Tenía cuatro teléfonos negros sobre el buró, a la izquierda. A través de esos aparatos progresó la historia de la Revolución en estas cinco décadas. A través de ellos se había articulado sus argumentos, sus órdenes, sus citas, sus compromisos y, pocos lo saben, con ellos dedicó repetidas noches a comunicarse con congresistas y senadores norteamericanos —mientras más recalcitrantes en su contra, mejor— para, en vehemente tono de “Saulio, Saulio, ¿por qué me persigues?”, contarles su programa revolucionario y sus anhelos de paz y prosperidad y de barrer con la injusticia en suelo cubano.