La posición, que es a la vez la tragedia del escritor en Cuba, puede resumirse en muy pocas palabras: el escritor no es un profesional; no tiene una manera de vivir de su trabajo o como diría un publicitario, no ha creado su mercado. Este mecanismo, cuyo resultado es la posición nefasta de nuestros escritores, comienza en la redacción de los periódicos y revistas donde la obra literaria, por muy sencilla que sea, peca de poco periodística y de intelectual. Es evidente, dicen los redactores, que este artículo, o este poema, no tienen lectores, es decir, consumidores, puede funcionar si acaso como un extra en las últimas planas, pero es tan cierto como lo primero el hecho de que ese público no consume literatura, porque su mente y sensibilidad están embotadas, de tantos titulares escandalosos, cintillos vendedores, dramones de segunda mano y comerciales estridentes, si se trata del radio o de la televisión.