El murallón azulado de la Sierra Cristal, al este de Holguín, me ha resultado siempre el anuncio de una tierra incógnita, en cuyo corazón palpita una leyenda puramente cubana: aquel Birán que los lugareños apellidaban “Castro”.
 
La primera vez que visité esa tierra embrujada; participé de su asombro al recorrer el sitio histórico, contemplé las fotos, los objetos personales, el mobiliario bañado por la luz de otros días; me senté en el pupitre del niño que cambiaría el porvenir de esta Isla.