Nadie podía imaginar ese fatídico día. Nunca esperamos que llegara. A Fidel siempre lo creímos inmortal. Cuando se pierde a un familiar la tristeza hace de las suyas. Para los cubanos él era parte de todos y un guía eterno. Así el silencio, el dolor y las lágrimas acogieron a la Mayor de las Antillas, esos días donde solo se escuchaban las fuertes exclamaciones ¡Yo soy Fidel! y ¡Viva Fidel!
