Miro sus manos delgadas, casi las palpo con mis ojos. Percibo las mismas manos que pintó Oswaldo Guayasamín, esas también acariciadas por la lluvia durante aquel memorable discurso en la Plaza de la Revolución. Las contemplo más allá de la imagen real y en medio de la abstracción descubro los dedos finos, alargados, testigos fieles de innumerables reflexiones.