Por las venas de una ciudad salen los jóvenes martianos. Al caer la noche, las luces de los autos se tragan la carretera; de vez en cuando, una parada para respirar el aire de algún pueblo. Ahora no se trata de ser o no ser, sino, de dónde sería la cosa; la pregunta los persigue como un tábano de ciudad en ciudad. Algunos vienen con zapatos de dos tonos, el único pantalón de salir, la guayabera blanca; atrás, dejan a la familia, una brevísima nota de hasta pronto, o un adiós colgado de la ventana como la luz titilante de una vela.
 

«Nuestros problemas no serán resueltos en virtud de milagros de nadie, de milagros de hombres, de individuos, ni siquiera de equipo de individuos. Los únicos milagros, en cualquier terreno, los puede hacer el pueblo»

Es en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, se cumplen 60 años del ingreso de Fidel a esa casa de altos estudios; corre por el almanaque, el 17 de noviembre de 2005. Ante un público mayormente estudiantil, el líder de la Revolución Cubana hace un recorrido por la historia del país y analiza críticamente errores y deformaciones del curso revolucionario.

El yate Granma zarpa desde Tuxpan, el 25 de noviembre de 1956; son 82 expedicionarios y llevan el compromiso de ser libres o mártires. Muere Fidel,  el 25 de noviembre de 2016, esta vez al frente de una Isla-continente, y con millones de hombres y mujeres abrazados a su Revolución.
 
Sus  mortales cenizas reposan dentro de una piedra, poderoso símbolo que nos recuerda los mitos de pueblos ancestrales, que reconocen en las piedras la presencia de las almas, que siguen vivas; ahora la obra y el pensamiento de Fidel son territorio de lucha ideológica y cultural.

Dos patrias tiene Martí: Cuba y la noche, pero son una las dos. Cuba es la cadena que arrastra en las canteras de San Lázaro, el anillo de hierro con su nombre, la vida entera por la independencia y la justicia; la noche, es la poesía.
 
Cuando en el Diario de Campaña escribe: «La noche bella no me deja dormir», toma cuerpo en el verso su expansión cósmica, porque sabe que, «el universo habla mejor que el hombre». A la hora de morir, en Dos Ríos, se consolida el acto poético de sembrar la Patria con su propia sangre.