Le hemos buscado una casa donde podrá permanecer oculto unos días —me dijo la muchacha que me vino a buscar aquella mañana. Llevaba yo cuarenta y ocho horas escondido en el domicilio de un modesto funcionario santiaguero, después de haber estado en tres o cuatro casas más en calidad de fugitivo. Invariablemente, cada dos días, me mudaban de lugar para evitar que la policía se enterara de mi presencia en la capital oriental.