SOPLILLAR, Ciénaga de Zapata, Matanzas.— Los bohíos desvencijados eran una mueca triste en medio del monte, dentro de la espesa maleza verdosa. Con techo de pencas y paredes de tablas de palma, en las madrugadas el frío que se colaba por las hendijas pelaba la piel, al filtrarse por debajo de los camastros, que se hacían con unos maderos y un saco de yute abierto como «colchón».
En los días finales de diciembre, la vida en el pantano se paralizaba. Si se podía, la gente se daba unos tragos y coqueteaba con una Nochebuena, que poco tenía de buena.
Durante un recorrido por Matanzas, fuertemente afectada por el huracán Michelle en el 2001.