Durante mis casi once años de encierro en una celda de Somalia, un tema desbordaba mi realidad con matices desenfrenados. Más que la soledad con sus dementes consecuencias; más que la desesperación de un calabozo oscuro, carente de toda bondad material; más que las consecuencias de la agonía de hombres sometidos a salvajes torturas a tres metros de distancia, había enfoques espirituales que remontaban mis esperanzas a mi querida patria y, sobre todo, a la garantía de que mis dirigentes, y en especial el Comandante en Jefe, el mismo que me había enseñado a ser internacionalista, estuvieran tejiendo maniobras diplomáticas, o de cualquier tipo, en pos de mi libertad. Mi amor y confianza sin límites en él, demandaban una reciprocidad.