Fidel es el nombre
del viento que levanta a cada cubano
Jaime Sabines, Cuba 65
Lo veo ahora mismo enhiesto en medio del Malecón, sobre aquella tribuna improvisada al lado del monumento del águila defenestrada y una enorme multitud enfrente. Agitaba una banderita cubana y su voz tenía toda la energía de la dignidad del mundo.
En la arboleda gloriosa de Baraguá nos reunimos aquella mañana del 19 de febrero del año 2000. Elián González continuaba secuestrado en los Estados Unidos, pese al vibrante llamado a su retorno que las abuelas materna y paterna habían hecho en propio suelo estadounidense en los días finales de enero. Nuestro pueblo en las calles y las plazas reclamaba su regreso.
"De Martí aprendí la ética", nos diría una y otra vez Fidel, en confirmación permanente de una de las esencias más caras de su pensar y actuar revolucionario. Fue la base sobre la que erigió el escudo moral que le acompañó en la vida; fue la fuerza que le granjeó la admiración de nuestro pueblo y le reservó el respeto de los adversarios.
Alimentó su espíritu de ese decoro tremendo de nuestros patricios, de aquellos que fueron a la manigua a conquistar la justicia, la libertad y la igualdad que sustentan la prédica, la ética y la práctica revolucionaria.
Las horas pasaron raudas y con zozobra aquel 11 de abril de 2002. Desde temprano, casi no nos despegamos un segundo de la televisión venezolana siguiendo los graves acontecimientos que tenían lugar en el hermano país. La Revolución bolivariana estaba en peligro; las fuerzas de la derecha neoliberal se lanzaban con todo contra Chávez en contubernio con la corrupta élite económica del país, los medios de comunicación y algunos sectores de las Fuerzas Armadas.
Conocerlo fue un privilegio; acompañarle en varias tareas por algunos años, todo un reto; aprender de sus enseñanzas, un permanente desafío.
Fidel era un huracán de ideas. No dejaba un minuto de analizar, escudriñar, proponer, preguntar, contrapuntear. De cada idea le nacían ideas nuevas; de cada problema, variantes de soluciones.
En las afueras del aeropuerto de Madrid los taxistas allí agrupados estallan en espontáneos aplausos y tocan el claxon de sus autos. En medio de la tragedia sanitaria que hoy vive España, sólo el personal de la salud es capaz de provocar esos vítores.
Esta vez, el tributo no es siquiera para los miles de sanitarios que todos los días trabajan hasta extenuarse en los centros asistenciales españoles tratando de salvar vidas. Lo reciben médicos y enfermeros cubanos. Vienen desde el Caribe para ayudar en el combate a la pandemia en el vecino Principado de Andorra.
En diciembre de 2005 Fidel Castro participó en su última cita con los hermanos caribeños, cuando la hermosa isla de Barbados acogió la Segunda Cumbre Caricom-Cuba. Nuestro director Randy Alonso acompañó a la delegación cubana a aquella histórica reunión y al final de la misma escribió esta crónica que sirvió de preámbulo al libro “La esencia de la amistad”, que recoge las memorias de esa Cumbre. Cubadebate rescata de su archivo esta evocación del último viaje del líder de la Revolución Cubana al Caribe hermano.