Melo y tantos otros? ¿Cuáles fueron sus enseñanzas o su legado? Ninguno.
 

Hace un año usted se nos iba. Los medios de todo el mundo dijeron, con ligeras variantes, algo así como “la muerte se llevó a Fidel”. Pero, con todo respeto, Comandante, usted sabe que no fue así porque usted eligió el día de su muerte. Perdone mi atrevimiento pero ella no vino a buscarlo; fue usted, Fidel, quien la citó para ese día, el 25 de noviembre, ni uno antes, ni uno después. Cuando cumplió 90 años, le dijo a Evo Morales y Nicolás Maduro que “hasta aquí llego, ahora les toca a ustedes seguir camino”.

La desaparición física de Fidel hace que el corazón y el cerebro pugnen por controlar el caos de sensaciones y de ideas que desata su tránsito hacia la inmortalidad. Recuerdos que se arremolinan y se superponen, entremezclando imágenes, palabras, gestos (¡qué gestualidad la de Fidel, por favor!), entonaciones, ironías, pero sobre todo ideas, muchas ideas. Fue un martiano a carta cabal. Creía firmemente aquello que decía el Apóstol: trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras.

En un día como el de ayer, hace 56 años, se abría una nueva etapa histórica en Nuestra América. Batista y sus esbirros, junto a sus mentores y compinches norteamericanos y la oligarquía pro-yankee, huían de La Habana y se consumaba el triunfo de la Revolución Cubana. A partir de ese momento nada sería igual en Latinoamérica. El certero instinto del imperio no se equivocó, y desde su inicio la Revolución fue combatida a muerte, hostigada, saboteada, aislada, y sus líderes fueron objeto de innumerables atentados, igual que su pueblo. Fue víctima del criminal bloqueo comercial, financiero, migratorio, informático más prolongado de la historia universal, que todavía sigue aunque ya ha sido herido de muerte y sus promotores y ejecutores confesaron su fracaso.

El pasado sábado la Plaza de la Revolución fue escenario del desfile militar preparado en conmemoración de los cincuenta años del desembarco del Granma. El desfile fue el acto final de una serie de actividades artísticas y culturales que tuvieron lugar en días anteriores bajo el auspicio de la Fundación Guayasamín para celebrar el octogésimo aniversario del nacimiento de Fidel.