SU nombre no ha quedado en mi memoria —no éramos condiscípulas en la misma aula en la Havana Business College en 1960-1961—, sin embargo nunca se me ha borrado la figura de aquella muchacha alta y delgada, porque iba permanentemente vestida de un negro cerrado que no encajaba con su edad de adolescente, pero encuadraba perfectamente con su tristeza, y sobre todo no olvido el motivo de su luto: su padre era uno de los estibadores del puerto de La Habana que había muerto en el atroz sabotaje al buque La Coubre en marzo de 1960.