Durante su misión internacionalista en Granada, el doctor villaclareño Omar Hernández Rivero, viajaba el primer viernes de cada mes a la isla granadina de Carriacou para cumplir sus funciones como único consultor de psiquiatría en el sistema de salud pública de ese país caribeño.
En uno de sus primeros viajes, el trabajador social le pidió que visitara a un hombre de 68 años que padecía de un trastorno esquizoafectivo, quien estaba aferrado a su casa sin querer ver, ni hablar con nadie.
Las respuestas "en caliente" de Fidel ante los petardos imperialistas del 28 de septiembre (+ Fotos)
Hacía dos días, Fidel había hecho su primera y magistral alocución en las Naciones Unidas. Cuatro horas y 29 minutos “cantádoles las cuarenta” a los imperialistas estadounidenses por las agresiones aéreas y económicas hacia Cuba durante los últimos meses, 269 minutos denunciando las crueles verdades del capitalismo en los países subdesarrollados, más de 16 000 segundos mostrándoles con cifras a los “amos” del universo, la revolución popular que vivía la pequeña isla del caribe.
Imposible no volver a Fidel cuando el Sur global confluye, por segunda ocasión, en La Habana en busca de soluciones a los principales problemas de los países subdesarrollados. Porque si alguien señaló caminos a seguir para ayudar a los pobres de la tierra, ese fue el Comandante en Jefe de la Revolución cubana.
Luego de haber asistido a la toma de posesión de Rómulo Betancourt como nuevo Presidente de Venezuela, el médico y político chileno de izquierda revisó sus bolsillos y hallando que le quedaban “unos dólares de más” -así lo relataría él mismo al periodista Régis Debray- decidió viajar a Cuba para vivir la experiencia del poder en manos del pueblo que promulgaba la naciente Revolución cubana.
Consternación, esa tal vez fue la primera emoción que se nos dibujó en el rostro aquella noche del 25 de noviembre de 2016 cuando interrumpieron la programación televisiva y vimos a Raúl Castro comunicando una noticia que, por lo entrecortada de su voz y la tristeza de su semblante, muchos la dedujimos antes que él pronunciara palabra alguna.
Mi abuela no era militante del Partido Comunista, tampoco combatiente de la clandestinidad, ni siquiera miembro destacada de los Comités de Defensa de la Revolución o de la Federación de Mujeres Cubanas, pero sí una guajira pinareña muy agradecida de Fidel.
No hablaba casi nunca de política porque era analfabeta y decía que si uno no sabía algo, lo mejor era callarse, no opinar. Pero a quien osara demeritar los logros fidelistas en Cuba, ella le cantaba "las cuarenta".