Discursos
No es correcto que se apliquen las mismas medidas a países con desiguales niveles de desarrollo. Si unos son muy ricos y otros son muy pobres, el orden mundial debe ser para ayudar, en primer lugar, a aquellos países más pobres, menos desarrollados económicamente y que hoy constituyen la inmensa mayoría de la humanidad. Pero también en la OMC los países del Tercer Mundo somos mayoría y debemos saber defender nuestros derechos. Impedir que nos dividan, con engaños e ilusorias promesas, es uno de los grandes desafíos que tenemos por delante.
Si cuentan los historiadores que un día Colón, al llegar a Cuba, dijo que era la tierra más hermosa que ojos humanos habían visto -no por eso nos llenamos de vanidad; pensamos simplemente que Colón no había conocido otras muchas tierras todavía y no había conocido la isla que ellos llamaron La Española-, si él dijo aquello, me gustaría decir, al expresar mis sentimientos en estos instantes, al recordar los deseos que tenía de encontrarme con este país y su admirable y maravilloso pueblo, que esta es la tierra que más puede emocionar a un modesto corazón cubano.
La globalización es inevitable. Vano sería oponerse a una ley de la historia. Pero la que hoy se desarrolla, desde un punto de partida igualmente histórico, es en cambio posible y también inevitable transformarla, sin lo cual nuestra especie no podría sobrevivir. Tal vez es ya tarde, pero sería mejor no esperar a que fuese demasiado tarde. Un grupo reducido de naciones ricas disfruta y divulga patrones de consumo irracionales e insostenibles, mientras la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, que en el Tercer Mundo crecen exponencialmente, sufre de una pobreza cada vez más humillante...
Hace ya más de cien años, José Martí habló de “las tres Antillas que han de salvarse juntas, o juntas han de perecer, las tres vigías de la América hospitalaria y durable, las tres hermanas que de siglos atrás se vienen cambiando los hijos y enviándose los libertadores, las tres islas abrazadas de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo”.
Si en muchos lugares del mundo los representantes de esa Cuba bloqueada y calumniada con los más sofisticados medios que se han creado, tienen amigos y encuentran tantos hombres y mujeres del pueblo que comprenden su lucha, que comprenden su causa, que son solidarios con ella, ¿no es eso, acaso, mucho más difícil que soñar con un futuro mejor, con un mundo más justo y con una sociedad global, universal, verdaderamente humana?
Basta ya del grito hipócrita del que más protesta cuando otros quieren fabricar armas atómicas: la potencia más poderosa en el grupo privilegiado de los que las poseen, mientras convierte las suyas en armas cada vez más potentes, precisas y mortíferas. Eso estimula la temible proliferación y no conducirá jamás a un verdadero desarme nuclear total. La carrera armamentista no se detiene un segundo. No crece en volumen; crece en calidad. Sirve solo para garantizar los privilegios del nuevo orden y constituye, además, la fuente de un jugoso y deshonesto negocio.
Estamos plenamente confiados y seguros de que nuestros hermanos sudafricanos, los mismos que enfrentaron durante décadas al oprobioso sistema del apartheid y lograron derrotarlo a pesar de su poder, sabrán, con el concurso de todos nosotros, poner en alto las banderas de unidad y solidaridad, que tanto requerimos, para defender con pasión y tenacidad las aspiraciones y las justas causas de nuestros pueblos del Tercer Mundo, en una época donde se está jugando algo más que el desarrollo: nuestra propia supervivencia como especie.
Nelson Mandela no pasará a la historia por los 27 años consecutivos que allí vivió encarcelado sin ceder jamás en sus ideas; pasará porque fue capaz de arrancar de su alma todo el veneno que pudo crear tan injusto castigo, por la generosidad y la sabiduría con que en la hora de la victoria ya incontenible supo dirigir tan brillantemente a su abnegado y heroico pueblo, conociendo que la nueva Sudáfrica no podría jamás construirse sobre cimientos de odio y de venganza.
Recibir esta Orden de sus manos, querido y entrañable compañero Mandela, que es y será para siempre símbolo del honor y la dignidad de este continente, multiplica nuestro sentimiento de hermandad e incrementa nuestro compromiso con su valiente y maravilloso pueblo, y con toda el África. Usted ha enseñado al mundo con el ejemplo de su vida a ser rebelde frente a la injusticia, firme ante la adversidad, perseverante en las ideas, sabio en la victoria, confiado siempre en el futuro.
La victoria no se alcanza solamente con las armas; muchas veces, incluso, se alcanza sin armas. Y yo no soy un practicante de la filosofía de Mahatma Gandhi, pero la historia ha demostrado que muchas y grandes batallas se han ganado fundamentalmente con las ideas. Por eso siempre digo que lo primero es la idea; lo segundo, luchar por las ideas; y lo tercero es vencer con el sudor y la sangre, si es necesario, por esas ideas.
Los imperialistas hablan de derechos humanos, pero nunca hablan de los problemas verdaderamente humanos, del hombre en la propia potencia hegemónica y en el resto del mundo. Nosotros, en cambio, hablamos siempre y hablamos mucho de cosas humanas y hacemos cosas humanas mil veces más humanas que las que aquellos dominadores del mundo hacen por el hombre.Ellos dicen que la ley del mercado es la que resuelve los problemas del hombre, del enfermo, el desempleo, la pobreza, el hambre, el anciano solitario, el niño abandonado, y todos los demás, acompañada en su loca concepción por el egoísmo...
Y aprovecho a la vez para felicitarlos por el Premio Nobel. Tengo amistad con algunos Premios Nobel, fundamentalmente con uno de ellos muy conocido, que es Gabriel García Márquez, y ahora creo que me voy a sentir honrado con la amistad de otro Premio Nobel de Literatura con el cual comparto muchas ideas. Espero tener la oportunidad y el honor de saludarlo. Ya le envié un cable, pero quiero dedicarle a él uno de mis primeros saludos al llegar a este país.