Escuchábamos la otra noche a Fidel Castro por televisión. Había allí amigos de distintos matices: revolucionarios, conservadores, intermedios... Los había entusiastas sin flaqueza y aprensivos sin tregua. Se interrogaba al líder de la Revolución sobre todo lo divino y lo humano. La implacable curiosidad periodística, en rigor no hacía falta. Fidel todo lo dice. Cada pregunta le da pie no para una, sino para diez respuestas. Nada se calla; nada disimula; de nada se abstiene. Lo quiere explicar todo, y de todo está enterado.