No quiero empezar esta breve exposición sin destacar la significación que para los escritores cubanos tiene el hecho de que esta noche se reúnan en esta mesa redonda para discutir sus anhelos como clase, anhelos que en el pasado se han malogrado por una serle de causas que más adelante explicaré brevemente. No es una exageración decir que el escritor cubano ha sido el ciudadano menos considerado por la sociedad y el estado en los años que van desde la fundación de la República. Ser escritor nada ha significado en Cuba. En otros países ya el hecho de escribir –poemas, novelas, críticas de cualquier índole– representa en sí un motivo de honra. En Norteamérica siempre me ha maravillado el prestigio, que raya casi en la veneración, que se le dispensa al hombre de letras? Decir "soy poeta o soy novelista" es motivo de orgullo y le confiere al practicante ciertos derechos y ciertas responsabilidades ante el resto de sus compatriotas. Así hemos visto, con el creciente poderío de la prensa y la radio, al escritor asumir una posición rectora en los destinos políticos y sociales de la sociedad contemporánea. Un hecho que destaca esta importancia es la polémica nacional que en Francia desencadenó la colaboración de ciertos escritores con la dominación nazi y la reprobación política más severa que hombres como Celine1 sufrieron en la post-guerra.