No ha habido mayor homenaje a Fidel que el mismo pueblo libre por el que luchó lo abrace y se trueque en él. “Yo soy Fidel”, dicen todos: en Matanzas, en Santa Clara, en Camagüey, en Santiago… Cuba toda se tiñe de azul, blanco y rojo, y sobre los rostros de miles de agradecidos se deja ver su nombre, el que no necesita apellidos: Fidel. La bandera más bella que existe está a media asta, Cuba llora, pero no guarda silencio; sale a las calles, le recita, le canta, lo acompaña, le agradece todo lo que la vida entera no alcanzó para decirle.
El fotógrafo y documentalista Roberto Chile tuvo el privilegio de acompañar a Fidel en sus recorridos por Cuba y el mundo durante casi tres décadas. De tantos años de trabajo, guarda un amplio testimonio gráfico del alcance y la dimensión de uno de los hombres más grandiosos de nuestra Patria, en los momentos más decisivos que ha vivido la Revolución cubana.
Cuando el 31 de julio de 1961 Elsa Gutiérrez daba a luz a su primera hija, a pocos kilómetros del Hospital Calixto García, en La Habana, tenía lugar un acontecimiento que nunca antes en la historia de Cuba había ocurrido: en la Ciudad Deportiva, un grupo de mil jóvenes campesinas procedentes de los puntos más inhóspitos del país se graduaban con una exposición de modas confeccionadas y modeladas por ellas mismas, tras sellarse una de las obras más hermosas concebidas por Fidel, para rescatar de la incultura a aquellas muchachas.
Precisamente para construir puentes con el pasado y acercar la historia al presente, por primera vez tres instituciones patrimoniales cubanas se lanzaron en un sueño común: reunir en un mismo lugar documentos, fotos, archivos personales, cartas, objetos y ropas, que cuentan la historia de los asaltantes al Cuartel Moncada de un modo más humano.