En un placer cualquiera en medio de una barriada habanera a inicios de la década del 60 del siglo pasado, un niño de torso desnudo, bate al hombro, corre tras una pelota deshilachada.
 
   Al fondo, entre la bruma del sol y el polvo, una silueta con gorra verde olivo observa, inmóvil. No es un fantasma ni una aparición: es Fidel. Lo había visto todo y estaba convencido que el deporte era sagrado.