«No quiero hablar de Fidel porque lloro», me dijo Alicia y tuve que cambiar por un momento el tema de nuestra conversación.
—¿Cómo te llamas?, me preguntó.
—Amelia.
—¿Cómo?
—Amelia, como Amelia Peláez, la pintora.
—No —responde— Amelia como tú misma.
Me aprieta fuerte las manos. Tiene las manos suaves. Calientes. Es sábado 3 de diciembre y son las 7:23 p.m., Cuba entera se despide de Fidel.
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El mismo Primero de Enero de 1959, Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí) escribió la Marcha Triunfal del Ejército Rebelde. Fue en un muro de la prisión del Castillo del Príncipe donde el poeta plasmó los primeros versos. Había salido de Mantilla y caminó por toda la calle Infanta para nutrirse de la emoción popular.
Una voz quebrada se escucha en el televisor. Otra garganta que llora, que tiembla de emoción sincera. Es una voz que conozco, que conocemos bien cientos de cubanos porque siempre llega acompañada de alegría. Pero hoy, es una voz triste.
Cuando Carlos Alberto Cremata habla de Fidel se desgarra. Ha perdido a su segundo padre. Y lo despide en el mismo lugar, donde 40 años atrás dio el último adiós a su padre, asesinado en pleno vuelo de Cubana de Aviación. Barbados, 1976.
Hace dos años, diez meses y 20 días vi a Fidel por última vez. No fue la única ocasión que estuve en un mismo espacio con él, pero sí la primera que pude verlo, escucharlo, admirarlo de cerca… Nos separaban apenas unos pasos. Fue el 8 de enero del 2014, en Romerillo.
Se conmemoraban los 55 años de la entrada a La Habana de la Caravana de la Libertad y Alexis Leyva Machado (Kcho) hizo coincidir la fecha histórica con la inauguración de su Proyecto de utilidad social Kcho Estudio Romerillo (Laboratorio para el arte).