Otro mástil de cubanía, diez años después
Cubanía de excelencia y puro patriotismo caracterizaron el concierto por la década de la reapertura del teatro Amadeo Roldán, que contó con la presencia del presidente cubano General de Ejército Raúl Castro, y culminó con El mambí, de  Luís Casas Romero, una de las canciones preferidas de la inolvidable  Vilma Espín.
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AIN
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Cubanía de excelencia y puro patriotismo caracterizaron el concierto por la década de la reapertura del teatro Amadeo Roldán, que contó con la presencia del presidente cubano General de Ejército Raúl Castro, y culminó con El mambí, de  Luís Casas Romero, una de las canciones preferidas de la inolvidable  Vilma Espín.

Emblemática resultó la velada recordatoria de la inutilidad de la felonía contrarrevolucionaria de incendiar el templo de la música cubana, con la vana idea de opacarla, porque 10 años después mostró estar incólume en su calidad y permanente florecimiento.

El concierto tuvo un comienzo de lujo, con las Rítmicas V y VI, de Roldán a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, y a la cual su titular Enrique Pérez Mesa hizo que la sección de percusión deviniera preciso y desenfadado homenaje a una de las sonoridades esenciales de nuestra música más entrañable.

Tal preámbulo dio paso a otra real maravilla protagonizada por la dotada soprano Milagros de los Ángeles, quien seleccionó distintivas canciones cubanas de siempre, entre las que sobresalieron la Salida de Cecilia, de la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, la romanza de María la O, de Ernesto Lecuona, y Canto negro, de Eliseo Grenet.

La joven solista puso de pie a la sala con su clara dicción, musicalidad refinada, frescura y gracia, que encajaron a la perfección  con esas joyas de la canción criolla, reflejo de una acendrada identidad, forjada con valentía y los mejores frutos de una espiritualidad mestiza.

El plato fuerte, si pudiera distinguirse entre tanta excelencia, fue el Concierto 2 en do menor op 18 para piano y orquesta, de Serguei Rachmaninov, con Frank Fernández al teclado y una orquesta capaz de dar todos los posibles matices de la sonoridad que el gran compositor  expresó.

El diálogo entre piano y orquesta creó un espacio mágico para los presentes, quienes se arrobaban con los casi susurrantes sonidos de algunos pasajes para luego cabalgar una creciente escala, coronada por arpegios que parecían romper en el corazón cuando los platillos cerraban  sonoros mientras parecía que ya la música corría desbridada.

Luego de entrega tal, la sala de pie y en cerrada ovación hizo salir una y otra vez a los artistas, quienes en generoso gesto regalaron algunas de las mejores joyas del patrimonio musical cubano: La comparsa y La malagueña, de Ernesto Lecuona, y El mambí, de Luís Casas Romero.