Hubo un tiempo -no hace tanto, vale la pena remarcarlo- que hablar de Fidel Castro suponía una herejía absoluta, incluso en ámbitos universitarios y periodísticos, generalmente más plurales. Cuba se había convertido en una especie de mala palabra en el plano de las relaciones internacionales: cualquier atisbo de solidaridad con aquel pueblo “marcaba” al solidario, lo exponía ante tergiversaciones y manipulaciones cuyo único fin era precisamente evitar toda acción solidaria con La Habana, con una fría planificación previa.
 

La noticia nos conmovía a todos los latinoamericanos, un año atrás. Aquella figura que muchas veces creímos inmortal se iba físicamente, a sus 90 años, satisfecho del deber cumplido y con una Cuba que ya no era “mala palabra” en el ámbito de las relaciones internacionales, tal como lo demuestra, año a año, la votación en relación al bloqueo en la Organización de Naciones Unidas.