Ser fidelista no es una desviación de la teoría marxista. Es ser marxista, martiano y tener una confianza infinita en la genialidad de un dirigente -de los que nacen cada cien años y que nuestra generación tuvo la suerte de coincidir con él- y de participar bajo su guía en la gesta definitiva de la redención de la patria.
 

Venir a Cuba en aquella época, - como sucede hoy todavía, - constituía un gesto de amistad y solidaridad y un reto al imperio que pretendía estigmatizarnos y liquidarnos desde entonces y más aún después que se proclamara el carácter socialista de la Revolución Cubana en 1961. Por ello, a pesar de las enormes responsabilidades y del intenso y complejo trabajo que tenían los bisoños líderes de la Revolución, dedicaban horas que escamoteaban al descanso para conversar con esos visitantes a quienes agradecíamos su audacia y apoyo y con quienes forjábamos lazos de amistad más perdurables. Uno de aquellos visitantes resultó ser el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín*; cuando se trasmitió su deseo de pintar a Fidel junto con la recomendación del ICAP de que se aceptara, la noticia provocó interés por ser algo poco común y además por suponer que requeriría algunas horas para realizar su obra.