Por aquella época era posible verlo con frecuencia. Llegaba disciplinadamente al estudio 11 de la televisión cubana y se sentaba a escucharnos, como el maestro de escuela que quiere calibrar con detenimiento el progreso de sus alumnos.
A veces, se quedaba hablando con nosotros durante horas. A primera vista, su agenda de tareas infinitas parecía menos importante que el diálogo con los periodistas, que el acto de persuadirnos, que el propósito de hacernos cómplices de su obsesión por convertir la Mesa Redonda en un campo de batalla ideológico.