El Rey de las carreteras de Cuba
Uno de los deportistas más populares nacidos en la isla de Cuba no practicó ni béisbol, ni boxeo, sino ciclismo.
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Uno de los deportistas más populares nacidos en la isla de Cuba no practicó ni béisbol, ni boxeo, sino ciclismo. Se trata de Sergio "Pipián" Martínez, quien encima de su bicicleta se ganó el corazón de todos los cubanos en las primeras décadas de la Revolución, y no por gusto fue catalogado como El Rey de las carreteras de Cuba. Nacido el 8 de septiembre de 1943 en el caserío de Pipián, a unos 15 kilómetros de Madruga, en La Habana, pasó su infancia trabajando en el campo para ayudar al sustento familiar, sobre todo en el corte de caña. Con sus primeros ahorros logró comprarse una bicicleta en 1961, en la que recorría unos 20 kilómetros diarios. En los últimos meses de ese propio año participó en un giro a la provincia y rápidamente fue captado para la preselección nacional, en la cual descolló a pesar de ser un desconocido. Integró la cuarteta de cuatro mil metros, persecución por equipos, que se ubicó en una honrosa cuarta posición durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Kingston, Jamaica, en 1962. Luego participó en otras dos citas regionales y una panamericana, pero su esplendor llegó en las Vueltas a Cuba, a donde llegó embullado por su amigo Orestes Cepero. Para competir en ese primer giro Pipián se trasladó el sábado desde su pueblo natal hasta San Nicolás de Bari, ubicado a más de 30 kilómetros de distancia, y allí durmió en el local de la Cruz Roja. Al día siguiente, con las primeras luces del alba, marchó hacia el Prado capitalino junto a los ciclistas que conducía el activista Lorenzo Motores Hernández, uno de los cuatro hombres presentes en todas las Vueltas a Cuba. Aquel 10 de octubre tomaron largada, mezclados unos y otros en el mismo pelotón, corredores de primera categoría equipados con las pocas máquinas de carrera que entonces existían en la Isla, y los de segunda, con bicicletas de balón. Pipián, por supuesto, estaba entre estos últimos. Sin embargo, ganó de punta a punta aquella I Vuelta Ciclística a Cuba, en 1964, imponiéndose en seis de las 12 etapas disputadas. Pero lo más importante fue que sembró para siempre el giro en el alma de una afición que hasta entonces no tenía del ciclismo otras satisfacciones más allá de los títulos de Reinaldo Paseiro en los Centroamericanos de Guatemala-1950 y México-1954. Luego Pipián se impuso también en la tercera, la quinta y la sexta Vueltas, por lo cual fue elegido entre los 10 atletas de Cuba en la primera década después del triunfo revolucionario. El espectacular rutero no pudo alcanzar mejores resultados porque esa disciplina apenas empezaba a practicarse científicamente en la Isla y tampoco tenía un adecuado calendario competitivo. Otra de sus frustraciones fueron los accidentes. En 1971, durante la propia Vuelta Ciclística, sufrió el primero y tuvo que abandonar la prueba, aunque luego en los Juegos Panamericanos de Cali pudo ganar la medalla de bronce en la persecución individual. Un año después, cuando soñaba con asistir a los Juegos Olímpicos de Munich, fue atropellado mientras regresaba a Madruga tras un entrenamiento. De este último percance no pudo recuperarse y optó por el retiro, pero dejó un récord de 25 etapas ganadas en el principal giro del pedal en la Isla. El 5 de septiembre de 1979, al regresar a su casa luego de una sesión de trabajo, el entonces técnico Sergio Martínez sufrió un accidente en la moto en que viajaba. Luego de 27 días de lucha contra la muerte, perdía la vida el 2 de octubre en un hospital capitalino. El Rey de las carreteras de Cuba archivó en su palmarés la presea de plata en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Panamá-1970 (persecución por equipos), y las de bronce en esa misma cita regional (persecución individual) y la de San Juan-1966 (persecución por equipos). De las Vueltas a Cuba se llevó los primeros puestos en las ediciones correspondientes a 1964, 1966, 1968 y 1969, terminó segundo en la de 1965 y tercero en las de 1967 y 1972. Pero más allá de sus desempeños sobre su corcel metálico, Pipián logró algo mucho más importante: poner en el corazón de los cubanos otro deporte a amar, más allá de bolas y strikes, guantes y cuadriláteros.