La revolución tiene que liberar las energías creatices de la nación. ¡Y ha empezado a hacerlo! Esta llamada al entusiasmo de todos los que no tengan muerto el espíritu es inaudita. En un mundo que sólo piensa en acelerar una producción desconectada de la naturaleza humana, Cuba se orienta a un progreso no dirigido fríamente por tecnócratas e ideólogos, sino que reconoce los valores del trabajo y la creación libre. Hay –todos las conocemos– civilizaciones muy desarrolladas, pero aplastantes. Martí nos advirtió contra ella. "¡No sigan su ejemplo!" Y lo obedecemos. No queremos la deshumanización del hombre en la pequeña Isla de Cuba, entrada en su espléndida libertad el día primero del año 1959. Queremos la grandeza del hombre enrolada en tareas colectivas de creación, ya que, sin mediar la primera, son imposibles las segundas. La justicia y el orden son necesidades del ser humano, pero en lo más profundo de éste, en su última esencia, está la necesidad de significar algo por sí mismo, de construir, de crear, de transformar, de hacer a su patria también él. Esta oportunidad ilímite que se abre a los cubanos, debe resonar en el mundo entero.