Era el mes de junio del año 1984, cuando el Centro Memorial Martin Luther King convocó a un servicio religioso con la presencia del pastor bautista Jesse Jackson. Al término del evento, en una cena organizada para el activista por los derechos civiles, el reverendo Raúl Suárez sostiene su primer encuentro con el líder de la Revolución Cubana.
 

Como quien prende en el fondo del corazón una vela que no se apaga nunca, más bien se multiplica, esa “fuerza telúrica” —como lo llamó el Che— hilvanó con inteligencia profusa la certeza de que solo la educación conduciría al camino de la libertad. Y articuló en ello un pensamiento, una acción creadora, un sentido de la vida.
 

Justamente cuando se cumplían 66 años del ensañamiento hitleriano contra los jóvenes de Praga el 17 de noviembre de 1939, y en el contexto de la celebración de los 60 de la entrada de Fidel a los predios de la Uni­versidad de La Habana, los estudiantes de la colina universitaria vivieron un singular e histórico encuentro en el Aula Magna. Pan­tallas gigantes transmitían desde fuera la intervención del “joven rebelde” que regresaba al lugar donde se hizo revolucionario y marxista-leninista, donde aprendió que la lucha por la verdad y la libertad de los pueblos podía costar la vida.

Años convulsos, de transformaciones que corrían a la velocidad “supersónica” de una Revolución naciente, eran aquellos tiempos en que un 3 de octubre de 1965, con el teatro Chaplin, (actual Karl Marx) de testigo, Fidel sometió a la consideración de los presentes el nombre del entonces Partido Unido de la Revolución Socialista.

Los hombres la reclamaban. Tenían la certeza de que llegaría, en algún momento, aunque fuera solo con 12 hombres. El amor a la libertad, diría uno de ellos llamado Ernesto, solo se iguala al odio por quien te la quita. En ella se refugia todo sentimiento humano de expansión, de conquista, de dignidad, como si el ahogo por no tenerla fuera demasiado asfixiante.