Es mayúsculo el dolor cuando la bandera enmudece y se para a mitad del asta. Cuando, cual madre que pierde a un hijo, se aparta desconsolada y solo atina a evocar. Cuando, transido de sufrimiento, su escudo palidece hasta fundirse en la estrella. Cuando se niega a subir el resto de su colina y aferra sus cinco franjas a una altura en medianía desde donde estar más cerca del líder que se despide.  
Naheed Ullah es una joven inglesa que este domingo quiso rendir tributo a Fidel, un líder de talla mundial muy querido en su país, según contó a Granma luego de depositar un ramo de flores ante el retrato del Comandante en Jefe ubicado a las afueras de la sede del Comité Provincial del Partido en Villa Clara.  
Era el mes de junio del año 1984, cuando el Centro Memorial Martin Luther King convocó a un servicio religioso con la presencia del pastor bautista Jesse Jackson. Al término del evento, en una cena organizada para el activista por los derechos civiles, el reverendo Raúl Suárez sostiene su primer encuentro con el líder de la Revolución Cubana.  
Mireya Luis —Mireyita para él— tiene la bola cerca de la net, pero no puede rematarla. El dolor la hala; apenas despega unos milímetros del suelo. Al otro lado, él espera el balón con las manos en alto. Sedosas y firmes. Sabe que esta vez tampoco las va a poder «burlar».   «En 2001 me retiré como jugadora en activo del voleibol. Fidel fue a la ceremonia. Estuvimos conversando un buen rato, él me preguntaba de todo.   Con sonrisa pícara me dijo: «Mireyita, estás muy bonita». Y me elogió el vestido.  
¿Sobre qué tema no habló Fidel? A lo largo de su vida nos dejó miles de frases para la posteridad, que muestran la esencia de su ideario y de la Revolución Cubana. Cubadebate ha rescatado entre todos sus discursos públicos una selección de algunas de esas ideas que nos muestran la integralidad de su pensamiento.       “La Revolución es sólida. La Revolución es fuerte. La Revolución no es la obra de un día ni de un año; es obra para siempre en lo adelante. Es una obra eterna, en la cual el actor fundamental es el pueblo, los trabajadores.”  
A Frederich Cepeda Cruz la noticia de la muerte de Fidel le coartó la respiración y le estremeció el alma. “Estaba con mi esposa, disfrutando en un centro de la ciudad de Sancti Spiritus, alguien se me acercó y me lo dijo, me dejó anonadado como a todo el mundo”.   Entonces le costaba creerlo: “Sabíamos que estaba bien, aunque desde hace algunos años tenía problemas de salud, pero pensamos que su vida pudiera alargarse para que estuviera siempre presente con los cubanos que lo queremos y lo amamos”.  
Imaginemos por un instante a un joven de 20 años lanzado de pronto a la Plaza de la Revolución en La Habana, donde se reunían millón y medio o 2 millones de campesinos cubanos con armas o sin ellas, escuchando las palabras de un hombre que podía haber sido un dios griego o un gigante semidivino, que pronunciaba palabras acerca del futuro de su pueblo y sobre el futuro de todos los pueblos del mundo, a quienes tenía muy cerca.
Abandono La Habana pocas horas después de que se ha hecho pública la noticia de la muerte de Fidel Castro. Con los cubanos que converso encuentro una mezcla conocida, la he visto en Buenos Aires, cuando centenares de argentinos desfilaron ante el cadáver de Kirchner, o en la televisión venezolana a la muerte de Hugo Chávez. La muerte del caudillo produce una sensación de desconcierto a la que seguirá una extraña nostalgia.
La soberanía nacional es intangible, nos enseñó Fidel, y no se negocia. Foto: Ladyrene Pérez/ Cuba   La noche del 25 de noviembre, sesenta años después de aquella en que salió de Tuxpan al frente de la expedición liberadora, partió otra vez de viaje Fidel Castro.  
Después vendrá el tiempo de las reflexiones, permitámonos ahora expresar los sentimientos, dejemos que fluyan los recuerdos, porque el Gigante desaparecido fue parte de nuestras vidas que no fueron las mismas desde la emergencia de la Revolución Cubana. Si los ‘60 se asocian al cambio y la rebeldía, desde los Beatles al Mayo francés, de la revolución sexual al Cordobazo, esa década comenzó para nosotros un año antes, cuando Fidel entró victorioso en la Habana.  
La desaparición física de Fidel hace que el corazón y el cerebro pugnen por controlar el caos de sensaciones y de ideas que desata su tránsito hacia la inmortalidad. Recuerdos que se arremolinan y se superponen, entremezclando imágenes, palabras, gestos (¡qué gestualidad la de Fidel, por favor!), entonaciones, ironías, pero sobre todo ideas, muchas ideas. Fue un martiano a carta cabal. Creía firmemente aquello que decía el Apóstol: trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras.
Llegó a mi vida cuando tenía cuatro años, justo al amanecer del primero de enero de 1959 cuando su nombre dejó de ser susurro de los mayores por rincones de mi casa para rebelarse en grito de alegría, de esperanza, de firmeza. Fidel y los barbudos me devolvieron a mi padre preso por la dictadura de Fulgencio Batista y, de la mano de mi madre, no hubo concentración o desfile al que yo no asistiera. Los niños pueden no entender el contenido exacto de las palabras, pero sí la emoción y la energía que trasmiten.