El gladiador de los pueblos sigue transformando el mundo. Frente al Coliseo Romano, centro mismo de un viejo imperio, varios italianos enarbolaron este sábado una banderola con la frase «Hasta siempre, Comandante» y el rostro del más formidable vencedor de imperios que haya pisado la tierra.
 

«¿Dónde está Fidel…?», preguntaba un amigo en nuestra Plaza en aquellas jornadas de sonoros silencios y todos nos decíamos: ¿es que queda algún sitio sin su estampa? No cesan las zancadas del rebelde infinito, convirtiéndose en el golfo de los yates, dejando que las lomas se suban a su altura, reuniendo almas para guiar otro asalto por nosotros, alumbrando en lo alto el difícil camino de la Evolución Cubana. Fidel es pleno gerundio político porque es acción continua.  
 

Es mayúsculo el dolor cuando la bandera enmudece y se para a mitad del asta. Cuando, cual madre que pierde a un hijo, se aparta desconsolada y solo atina a evocar. Cuando, transido de sufrimiento, su escudo palidece hasta fundirse en la estrella. Cuando se niega a subir el resto de su colina y aferra sus cinco franjas a una altura en medianía desde donde estar más cerca del líder que se despide.
 

Como todos los auténticos, el símbolo fue enlazado por la visita de Fidel al sitio el 11 de abril de 1995, justo un siglo después: cual una montaña verde contra el negro de esa noche, el Comandante ondeó la misma bandera por la que llegó Martí.

Si contra viento y marea Cuba se inscribió en la geografía del mundo como la Isla de la Libertad, esa emancipación no podía excluir el intenso campo de la religión. Nuestra Constitución, entonces, refrenda la libertad para escoger cómo y en qué creer, o no creer, y establece la igualdad de todas las manifestaciones religiosas