Hora es ya que los ojos de Fidel
sean tus ojos, mis ojos, los de este y los de aquel.
Hora es ya que el oído de Fidel
sea tu oído, mi oído, el de este y el de aquel.
Hora es ya que la palabra de Fidel
sea tu palabra, mi palabra, la de este y la de aquel.

Así nadie tendría que expresar
incomprendido en su pesar:
¡Ay, si Fidel lo viera!
¡Ay, si Fidel lo oyera!
¡Ay, si Fidel lo palpara!
¡Qué dolor sentiría!
¡Como resolvería con una idea clara!

Hora es ya que los ojos de Fidel
sean tus ojos, mis ojos, los de este y los de aquel.
Hora es ya que el oído de Fidel
sea tu oído, mi oído, el de este y el de aquel.
Hora es ya que la palabra de Fidel
sea tu palabra, mi palabra, la de este y la de aquel.

Así nadie tendría que expresar
incomprendido en su pesar:

¡Ay, si Fidel lo viera!
¡Ay, si Fidel lo oyera!
¡Ay, si Fidel lo palpara!
¡Qué dolor sentiría!
¡Como resolvería con una idea clara!

I
Mi Comandante en Jefe, yo confío
en lo que digas tú. Soy tu soldado.
Tú indicarás el cauce y yo confiado
por ese cause lanzaré mi río.
Eres el capitán de este navío,
no porque capitán te has proclamado,
sino porque cien veces has triunfado
sobre la tempestad en mar bravío.
Como he visto a la luz de tus empeños
volverse realidades tantos sueños,
hasta en tus sueños creo, hermano puro.
Por eso el pueblo, que en tus manos tiene
las lleves luminosas del futuro,
te dice: Comandante en Jefe, ordene.

El yanqui calculaba fríamente:
«Cuba, pequeño verde en las Antillas,
se rendirá más dócil que una oveja inocente,
bajo el crimen pagado de sangrientas pandillas».
 
La buscó por el mapa, la vio como una flor,
y se dijo: «Esta flor, esta luciente gota,
cabe perfectamente bajo una sola bota,
una bota yanqui calzando al invasor».
 
Y así, con optimismo equivocado,
pandillas mercenarias violaron el sagrado
territorio de Cuba, por Playa Girón.
 
Se lanzaron, confiadas, sobre el verde caimán

En Cuba, los patronos tenían abogados,
y los obreros, no.
En aquellos embudos romanos con que el rico
nos dejaba lo estrecho, tomando lo mayor,
tenían abogados los terratenientes,
y los guajiros, no.
¡Hasta los bandoleros, hasta los criminales
tenían abogado defensor!
El pueblo, solo brazos clandestinos
y clandestina voz.
Un día Fidel Castro, como José Martí,
se quitó su muceta de doctor,
y se puso la toga del coraje
roja como la llama de la Revolución.
Desde entonces, los pobres tuvieron su abogado.

Poema escrito por Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí) con motivo del Triunfo de la Revolución el Primero de Enero de 1959 y el recorrido de la Caravana de la Libertad por toda la Carretera Central.

¿Por qué Cuba, sobre el pecho
de su justo Capitán,
hoy exhibe luminoso
Premio Lenin de la paz?
Porque en cubano y más raza
que una raza: Humanidad.
Porque Cuba tiende al mundo
un abrazo fraternal,
y no quiere que le pongan
límites a su amistad.
Porque Cuba no pretende
a otros pueblos explotar.
Porque lo aviones nuestro
no perforan el cristal
del aire de otros países
en un asalto voraz.
Porque los barcos cubanos
no violan ajeno mar.
Porque Cuba distribuye
entre sus hijos el pan.

¡Oh, Samarkanda, vieja ciudad de Tamerlán!
Tú que viste la estampa de Alejandro Magno, dile a tu piedra más antigua
que no,   
que el visitante no es el mismo Alejandro.
 
Tiene los ojos vivos y el perfil aguileño,
la voz estremecida, poderosos los brazos,  
tiene el mismo valor del macedonio,  
pero no es Alejandro.
 
Tiene el cabello espeso en caracoles  
y cuando afirma el pie tiemblan hasta los astros.
 
Va conquistando pueblos por el Asia,  
pero no es Alejandro.
 

Estatua viva del metal más fuerte,
no pudiendo los monstruos de oro y cieno
matarte con la bala o el veneno,
quieren que el tiempo te condene a muerte.

Cuentan tus horas, les anima verte
blanca la barba de perfil de heleno;
y en la alta cumbre del pensar sereno
el brote de tus canas les divierte.

Los pueblos, sin embargo, te dan rosas,
poemas y canciones más por cosas
de cumplesueños que de cumpleaños,

pues la edad de los héroes y los genios
no se mide por días ni por años
si no por los largos siglos y milenios. 

¡Primero de Enero!
Luminosamente surge la mañana.
¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero
de la redimida bandera cubana.

El aire se llena de alegres clamores,
se cruzan las almas saludos y besos,
y en todas las tumbas de nobles caídos revientan las flores
y cantan los huesos.

Pasa un jubiloso ciclón de banderas
y de brazaletes de azabache y grana,
mueve el entusiasmo balcones y aceras,
grita desde el marco de cada ventana.

A la luz del día se abren las prisiones
y se abren los brazos: se abre la alegría