Siempre asumí que en el hombre que estremecía con la espontaneidad de sus discursos habría también mucho de picardía. Como cualquier joven común de Cuba, alejado de las formalidades y los convencionalismos, deseaba descubrir a ese Fidel que no necesita apellido entre nosotros para ser identificado.
Y aunque siempre prevaleció en él el hombre público sobre el privado, se mostraba tal como era en disímiles ocasiones, que regalaban pistas del amigo, el padre de familia…