¿Cuánto le duele a un hijo no haber podido conocer a su padre? ¿Cuánto soporta una madre cada día al recordar que a su hijo lo asesinaron hombres desalmados que, a cualquier precio, deseaban salir ilegalmente de Cuba? ¿Cuánto llora en silencio cada noche la esposa que crió sola a su pequeño y que no olvida el último beso que le diera su amado?
En la madrugada del 28 de mayo de 1957 se tomó una de las decisiones más importantes de la lucha contra el dictador Fulgencio Batista: atacar un cuartel bien protegido por más de 60 soldados del ejército del tirano. Fue violento el ataque de El Uvero, el primero que hacía el recién formado núcleo combativo, pero resultó necesario.
«Pequeña Gigante». Así calificó aquel hombre cajista de imprenta a La historia me absolverá, un texto que comenzó a leer al revés, como es costumbre en los operarios del arte tipográfico tradicional, y que lo impresionó por su fuerza, calidad discursiva y posibilidades.
Medio siglo después de aquel octubre de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear, JR conversa con uno de los hombres que tuvo la misión de entrenar a jóvenes que defenderían el país. El lunes 28 de octubre de 1962 el periódico Revolución publicó la foto del inolvidable momento en que Fidel dialoga con Alberto (derecha), al pie de un cañón, en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón. «Fidel estaba ahí, junto a nosotros, y quería comprobar que la maniobra de preparación de los cañones antiaéreos dobles (CAD), de 30 milímetros, se hiciera en poco tiempo, como debe ser. Nos había dicho que él tenía un cañón como ese y que solo sabía tirarles a las tiñosas. De esa manera, nos instó a demostrarle cuánta disposición combativa teníamos».