Camilo visto por Fidel, Raúl y el Che nos acerca a la estatura moral del joven valiente e incondicional que puso su desenfadado arrojo para obrar en nombre de Cuba, de su pueblo y del ideal de un mejor país para todos. Sesenta años después de que desapareciera físicamente, y no así del corazón de quien lo mantiene vivo con su ejemplo, volvemos sobre los sentimientos que despertó el hombre de la sonrisa eterna en los grandes líderes de la Revolución.
Desde mi primera infancia, cuando tuve uso de razón, siempre lo sentí como un gigante. Ya de adulto, lo admiré por su profunda convicción y firmeza revolucionarias, por su indoblegable antimperialismo, por su resuelta lucha en Cuba y en el mundo contra cualquier vestigio de discriminación e injusticia, por pequeña que fuera, y también por su prédica martiana y el ejemplo personal que legó de nunca dejarse arrastrar por la vanidad, o por la ambición de ningún cargo u honor, porque como dijo nuestro Apóstol José Martí, «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».
«Deseamos informarle al pueblo que las medidas recientemente adoptadas, fueron aprobadas por el Buró Político del Partido en la tarde de este viernes, en una reunión presidida por el primer secretario del Partido, General de Ejército Raúl Castro Ruz», afirmó Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de la República, al resumir la Mesa Redonda dedicada a informar y argumentar todo lo que se encauzará por el Gobierno cubano, junto al pueblo, para reforzar el enfrentamiento a la Covid-19 en el territorio nacional.