En estos días, la humanidad en su esencia misma -sensibilidad, racionalidad, inteligencia, conocimiento- resulta sistemática y persistentemente impugnada por hechos como el genocidio en Palestina o las masacres en Líbano; una humanidad negada por la oposición de países occidentales en organismos internacionales como la ONU, a adoptar la tradicional resolución contra la glorificación del nazismo, el neonazismo y otras prácticas, o por la persistente y deliberada intención de negar el papel del Ejército Rojo en la liberación de Auschwitz y con ello cambiar la historia, r
Lo imagino absorto en la lectura mientras las preguntas se precipitan en su pensamiento que va, apresurada y lúcidamente, descubriendo por sí mismo la raíz, la naturaleza política de sus inquietudes, el absurdo, el caos en la sociedad capitalista y una verdad transparente: solo una sociedad socialista, enteramente nueva en su estructura económica y en su espíritu de esencias liberadoras, solidarias y justas, constituye horizonte, razón, futuro, no como aspiración o sueño –sin dejar de serlo a su vez–, sino en primerísimo lugar como necesidad histórica.
El 16 de julio de 2014 fue el último día de vida de cuatro niños palestinos que jugaban al fútbol en una playa de Gaza. Otros doce niños resultaron heridos. Según la televisora alemana DW basada en despachos de las agencias cablegráficas DPA y EFE (https://www.dw.com>israel-cierra-...) testigos aseguraban que uno de los misiles disparados por barcos de la Marina israelí, se dirigió directamente contra los niños e incluso los habría seguido hasta matarlos.
El lanzamiento de la bomba atómica sobre las ciudades inermes de Hiroshima y Nagasaki, los días 6 y 9 de agosto de 1945, conmovieron dramática e inolvidablemente a Fidel. Reconoció como sobrecogedores los relatos de la explosión y sus terribles consecuencias. Apenas unas semanas atrás había concluido sus estudios de bachillerato en el Colegio de Belén y, durante las semanas de regreso al espacio entrañable de la casona grande en Birán, se alistaba para comenzar la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana en septiembre de aquel año.
Probablemente la voz de Enrico Caruso aún se escuchaba en el fonógrafo de la casa, aquel aparato de trompeta con estampa de caracol que a él le parecía el comienzo de todos los infinitos y de un rumor que no se apagaría nunca en su espíritu hasta convertirse en tempestad o sinfonía en el alma: ansia de justicia; maravillosa, temeraria e inextinguible pasión que se avivaría primero en el niño y luego en el hombre Fidel Alejandro Castro Ruz, una emoción no sólo para sí, sino esencialmente, para los demás, como una vocación de vida indeclinable.
Una vez Fidel recordó que en la estación de Alto Cedro, cuando ya él había abordado el tren donde se disponía a viajar para el Colegio de Belén en la Habana, una muchacha se le acercó y le dijo: “Déjeme verle las manos”. Él se las extendió y ella miró minuciosamente cada línea, luego, en una afirmación contundente, le aseguró: “Va a vivir poco tiempo”. Era una joven delgadita y un poco exótica, parecía una gitana, así la recordaba él. El tren se puso en marcha y ella descendió apresuradamente. Fidel no pudo averiguar nada más sobre aquel infortunado vaticinio y mucho menos acerca de la enigmática persona que le había adivinado la suerte.
En esta Habana, casi insólitamente invernal, de vientos arremolinados y nubosos, doy las gracias por estar frente a una multitud de maestros, porque el magisterio y la medicina son los quehaceres más hermosos y nobles de la Tierra. Martí dijo que los niños son la esperanza del mundo y habló de los maestros ambulantes, esos que van y vienen de todas partes para enseñar, para iluminar, para abrir los caminos.
Toda la luz del monte ardía cobijándose en el pequeño volcán de leña, paja y tierra apilada que era el horno de carbón. Débil al principio, apenas asomaba su fulgor pálido y efímero para luego chisporrotear en llamaradas ardorosas, cascabeleras, levantiscas, e insinuantes como fumarolas en lo alto de una montaña.
Por aquellos trillos que llevan al firme de la Sierra Maestra, el primero en el oficio debió ser René Rodríguez, pero las cámaras de cine y fotografía y los rollos de película que, por indicación del Comandante Fidel Castro, el soldado expedicionario traía consigo, se perdieron en los pantanos de raíces turbias y aguas muertas de Los Cayuelos, por donde el desembarco del yate Granma se trasmutó en naufragio que el argentino-cubano Che Guevara, con memoria nítida, narraría después a su compatriota el escritor Julio Cortázar. Aquel 2 de diciembre de 1956, los jóvene
Había vivido tardes de lluvia e insomnio; mediodías entre el polvo de libros y viejas páginas en archivos olvidados; viajes por carreteras bajo el sol de esas horas ardientes, aburridos o con olor a pólvora, el tedio colándose por las hendijas del alma o la calma tenue y frágil como de agudo silencio soplando en la brisa a pleno rostro; tardes lúcidas y tardes inconformes, algunas habladoras y fecundas, otras como enmudecidas en medio de su pereza y lentitud enfermizas por sobre los tipos de la máquina de escribir, tardes grises como las de Sindo Garay y tardes azules…pero en realidad