Conocí La Habana el verano del 58; tenía 10 años. Iba con mis padres a un hospital de EEUU en un cuatrimotor de Panagra: se incendiaron 2 motores y aterrizó de emergencia. Nos alojaron en un hotel de lujo, con máquinas tragamonedas junto a los urinarios en los baños, en una ciudad que vivía del juego y la juerga. El diario dedicaba titulares a los bandoleros de la Sierra Maestra y elogiaba a Batista.  Seguimos viaje y quedaron en mi retina los baños con tragamonedas.