Castro previó de antemano que existía una gran probabilidad de que ninguna de ambas potencias nucleares se atrevería a ser la primera en ponchar el botón para usar la fuerza atómica y lograr sus fines —ante el temor a las repercusiones que de ello se derivarían— y comprendía, además, que las potencias velaban más por sus propios intereses que por los de sus amigos y aliados; tampoco podía asegurar con certeza, a pesar del apoyo económico-militar e internacional brindado hasta ese momento por los soviéticos, hasta qué punto estos estarían dispuestos a llegar pues la crítica de Nikita Khrushchev, Secretario General del PCUS y máximo líder de la URSS respondía en confrontar nuclearmente a los EE.UU. por la instalación de los misiles nucleares en Turquía y máxime si se tenía en cuenta de que este no quería que su instalación en Cuba fuera de conocimiento público.