Soy de la generación que creció bajo la magia indescriptible de las luces y el audio que repetía hasta el infinito su voz, la que se sorprendía ante el silencio casi sepulcral de los millones de personas que escuchaban sus discursos de pie, sin titubear, sin abandonar su lugar; a la que padres y vecinos llamaban la atención con mirada severa por hacer un ruido innecesario pues el “Jefe” estaba hablando; la del niño que miraba a veces sin comprender pero comprendiendo, como los ojos vigilantes del pueblo, de su pueblo, velaban para descubrir y neutralizar a cualquier enemigo infiltrado en la