En el distrito Sokol de Moscú, desde noviembre de 2022, un Fidel Castro de bronce y más de tres metros de altura sobre sus botas de campaña, mira sereno hacia el horizonte.
Es el homenaje del pueblo y del gobierno ruso a una leyenda que por 57 años abrazó a la Unión Soviética primero y a la Federación Rusa más tarde. Una historia que dejó huellas profundas en la vida de millones de personas unidas por sentimientos de amor, amistad y agradecimientos mutuos.
“Miren lo que me han hecho”, alcanzó apenas a balbucear Raúl Gómez García cuando su cuerpo fue lanzado cerca de Melba Hernández y Haydee Santamaría, las dos únicas muchachas que habían participado en el asalto al cuartel Moncada. Ya le habían arrancado los dientes. Sangraban sus encías, pero el poeta aún estaba vivo. Era el 26 de julio de 1953.
Mi padre era asmático crónico y Fidel no lo sabía, así que un par de días antes de la inauguración de aquel primer edificio de microbrigada en Cuba, allá por los años setenta, el Comandante se aparece y le dice: "César, vamos a ver quién llega primero al quinto piso". Fidel subió como un bólido por aquellas escaleras aún sin pasamanos... y llegó primero. Mi padre no le dijo que lo había seguido hasta allí, casi con el último aliento.