Han transcurrido pocas horas del deceso de Fidel Castro; Cuba vive el Duelo Nacional decretado por varias jornadas, pero las casas-al menos las de mi San Cristóbal, en Artemisa- están cerradas y el sonido del silencio habla más que mil palabras.
La quietud trasluce el respeto por un insoslayable entre los grandes hombres; no se habla de otra cosa entre fronteras y me atrevería a decir que mucho más allá, sin pretender hurgar entre adeptos y detractores, pues sería inútil apartar la mente del hecho en sí y de la gran responsabilidad que tenemos los cubanos por delante.