Cintio Vitier escribió páginas memorables, cargadas de pasión y lucidez, en los peores momentos del periodo especial, en días de incertidumbre, muy amargos, cuando pocos creían en las posibilidades de sobrevivir de la Revolución Cubana. Tras el colapso de la urss y el campo socialista, el Gobierno de EE. UU. diseñó para nosotros instrumentos de asfixia como las leyes Torricelli y Helms-Burton y promovió la emigración ilegal, interesado en la desestabilización del país y en el show propagandístico y no en las vidas humanas que se ponían en riesgo.  
 

Una revolución, para Fidel, no puede limitarse a modificar las condiciones materiales de vida de la población. Aunque mejore ostensiblemente la situación de las mayorías, no estaría nunca completa ni sería duradera si no es también una revolución cultural. Tiene que cambiar el entorno de los seres humanos y cambiar igualmente a los propios seres humanos. Por eso, cuando visitó con Chávez la Universidad Central de Venezuela, dijo que «una revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas».
 

Fidel no nos deja un catecismo ni una recopilación de consignas; sino una síntesis magistral de su pensamiento sobre qué es la Revolución, qué debe ser siempre, qué principios no puede abandonar. La describe en todas sus dimensiones; en toda su grandeza redentora, histórica, moral. Y habla igualmente de cómo deben ser los hombres y mujeres que la lleven adelante.