En vísperas del señalado aniversario, Santiago echaba a un lado
los vestigios de tristeza
sin estar aún totalmente restañadas sus heridas.
Sin embargo, cedió paso al ensueño y sus deseos de vivir,
lo cual, allí, suele concretarse en un radiante resonar /
de soles y guitarras,
o bien permite ver a la ciudad suspensa por un sonido jubiloso
de tambores.
Tiempo, anuncia al hombre que avispó a la historia.
Di los latidos del corazón enorme, las madrugadas
sin café, los días de abstinencia;
di cada árbol, cada piedra, cada trillo
donde su paso estuvo, donde estuvieron sus deseos,
porque él también amaba,
porque temblaban nombres en sus labios,
pero era darse lo primero.
Di los enjambres de su espíritu
cuando apartaba monte y soledad
y el mar lejano era una fiesta.
Di los inicios de la lucha: sus botas cosidas con alambre,